
Anežka Kašpárková dedicó más de cinco décadas a decorar fachadas en Louka, un pequeño pueblo de República Checa. Murió en 2018 a los 90 años. Su obra permanece como símbolo cultural y artístico de esa localidad europea.
Cada mañana se levantaba temprano. Preparaba su desayuno. Elegía pinceles y herramientas. Luego tomaba pintura azul ultramar y caminaba por las calles de Louka, rodeado de montañas y vegetación. Allí intervenía muros blancos con flores tradicionales.
Desde que cumplió 40 años inició esa labor. Con el tiempo se convirtió en una figura conocida en el pueblo. Sus diseños cubrieron paredes externas de casas y edificios. Los vecinos la apodaron malérečka, término que identifica a una mujer que pinta adornos folclóricos.
Según el sitio especializado Czechology, los patrones que utilizaba correspondían a motivos típicos en azul ultramar de la subregión etnográfica de Horňácko.
El campanario que marcó el inicio
En 1967 trabajaba como agricultora en Louka. Ese año decidió decorar el campanario del pueblo. La estructura se construyó en el siglo XVIII como símbolo de la recatolización en República Checa tras el abandono del protestantismo. La capilla contaba con una torre y una campana en la cima. Con los siglos se consolidó como punto de referencia católico.
Kašpárková tenía experiencia en la decoración de huevos, adornos navideños y platos. Aplicó motivos florales en los muros del campanario. La capilla se encalaba cada año antes del verano, época en que los niños recibían la primera comunión. Ella consideraba necesario que el lugar luciera presentable.
De acuerdo con el sitio Czechdesign, el pigmento azul ultramar lo obtuvo gracias a la señora Maňáková, una vecina. En esa época ese tono era costoso. Sin embargo, formaba parte de la identidad local. Un color similar también aparece en la bandera nacional.
Pintar sin cobrar en plena Guerra Fría
Tras concluir el campanario, vecinos solicitaron su trabajo en otras fachadas. Decoró muros externos de viviendas en todo el pueblo. No aceptaba dinero. Solo recibía la pintura necesaria para continuar.
En los archivos de Louka se consignó que realizaba esa labor por amor al arte y a las personas. Inició su obra en un contexto marcado por la tutela de la Unión Soviética sobre República Checa y por la influencia de la Guerra Fría en la vida pública y mediática.
El pueblo mantuvo durante años casas blancas. En el pasado ese color predominó por el hollín ante la ausencia de chimeneas. A finales de los años 60 las flores azules modificaron la imagen urbana.
Según relató el medio The Vintage News al citar entrevistas europeas, Kašpárková afirmó en distintas ocasiones que disfrutaba pintar y deseaba contribuir a decorar el mundo.
Flores nacidas de la imaginación
Sus diseños evocaban el folclore de Moravia, región del sur del país. Cada año creaba un patrón distinto. Según registros difundidos por medios locales, aseguró que ninguna de sus flores existía en la realidad y que todas surgían de su imaginación.
No planificaba los dibujos. Tras el encalado apoyaba el pincel sobre la pared y dejaba que la mano dominara la superficie blanca.
Con el tiempo cubrió gran parte del pueblo con fachadas ornamentadas. Incluso en edad avanzada subía a andamios para continuar su trabajo.
Un legado que continúa
En 2018 murió a los 90 años. Días antes todavía trabajaba en las paredes del pueblo. Su energía creativa se mantuvo activa hasta el final.
Actualmente su sobrina Marie Jagošová asumió la tarea. Cada año pinta la capilla y el campanario para las celebraciones de primera comunión. Así mantiene viva la tradición que convirtió a Louka en una referencia artística.
Las flores azules permanecen como sello visual y memoria cultural de la comunidad.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
