
Guerrera magnífica. Diva protectora. Luna resplandeciente. Todo eso y más fue Laura Pausini sobre el escenario que convirtió en una fortaleza de protección a una de las diosas más importantes de la vida: la música.
La italiana se presentó en concierto en Costa Rica este miércoles por la noche, pero más allá de canciones, lo que hizo fue llevar al público por un viaje emotivo de recuerdos, amores, desamores y alegrías.
Desde el inicio lo dejó claro: su misión en esta vida es ser defensora del arte, de la pasión y la inspiración. Su potente voz fue el arma que empuñó para cumplir su cometido y, con ella, miles de almas más se sumaron cantando con ilusión cada pieza suya y las que tomó prestadas de grandes estrellas de la música latinoamericana.
Y es que sí, la noche no fue solo de Laura porque, aunque ausentes físicamente, sobre la tarima estuvieron Shakira, Mecano, José Luis Perales, Gianluca Grignani, Alejandro Sanz, Gloria Estefan, Bad Bunny y hasta Madonna; quienes le prestaron sus icónicas canciones para que ella las hiciera todavía más grandes con su talento.
La tónica del show fue un repaso por su disco Yo canto 2, en el cual la italiana hizo un sentido tributo a estos compositores, a sus ilusiones e inspiraciones. Tomó como si fueran suyas las piezas y les puso ese tono intenso que acostumbra en sus interpretaciones; las vistió de gala y de pasión.

Como si fuera la protagonista de un poema épico, Laura subió a la fortaleza vestida de dorado. El traje emuló a la perfección las armaduras de los caballeros medievales defensores de la gran reina. En este caso, en lugar de una lanza, lo que tenía en su mano fue un micrófono y en su corazón, las ganas de que notas, armonía y melodía conquistaran al público.
El primer golpe lo dio con Yo canto y, cual si fuera un himno de guerra, dijo: “La niebla que se posa en la mañana. Las piedras de un camino en la colina. El ave que se elevará, el alba que nos llegará, la nieve que se fundirá corriendo al mar”.
El camino de protección empezó a ponerse llano. La misión comenzó a volverse fácil con ritmo y romance que salieron de los instrumentos de sus músicos y los movimientos de sus bailarines. Todos al mismo son: el de Laura con su voz.
Cuando se escuchó Mi historia entre tus dedos, el público ya sabía que la noche sería, nunca mejor dicho, épica. Después de esta romántica entrega, la artista salió del escenario por varios minutos y, aunque su ausencia se sintió extensa, la espera valió toda la pena.
Laura, imponente y espectacular, regresó vestida con un hermoso traje de color negro, largo y tan elegante como ella. Sobre su cabeza lucía una corona nada particular. Todos entendieron en quién se había convertido cuando de su boca salieron las palabras: “Tonto el que no entienda. Cuenta una leyenda. Que una hembra gitana. Conjuró a la Luna hasta el amanecer”.
Los gritos fueron ensordecedores, pero duraron muy poco porque había que guardar silencio para escucharla cantar Hijo de la luna. Fue —y esto ya es mucho decir— uno de los momentos más inspiradores de la noche.
Con un niño de piel en sus brazos, Laura fue la luna que encandiló a todos con su presencia, su talento y su prestancia.
La reina música y Laura su fiel defensora
Sabedora de que los ticos que se reunieron a verla en este poema épico transformado en concierto querían también escuchar sus éxitos, Laura los complació.
Como la música era la reina de la noche, no podían quedar por fuera esos himnos que han acompañado a los corazones costarricenses desde hace más de 30 años. Escucha tu corazón, Emergencia de amor, Entre tú y mil mares y El primer paso en la luna, se sumaron a la narración.
Y así siguieron los capítulos de esta heroica historia. Laura cantó y cantó, el público la amó y la música siguió siendo la reina protegida.
Más adelante, los himnos siguieron con tributos y éxitos propios, pero con una variedad que hizo que las emociones fueran de la tristeza a la alegría en cuestión de segundos: hubo baladas como Antología, de Shakira; Cuando nadie me ve, de Alejandro Sanz; y rock setentero con No soy una señora.
Pero el sabor y el baile latinos no podían faltar. Laura, luciendo un lindo vestido de color café con vuelos, movió las caderas al ritmo de salsa y pop con piezas como Mi banda toca el rock, La isla bonita, La vida es un carnaval y Oye mi canto.

La misión de Pausini estaba casi completa. Los ticos se sumaron a las huestes defensoras de la música, las armas convertidas en canciones se usaron para el bien y las emociones terminaron llenando las almas de quienes, junto a una italiana de gran corazón, cantaron y bailaron hasta que las fuerzas se agotaron.
Después de más de dos horas de “batalla”, la intensidad de la guerrera no se acababa; ella quería más y sus huestes, también.
Las canciones seguían y seguían como si no hubiera nada más que alimentara las ganas de los miles de ticos reunidos en torno a la fortaleza; así que lo que había que hacer era seguir cantando.
Al cierre, con mucho por decir y querer todavía, Laura aprovechó un momento especial para hablar con sus fans. Agradeció por el amor y el apoyo que ha recibido durante sus 32 años de carrera.
El adiós fue llegando poco a poco. Con un vestido blanco y en un dulce momento, Laura interpretó Bachata rosa, de Juan Luis Guerra, y envolvió de romance el escenario.
Pero siguiendo con las muchas sorpresas de la velada, la artista, en un arranque de su conocida naturalidad, invitó a algunos fans al escenario y, de manera curiosa, había personas de varias nacionalidades: neerlandeses, costarricenses e italianos.
¡Qué noche tan cargada! Pero para bien. Y como lo mencionamos al inicio, cual poema épico, Laura siguió dando sorpresas y curiosidades, como cuando se enteró que le quedaban apenas 15 minutos de show y se apuró a cantar.
Con Ricky Martin como un invitado virtual e inesperado, la europea presentó Livin’ la vida loca para darle un gran cierre a una velada impresionante de talento, emoción, historia y tributos.
Pero el adiós todavía faltaba. Después de unos segundos fuera de escena, Pausini regresó con la misma energía con la que tres horas atrás arribó al escenario para cantar la última de la noche: Mariposa Tecknicolor, del gran Fito Páez. El cierre perfecto para una noche épica.

