2 junio, 2012
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¿Cuento de hadas? ¡Ah! Eso solo procede cuando los protagonistas vivieron felices para siempre comiendo perdices, y cuando todo lo bueno llegó con varita mágica en mano. Así que ese, un cuento de hadas, no es el de Gandhi . Abel Guier, Federico Miranda, Mássimo Hernández y Luis Montalbert-Smith dejaron pellejo y bolsillo en el proceso de cada uno de sus dos DVD, sus siete discos propios y uno de tributo para Soda Stéreo, y sus varias giras al extranjero –México, Inglaterra y Estados Unidos, por ejemplo–, descartando entonces a la suerte y al favor como factores de materialización. Así es el rock and roll. La de Gandhi es una historia de caer, rodar, levantarse y seguir rodando: rock and roll.

“Las cosas no han cambiado mucho desde que empezamos hasta ahora. Gandhi sigue siendo autoproducido, autofinanciado, organizado por nosotros... autogestionado. No va a ser de otra manera, menos a estas alturas”. Mássimo dice esas palabras moviendo los brazos con la misma vehemencia con la que le saca sonidos a la batería. La fuerza productiva en Gandhi viene de ahí.

Así que estos cuatro sujetos de personalidades tan distintas –como para que a veces sea difícil ponerse de acuerdo– dan vida a ese ser independiente llamado Gandhi, y están muy lejos de escribir la palabra “fin” en su historia, así que, no es tiempo de ponerse a guisar perdices –aunque en junio del año pasado anunciaran una “pausa indefinida” – . Lo que pasa es que con Gandhi nunca se sabe; es cierto que organizar el trabajo ha sido una clave, pero también es cierto que han visto saltar la liebre por el lugar menos esperado, y la han tomado por las orejas. Tan así es que, tras una seguidilla de tres conciertos en abril pasado y, coincidentemente, en este junio, vuelve al escenario una de las bandas más inquietas y efectivas de la que fue hace 20 años atrás la nueva camada del rock costarricense.

Nacida en 1992 como una banda de jovenzuelos que no llegaban a la mayoría de edad, pues estaban aún en el colegio, le sobrevivió hoy Gandhi a Inconsciente Colectivo (1989), 50 al Norte (1990), Índigo (1995), Café con Leche (la banda de José Capmany), Modelo para Armar (1988)' todas ellas, o sus componentes, que abrían el camino cuando aquel grupo de chamacos con nombre de un Mahatma daba sus primeros pasos. Cuando empezaron, pasó por ahí El Churro –luego parte fundamental de El Parque–, Mauricio Pauly –cerebro de Bruno Porter– y, más recientemente, hasta el duro de Ricardo Chamberlain –ex-Sintagma– acuerpó a la banda desde la guitarra.

La época en que Gandhi daba sus primeros pasos era la época de una camada que, desde diferentes frentes, dieron todos sus aportes a la escena.

El fogueo. Los primeros aprendizajes fueron como los de todos: subiéndose al escenario un poco muertos del susto. Ya habían debutado en la escena un día de 1993, en el ahora extinto bar Cus, por donde pasaban bandas como Hormigas en la Pared. Calificados como promesa, aparecían abriéndole a Café con Leche o participando en el Yamaha Music Quest, con la canción El jardín, que estaba recién grabada en el 94 y que, por cierto, no ganaron. Pero su primera prueba de fuego fue su debut en concierto internacional al lado de la guatemalteca Alux Nahual.

“¿¡Qué!? Estábamos supernerviosos. Me pasé atrás del escenario practicando: ‘Muchas gracias gente, muchas gracias gente’. Y salgo y digo: ‘Mucha gente, ¡gracias! ¡Nooooo!”, Luis suelta la carcajada. Él es así, y es el lado emocional de Gandhi.

Para suerte de Gandhi, Viuda Negra se desintegraba en 1995, y eso abrió el camino para que Abel, con todo su matiz de músico de rock pesado, llegara a ser parte del cuarteto. Su oído entrenado de otra manera aportó temas casi de culto, como El ático, y luego canciones sorprendentemente amorosas como Puente o El sol y la flor. Abel es así, callado y cajita de sorpresas. De alguna manera pone la calma en la banda.

Gandhi debuta discográficamente en 1997 con En el jardín del corazón, dando un concierto que incluso a ellos mismos los sorprendió: llenó el Melico Salazar.

A cinco años de estar trabajando no tenía un tutor; no tenía, como tampoco tiene hoy, un mecenas que financiara esa locura que era dedicarse al rock, y ¡en español!

Pero tenía Gandhi algo que, desde el primer concierto, le hacía ser diferente: una visión, graciosa necedad a la larga de Luis y Mássimo, de hacer de un concierto un lenguaje estético con aires de perfomance. “Todavía me acuerdo: en Seca roja reja (de En el jardín del corazón) bajamos una reja. Era azul, es que no teníamos plata para pintarla”, recuerda Luis.

