
Hay películas tan malas, que no hace falta decirlo: solas se caen. También hay películas tan buenas que basta con verlas para saberlo. Dentro de este segundo caso debo ubicar esa pasmosa cinta que viene a ser
Con Aronofsky, estamos hablando de cine de autor, o sea, aquel cine cuyas constantes definen e identifican a un cineasta. Basta con mencionar tres títulos suyos:
Dentro de semejante textura, Aronofsky nos ofrece ahora la película
Ahora tenemos la historia de Nina, balletista de una compañía en decadencia, que se la juega a triunfar con una representación diferente del ballet
En un momento de la trama, el director artístico Thomas Leroy (Vincent Cassel) decide sustituir a la bailarina principal llamada Beth (logrado regreso al cine de Winona Ryder) y Nina es su primera opción. Como sucede en el campo de las artes, a la sombra de Nina hay alguien que quiere su lugar, lo que provoca en ella extrañas entelequias que la hacen confundir la realidad con sus propias alucinaciones.
Thomas exige de su primera bailarina lo mejor, con la encarnación de dos personajes dialécticamente antagónicos en el ballet: el Cisne Blanco, limpieza y elegancia, y el Cisne Negro, perfidia y sensualidad. Nina tiene problemas para este último cisne, por lo que sufre presiones que la llevan a grados de pesadilla artística. Para triunfar, Nina se adentra en la locura del perfeccionismo y se conecta con su lado más oscuro, temeridad que amenaza con destruirla.
Desde la danza, el bien y el mal comienzan a representarse como la atracción de dos signos complementarios en una sola persona. El filme muestra muy bien cómo el sueño artístico se disloca, se desquicia o se desarticula.
Esto se manifiesta en la película con un infatigable juego de recursos narrativos y visuales. Con fidelidad
Las imágenes de la película son duras, no pueden ser de otra manera. Son agobiantes, pero bien logradas: con inteligencia estética, con definido manejo del encuadre y del plano, o sea, del lenguaje cinematográfico. Por momentos, es como si las piezas de un rompecabezas se armaran justas para luego explotar sin misericordia. Cordura. Locura. La banda sonora impone su subrayado con agudo juego de la música de Chaikovski reventada por golpes electrónicos, más con el final subyugante.
El filme nos oprime con su trama y nos esclaviza con sus imágenes. Al igual que el director de ballet en el argumento, Darren Aronofsky no tiene contemplaciones con sus personajes ni con nosotros –espectadores–, seguramente ni con él mismo ni con sus actores. Estos brillan con sus caracterizaciones y, sobre todo, la actriz Natalie Portman, en estado de éxtasis con los desdoblamientos histriónicos constantes propios de la conducta de su personaje.
Acepto que Aronofsky se pasa con los efectos visuales esta vez, pero a él también se le siente su propio delirio, y esto no será impedimento para que –aquí– recomendemos esta película como lo que es: una obra de arte. Por cierto, los más jóvenes no podrán verla porque los reglamentos de censura la prohíben para menores de 18 años.