Diego el Cigala no tiene que demostrar nada a nadie. A él le basta con abrir la boca y cantar lo que sea. Solo eso, y el mundo que está en butacas caerá rendido a sus pies, o a sus mechas, o a sus tics o a su flacura. Con Diego de nada sirve resistirse. Es absolutamente innecesario cualquier ejercicio intelectual, querer filtrar con la razón de por medio lo que se percibe en escena. Es un esfuerzo inocuo.
Con la gira de promoción por Latinoamérica para presentar su más reciente producción discográfica,
Este nuevo disco es el resultado de un concierto que ofreció hace un año en el mítico teatro Gran Rex de Buenos Aires. Fue allí donde, músicos de ambos lados del mar, se reunieron para estrechar musicalmente sus manos, sus gargantas, sus cabezas y sus corazones.
Sí, todos los órganos y, de paso ,el sistema óseo, porque así suele suceder en las producciones del Dieguito ,tal y como quedó patente en el hermoso documental que Fernando Trueba realizó de todo el proceso que originó el disco
Con el Cigala parece que no hay espacio para los términos medios ni el color gris. Y sucede, entonces, que se cumple eso de que la música tiene colores.
El público en el Teatro Nacional, cualquiera de las dos noches que se presentó en este fin de semana pasado, comprendió emocionalmente el derroche de tonalidades que sobre la gran e imaginaria paleta de colores que la música, la buena, provoca en los espíritus; cuando el Cigala y compañía ya estaban trastornando, de nuevo, los sentidos. Desacomodando lo apenas recién ordenado por un teatro a reventar. Sin tregua ni concesiones al ánimo, los españoles atacaron nuestros sentidos con esa extraña y sui generis mezcla de flamenco, cante jondo,
Qué locura de guitarrista es Diego del Morao. Solo él y Diego son un espectáculo. Explicar su técnica puede ser angustiante; por tanto, me hago a un lado. Baste con imaginar el sonido al piano de Chano Domínguez (flamenco
Lo secunda el pianista Jumitus, así con toda confianza, viejo aliado del Cigala quien, aunque mantuvo un volumen demasiado parejo durante todo el concierto, quiero decir que le faltó variedad tesituras, fue el bastión sonoro del concierto. A mí no me disgustó, mucho menos en los temas provenientes del emblemático disco con Bebo.
Precisamente ese fue el terreno donde mis elecciones se inclinaron a favor del viejo disco (2003) y, reconociendo el inmenso valor del nuevo disco y unas memorables deconstrucciones de clásicos del tango como
En el bajo y coros, el cubano Yelsy Heredia, otro de los inseparables compañeros de Diego, arremetió sin respeto alguno por la investidura del contrabajo por instantes lo convertía en un
De todas formas y en el conjunto total, este nuevo espectáculo de Diego el Cigala es algo que puede calificarse de asombroso.