Y en cada canción había un elemento que no era escenografía, era un complemento, una traducción tangible de la parte conceptual de alguna canción: un corazón para El jardín; bailarinas de danza moderna y más tarde, con los años y el ir conociendo lo que hacían los demás, vinieron los megáfonos, los sombreros locos –para En dibujos animados-, los trajes llenos de bombillos encendidos –para la presentación del Página perdidas en el 2000- y tantas cosas más.

El símbolo de Gandhi, una especie de flor tan etérea como medieval, de repente empapelaba los postes de luz y las paredes de cuanto lugar se pudiera. Invadían los territorios bien pegados a mano y con engrudo por los cuatro integrantes. Pósteres que hacían a mano porque Mássimo ya se las traía en eso del diseño gráfico en complicidad con su hermano, Lalo.

Cómplices; gente que les sumó porque la propuesta les impactaba, Eso sí tuvo Gandhi, Desde sus primeros managers y aliados para ponerlos en escenario como Enrique Salgado y Freddy Funes –hoy mánager de Lucho Calavera & La Canalla y con quién introdujeron el concepto de que no habían “plomos” sino técnicos de escenario. Hoy, varios de quienes en los primeros años de Gandhi fueron sus técnicos son productores tras festivales como El Imperial, o que se han desarrollado como creativos de espectáculos y hasta de videoclip.

Al mal tiempo. No hay buena historia sin tragos amargos. Y Gandhi tuvo muchos. La gracia fue sobreponerse a ellos y echar pa’su saco. En el 2006, con el tercer álbum de estudio, el Ciclos, producido por el Caifanes Sabo Romo, Gandhi emprendió una gira a México lleno de ilusiones.

Fue a Telehit y tocó en el Hard Rock Café. La que era en Costa Rica ya una banda fuerte, con números uno en las radios especializadas y con llenos en venues que a veces ni artistas extranjeros colmaban, se mostraba en aquel país lejano dentro de un line up sin lugar de privilegio, colocada de primera.

“Siempre las giras al extranjero son como empezar de cero. Pero todo ha sido un gran aprendizaje. Es que ahora para mí el éxito es otra cosa. Es la satisfacción de hacer la música y las cosas como las queremos hacer”, dice Mássimo.

El Ciclos se topó con un balde de fría: no ganar el premio ACAM a mejor álbum de rock en su año. No lo ganaba siendo un álbum que proponía puentes sonoros experimentales, siendo el disco que había sacado en Gandhi una sensibilidad que la banda no había mostrado ni en El jardín del corazón, ni en el Páginas pérdidas, ni el BIOS, y teniendo a Sr. caballero , que le había permitido ser el vocero de una campaña centroamericana en contra de las armas.

“Para mí no fue justo. Pero es que eso pasa con los premios, verdad”, cuenta Luis, y sonríe.

“A estas alturas me importa poco si no ganamos ese premio. El Ciclos es el disco que es con un ACAM o no. Para mí, sigue siendo un disco que marcó muchas cosas”, confiesa Federico, y se manda una risa. Federico es la fuerza que ejecuta, que se lanza a la cacería como la del guitarrista Stevie Salas, que produjo el Arigato no (2009). Y “por dicha es necio”, dice la banda,

Ocho años le tomó a Gandhi ser firmado por BMG, y con esta había aparecido una reedición del Páginas pérdidas y había ganado Gandhi, gracias a su versión de Séptimo día , entrar al disco Tributo a Soda Stéreo (2001), donde también estaban Control Machete, Lucybell, Julieta Venegas y otros más.

Cuando se estaba en lo mejor hubo mutaciones, diferencias con el sello y cambios en la industria. El trato con BMG se rompió.

Pero la banda no se detuvo. Edita en el 2002 el BIOS –su primer registro de un vivo sumado a un disco de estudio–.

“Teníamos que grabar algo. No podíamos quedarnos ahí de brazos cruzados y teníamos material. Eso siempre pasa en Gandhi: si no trabajamos en un disco, nos da la crisis”, reconoce Abel.

“Sí, definitivamente la historia de Gandhi no es un cuento de hadas. Es más bien una historia de cuatro personas muy diferentes entre sí que por tener el mismo objetivo, que es hacer música y cierto tipo de música, hemos hecho de las crisis, porque sí que las hemos tenido, una cosa de la cual salen discos. Así es el arte y eso es quizá lo que mejor hemos hecho: superar eso y convertirlo en música”, dice Federico o Fede, como le dicen.

Desde el Páginas... y hasta el Arigato no, cada vez que Gandhi ha trabajado en un álbum, lo hace empezando con una encerrona en Playas del Coco. En cuestión de una semana los cuatro se irán al Coco, lo confesaron. O sea, en lugar de “fin” hay que escribir: “esta historia continuará...”.