
Adrián Goizueta, el emblemático cantante, compositor y guitarrista argentino-costarricense, falleció este lunes 5 de enero a los 74 años. El fundador del Grupo Experimental deja un legado invaluable en la cultura regional y la formación de músicos ticos, tras una carrera marcada por el compromiso social y la fusión artística.
Su fallecimiento fue confirmado a La Nación por su amigo cercano, Alfredo Chino Moreno. Con su partida, el país pierde a una de sus figuras culturales más influyentes de las últimas cuatro décadas, un artista que supo amalgamar la nostalgia del tango con la vitalidad del folclor y la trova contemporánea.
Un exilio que se transformó en pertenencia
Nacido en el histórico barrio de San Telmo, en Buenos Aires, Goizueta creció en una Argentina convulsa. Durante sus primeras dos décadas, fue testigo de una fila de dictaduras militares y breves periodos de inestabilidad política. Vivió desde el golpe de Estado que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955 hasta el inicio de la etapa más oscura con el ascenso de Jorge Rafael Videla en 1976.

Fue en 1977, en pleno régimen militar, cuando el joven músico de 21 años se vio obligado a buscar refugio en el exilio. Costa Rica se convirtió en su puerto de llegada y, muy pronto, en su hogar definitivo. “Todos los jóvenes éramos sospechosos, era difícil. Yo vine directamente conociendo a alguna gente que me guio”, rememoró en una entrevista concedida a este diario en agosto del 2021.
Una vez asentado en suelo costarricense, Goizueta no solo se dedicó a la composición, sino que abrazó la enseñanza con pasión. Su labor como profesor en el Conservatorio de Castella marcó a generaciones de estudiantes, mientras su propio proyecto musical servía como un taller permanente para los intérpretes nacionales.
Revolución del Grupo Experimental
La fundación del Grupo Experimental representó un hito en la música nacional. Con esta agrupación, Goizueta desarrolló una propuesta de vanguardia que desafió las etiquetas, fusionando elementos del jazz, el rock, la trova y el tango con un sólido fundamento en el folclor latinoamericano.
La discografía de la banda es un testimonio de esta búsqueda constante. Álbumes como Vienen llegando, Grafiti, Asomándome a tus sueños y Amanece son hoy piezas recordadas.
Canciones como Eclipse, Rezo en Rock’n Roll, Compañera y Amar a vivir se convirtieron en himnos para una audiencia que encontraba en sus letras un fuerte contenido humanista y una profunda reflexión social.
Durante más de un cuarto de siglo, el grupo no solo dominó la escena local con presentaciones frecuentes en el Teatro Nacional y plazas públicas, sino que llevó el nombre de Costa Rica a los escenarios más prestigiosos de Europa y América Latina.
Compromiso social y madurez artística
Adrián Goizueta no fue solo un músico; fue un intelectual de la canción. Su estilo, enmarcado en la canción de autor, nunca fue ajeno a la realidad política del continente. Esta coherencia le permitió colaborar con figuras de la talla de Luis Eduardo Aute, Víctor Heredia y Luis Enrique Mejía Godoy, consolidándose como un referente indispensable de la música con propósito.
Su ambición creativa lo llevó también al terreno de la música académica. Compuso obras sinfónicas de gran envergadura, como Quincordio, Concierto para Guitarra y Orquesta, una pieza que fue interpretada por la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Costa Rica.

Incluso en sus últimos años, Goizueta se mantuvo vigente y productivo. Una de sus últimas grandes presentaciones ocurrió en mayo del 2025 en el Teatro Nacional.
En aquella noche memorable, estuvo acompañado por una alineación de lujo: Eduardo Montero (piano), Nela Cordero (violonchelo), Esteban Rojas (clarinete), Orlando Ramírez (batería), Fernando Víquez (bajo) y Marvin Rodríguez (percusión). Además, contó con la participación de invitados como Daniela Rodríguez, de Malpaís, y el cantautor Perrozompopo.

Un legado que trasciende el escenario
Hasta sus últimos días, Adrián continuó aportando a la cultura mediante el podcast La otra música, un espacio donde exploraba las intersecciones entre la literatura, la acción social y los sonidos de nuestra tierra.
“Mi país es Costa Rica”, solía decir con orgullo, sin olvidar sus raíces.
Costa Rica despide hoy no solo a un artista excepcional, sino a un ciudadano que eligió la libertad y la belleza como sus únicas banderas. Su música seguirá resonando como el eco de una identidad compartida entre el sur y el centro de un continente que él siempre soñó unido.




