
Jorge Drexler toca madera (y cuero) —como dice la primera canción de su disco Taracá— para librarse de la maldición de lejanías y olvidos. Es así que, media vida después, percutiendo los tambores afroruguayos, su rumbo vuelve a entrar en compás con su tierra natal.
Ya hace tres décadas que hizo maletas rumbo a España y hace menos años que viene soltando amarras de cantautor, en la búsqueda de una música que atraviese mente, corazón y caderas por igual.
Y ahora, estos dos puntos de su historia se reencuentran en su nuevo álbum, estrenado este 13 de marzo. En este, Drexler explora como nunca el arte del candombe (ritmo tradicional uruguayo) y, al hacerlo, conecta con el país que dejó, a la vez que regala una obra marcada por el ritmo, la historia y la reflexión.
Una conexión patria que es también compleja, que no va directa a la yugular, sino que se diluye entre las arterias de dudas y conflictos, ajeno al cliché de “volver a las raíces”.
Porque sí, el candombe es corazón latente del África que llegó esclavizada y, entre dolores y reivindicaciones, se fundió en Uruguay. Pero también, no falta quien diga que aquello poco pertenece a Jorge, hijo de un judío que escapó del Holocausto y llegó primero a Bolivia.
Y lleva razón, de no ser porque —sin importar de dónde se venga— la calle que se transita, los rostros que se vuelven vecinos, las miradas que te reconocen, el modo de reír y de emputarse, la escuela, las mañas y el mismo aire hacen indivisible a la persona de la cultura que respira.
Entonces, ¿dónde es que un ser empieza y termina? Si hasta la orquídea que habita en la copa bebe de las mismas raíces, toma el mismo sol y es tan parte del árbol como el resto del follaje.
Así es Drexler en este disco: orquídea en la copa de ese roble de siglos que es el candombe. Sin dejar nostalgias y la humana necesidad de definirse, el artista recorre con profundidad esta expresión identitaria para rendir homenaje a Uruguay y de paso a lo que le hizo a él ser quien es.

Desde el título, la producción deja en claro el carácter conmemorativo, pues la palabra "taracá" es la onomatopeya que produce el tambor chico, uno de los tres (junto al piano y el repique) que se utilizan en el candombe, ritmo que vive entre los rincones del suelo uruguayo y aflora con esplendor durante los célebres carnavales de ese país.
Además, en esa palabra Drexler vislumbra también una especie de mantra, que le sirve de cable a tierra.
“‘Tar acá’ es una aféresis (pérdida de sonidos al comienzo de una palabra) ríoplatense de ‘Estar acá’, y yo solamente uso esa expresión y el adverbio de lugar ‘acá’ cuando estoy en Uruguay. Tiene para mí, por tanto, algo de cercanía familiar, de casa, de presencia afectiva”, explicó el artista, ganador del premio Óscar en 2005, sobre la segunda dimensión que tiene para él el título de su disco.
“De ahí se extendió a ‘Estar acá y estar ahora’, refiriéndose a la expansión del presente; el trance rítmico, espiritual, valiosísimo, que África, a través de la práctica del candombe, le regaló a la sociedad uruguaya”, agregó.
A través de 11 canciones, el uruguayo reafirma su visión de crear para borrar fronteras, admirando una tradición que podría pensarse demasiado local, con el fin de tenderle puentes hacia otras latitudes e identidades.
“A nosotros nos toca cantar, nos toca mantener los puentes abiertos y cruzarlos canción a canción con el corazón al descubierto”, dice en Nuestro trabajo, décimo tema del álbum.

Prueba de esto es que, aunque la percusión del ritmo afro es la columna vertebral del sonido del disco, sobre esta base canta con la trapera puertorriqueña Young Miko en el tema Te llevo tatuada. Y sumado a esto, vuelve a unir país al recordar que así como en Uruguay se prohibió “mover las caderas” con el candombe, en Puerto Rico la “Ley 112” criminalizó “mover el culo” al ritmo de reguetón.
Sin embargo, de lo rico que resultan esos matices, hay que pasar, sin que sepa ácido, a decir que de repente sí convendría amurallar las fronteras a los lugares comunes, en los cuales también recayó Drexler en Taracá.
O a lo mejor, con versos como “el amor necesita un manual de instrucciones” (en ¿Cómo se ama?) y “Te llevo tatuada en el pensamiento” (en Te llevo tatuada), quiso demostrar que entre las vastas tierras de la obra de un letrista tan sacralizado por muchos y las de Arjona, lo limítrofe es una invención algo prejuiciosa.
Tontas conjeturas. De lo que no hay duda, es del mágico reconocimiento que hace al legendario músico brasileño Gonzaguinha, al reversionar en español y candombe su clásico ¿O que é o que é? (¿Qué será que es?, en el álbum de Drexler), consiguiendo una de las mejores canciones de la producción.
Tanto homenaje y celebrar los referentes no dejan sin espacio a lo infaltable: ser muy Jorge Drexler. Entre las piezas, el artista da lugar a los leitmotivs de ese médico de profesión que tomó la guitarra pero nunca dejó el bisturí, y que todavía tiene alma nerd cuando compone como si estuviera en el laboratorio.
Fruto de esto nace ¿Hay alguien A.I.?, un canto a las tecnologías generativas y un solapado grito de espanto a ese monstruo que hoy ve como hermana, siempre con el temor de que en un futuro todavía más distópico esta herramienta se pase “a hermana mayor y de ahí a Gran Hermana”.

En lo recurrente, de forma curiosa, acaba regresando a España con Cuando cantaba Morente. Ese tema que data de 2014 - grabado ahora en colaboración con la cantaora Ángeles Toledano- rinde tributo al ícono del flamenco Enrique Morente y con él abraza a España, país donde su carrera encontró cauce.
Pero el abrazo más fuerte se lo reserva para el final. Jorge Drexler cierra su disco con Las palabras, canción que lleva dedicatoria a su padre Günther, fallecido a finales de 2024.
“La gente pasa, pero las palabras quedan”, reza el sentido estribillo. Con su característica pluma, Drexler finaliza mutando las cuatro letras de luto en raíz, para agradecer a aquel hombre que cruzó con sus padres el Atlántico y sin el cual no sería Jorge, ni mucho menos uruguayo.
Don Günther partió, pero, así como “una estela queda dando fe de un barco”, su paso por este mundo queda impregnado para la eternidad, al ritmo de candombe, en los versos de Taracá.
