
La efigie de un Judas está rellena hasta el copete de pólvora y en su rostro de muñeco hechizo casi puede sentirse la angustia. De un pronto a otro, por fin le llega la hora de arder, mientras, colgada en la horca, recibe pedradas y madrazos.
Alrededor de tan violenta escena solo se escuchan risas y hasta los alaridos de las loras.
La anterior narración no es el contemporáneo y estigmatizado bochinche que escandaliza a más de uno, dejándolo con el Jesús (y la sentencia clasista) en la boca; sino una escena de otros tiempos, sacada de la mismísima Costa Rica romántica y ‘pura’ de nuestros antepasados.
Porque desde hace siglos, los cuarenta días de penitencia, reflexión y conversión desembocan para una parte de los católicos en un iracundo ritual de linchamiento simbólico contra una de las figuras bíblicas más controvertidas: Judas Iscariote, el discípulo que, a cambio de 30 monedas de plata, entregó a Jesús ante el Sanedrín.
En Costa Rica, esta fiesta comunal y “extrareligiosa”, celebrada en Sábado Santo, ha venido acompañada de una letanía de críticas tanto por el fondo como por la ejecución, pues no eran pocas las veces en que el ritual escalaba más de la cuenta, terminando en pesadilla o hasta tragedia.

Sin embargo, a pesar de que en la última década se ha apagado la llama del fervor por la quema de Judas, esto no borra que ha sido una de las prácticas más características de la Semana Santa en toda Latinoamérica y, por supuesto, en el país.
Y así también lo era para la Tiquicia de pata pelada, carreta y barro, donde quemar al “traidor” se hacía desde antes de que el concepto de estado-nación siquiera estuviera totalmente consolidado.
De esto dan fe registros que datan de mediados de los 1800, recogidos por el historiador Rafael Méndez en su artículo Celebrando la Semana Santa en la Costa Rica del siglo XIX.
Méndez, a su vez, extrae del libro Costa Rica en el siglo XIX. Antología de viajeros, del Benemérito Ricardo Fernández Guardia, testimonios escritos de extranjeros que visitaron el país.
La quema de Judas en la Costa Rica del siglo XIX

Entre los relatos más llamativos están los que describen las celebraciones de Semana Santa, tal y como lo hace con minucioso detalle el irlandés Thomas Meagher. Uno de los ritos que, con gran precisión, dibuja en su escrito Meagher, es el de la quema de Judas.
“El gorro, las botas, la camiseta, todo estaba relleno de buscapiés, carretillas y triquitraques, y dentro de los calzones había una bomba del más duro cartón, repleta de combustibles. ¡Aquella era efigie de Judas Iscariote!”, escribió el irlandés, nacionalizado estadounidense.
Además, se describe que lo que se convertía en un ambiente de total algarabía, iniciaba de forma muy ceremoniosa, con el toque de una corneta y la importante participación de ¡nada más y nada menos que un militar!
Ya sin ejército, ¿quién hubiera dicho que en 2010 -como informó La Nación en aquel momento-, un oficial del OIJ terminaría preso en Parrita por participar en una quema e increpar a los policías que querían detenerla? A veces, la historia es procesión de ironía que viaja por el tiempo.

Y la cuestión es que, tras el protocolo solemne, el soldado extendía una caña que tenía amarrada en la punta una estopa encendida. Con ese artefacto tocaba una de las extremidades del muñeco y… la serenata de detonaciones y humo dejaba, en menos de tres minutos, al Judas hecho un Cristo.
“(Era el espectáculo del) redoble de los tambores, de los alaridos agudísimos en los muchachos, del canto de los gallos, de los ladridos de los perros, de las risitas entre dientes de las modestas señoritas y señoras, de la cháchara de los loros, de una granizada de piedras y de las griterías, maldiciones y regocijo estrepitoso de militares y paisanos, clérigos, indigentes y patricios”, narró el viajero irlandés.
Además, de esta actividad, también hay registros en la prensa nacional de la época. En específico, el historiador Rafael Méndez publicó en La Nación, en 2022, un artículo en el que desarrolla cómo era la quema en 1863, con base en la crónica que se publicó en la Gaceta Oficial.

La diferencia más notable es que el acto se llevaba a cabo durante la madrugada del Domingo de Resurrección. Por lo demás, la descripción del rito no dista en nada de la realizada por el europeo.
“Colocan al marchante colgado de una estaca con espuelas de pólvora, un sombrero chambergo, capa flotante y grandes bigotes. El ciudadano, así colgado, espera la ejecución de su sentencia, impasible”, dicta el texto periodístico de aquel año.
“Y como de antemano se sabe que no hay compasión para él, los espectadores, al salir de la misa y concluida la procesión de costumbre, se agrupan fuera de la Catedral y se desparraman por las calles y plaza, aguardando el momento del suplicio”, se lee más adelante.

Luego, el momento de las explosiones y las llamas llega a las 6 a. m. y el cronista de la Gaceta Oficial reseña la curiosa “retahíla” que repetían los presentes una y otra vez: “Murió Judas, ya no existe Judas. Será mentira, será verdad. Mamá Juanita cómo le va. Muy bien, ¿Y a usted? ¡Bien señora, gracias a Dios, ya salimos de Judas!”.
Salieron de Judas, pero no de las críticas, que tampoco son nada nuevas. Al final del diario, el editor deja su contundente opinión sobre la quema, que bien podría ser actual.
“Si en lugar de presentar a la sociedad el espectáculo de incendiar un muñeco el Domingo de Resurrección, se pusiese más cuidado en la enseñanza del Evangelio ¡qué de ventajas no obtendría la sociedad!”, concluye un editor de la Gaceta Oficial a modo de reflexión.

