
Sí, fue el Malo, pero ya bien lo aclaró en el tema homónimo, uno con mucho corazón. Solo así se explica que hoy el Bronx y toda Latinoamérica entera se enluten con el adiós del legendario salsero Willie Colón.
Colón se “mudó al otro barrio”, en palabras de su otrora amigo Rubén Blades, a los 75 años, tras estar hospitalizado en Nueva York, Estados Unidos, por aparentes complicaciones pulmonares. Así se comunicó a través del perfil oficial de Facebook del músico de origen puertorriqueño.
“Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia. Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música y los recuerdos queridos que creó, los cuales vivirán por siempre”, dicta el texto difundido por sus familiares.
“Nuestra familia está profundamente agradecida por sus oraciones y apoyo durante este tiempo de duelo. Pedimos amablemente privacidad mientras navegamos por nuestro duelo”, concluye el comunicado.
Willie Colón, el Malo del Bronx y el genio de la Salsa
En el candente mosaico pluricultural de Nueva York nació William Anthony Colón Román un 28 de abril de 1950. Sus padres, quienes habían dejado su natal Puerto Rico, pronto se mudaron al sur del Bronx, barrio que vio crecer la guapería y talento de quien se convirtió en una leyenda.
Simbiosis total fue la de aquel pequeño inquieto y su trombón (que, tras dejar de lado la trompeta, no soltó nunca más) con el género que a la vez se cocinaba en esa zona estadounidense. Porque la salsa no es salsa hasta que se incorporan todos los ingredientes y, entonces, la parte es el todo y viceversa.

Así pasó con Willie, quien más que salsero fue en sí mismo la salsa, un género cuya historia, a la vez, no se cuenta ni existe sin él.
A los 15 años ya había sido firmado con el histórico sello Fania Records, que con Celia Cruz, Tito Puentes, Héctor Lavoe y una constelación entera entre sus filas, llevó por el mundo ese nuevo menjurje musical fruto de los sones cubanos, la diáspora africana, la comunidad latina y hasta el jazz.
En esa disquera grabó por primera vez cuando tenía 17 años, debutando con el LP El Malo. Pero los reflectores del mundo vinieron tiempo después, cuando conformó un dúo explosivo junto a Lavoe.
Nueve discos, trajes beige y azules, grandes lentes, bigotes, una orquesta sin comparaciones, crudas letras... aquella etapa fue más que “El día de su suerte” y, a pesar de los altibajos recorriendo “Calle luna, calle sol”, quedó grabada para siempre en las páginas doradas de la música en español.
Cada vinilo con aquellos dos picantes “gángsters” en la tapa era un éxito seguro. El mundo lo atestiguó con Cosa Nuestra (1970) y Lo Mato (1973); y ni qué decir de Puerto Rico, donde sus dos producciones de Asalto Navideño son la banda sonora en cada fin de año.
Corría 1974, la Fania All Stars se presentaba por África y Colón, quien no viajó por no vacunarse, grababa The Good, The Bad And The Ugly. En este, se presentó por primera vez como solista y marcó el quiebre final del dueto.
Fue la división de caminos para ambos, y también, la inesperada y silenciosa llegada de un nuevo compañero. El álbum representó la primera colaboración con el panameño Rubén Blades, quien compuso y cantó El Cazangero, y a la postre se convirtió en el reemplazo de Lavoe en la orquesta de Willie Colón.

La pluma y visión de Blades, quien venía del ensamble de Ray Barreto, sumada a la creatividad de un Willie, para ese momento ya un genio de la producción musical, enterró la estética de pandilleros para dar paso a lo que se conoce como la “salsa consciente”.
Los destellos de este nuevo enfoque se dejaron ver en su primera producción, Metiendo mano (1977), con canciones como Pablo Pueblo. Sin embargo, el disco Siembra (1979) fue el que cambió todo.
Con Pedro Navaja, Plástico y otros temas, ambos lograron hacer masivo el legado intelectual de pioneros como Tite Curet Alonso, para que el género ya no fuera visto en el orbe solo como sabor bailable, sino también como una fuerte voz social.
Pero, como el mismo Colón escribió en una canción, “todo tiene su final”. Su alianza con Blades concluyó finalizando los 70, con una tregua en 1982 para darle un fin digno al dúo con el disco The Last Fight.
Lo irónico es que las batallas entre ambos fueron en aumento y se trasladaron a los juzgados, donde la imagen de Colón se vio ciertamente empañada al reñir por cuestiones de derechos al panameño.

Pero sus andanzas por el Bronx habían dejado huella y el Malo, sin dudas, sabía jugárselas solo. Mientras decenas de artistas acudían a él para que hiciera magia en los estudios y potenciara sus carreras, el neoyorquino también brillaba con nombre propio.
Su selectivo oído lo llevó a grabar dos versiones de temas ajenos, convirtiendo a Oh, qué será?, originalmente del brasileño Chico Buarque; y a Gitana (1984), del español Manzanita, en verdaderos clásicos de la música tropical.
En los años noventa, ya desligado de la Fania, le llegó otro de sus grandes éxitos, que todavía resuena sea cual sea el rincón del mundo en donde se esté. Su interpretación de El gran varón, de autoría de Omar Alfanno, es una de las obras cumbres del arte popular latino y quizá su último hit.
Luego vinieron los 2000, en los que no se detuvo de producir y presentarse en conciertos, mientras la comunidad hispanohablante en Estados Unidos lo reconocía como su hijo predilecto.

También llegaron las notas grises, cuando, más que por sus contribuciones artísticas, apareció en la palestra de polémica en polémica, hasta el punto de declararse un vocal simpatizante de Donald Trump y difundir mensajes racistas.
Lo que fue una enorme amistad con Blades quedó distanciada hasta los últimos días y de ello dio fe el mensaje del canalero días atrás, en el que externó haberse dado cuenta de la situación de salud de Colón por las noticias.
Pero la salsa es salsa, aun tenga grumos y picantes, y a Willie Colón se le recordará como leyenda, como ese “Malo” que, al igual que el Bronx, unió a tantos migrantes marginados y sacó cara de “guapo” para defender su identidad con fiereza.
En la sala de un hospital fue donde exhaló el último suspiro esa alma que por décadas llegó al corazón y las caderas de tantas generaciones, soplando el trombón y regalando maravillosas melodías con su voz nasal. A pesar del luto, lo cierto es que no corrió la suerte de Simón, porque hoy a Willie lo lloran en todo el mundo.
