William Venegas. 3 julio, 2010

Conozco a Hernán Ji-ménez desde hace tiempo, sé de su talento demostrado en distintos cortos y en teatro, igualmente manifestado como pionero de la stand-up comedy en Costa Rica. Por eso, no me extraña la buena calidad de su primer largometraje titulado A ojos cerrados (2010), ejercicio pleno de una fórmula evocadora de sentimientos. Lo mejor del cine costarricense hasta ahora.

La película bordea el melodrama, pero lo evita de una sola manera: haciéndonos sentir la desventura interior de los personajes, su dolor ante la muerte de uno de ellos, la ruptura de la concordia humana, para luego, con la suavidad del agua en una laguna, volver a llevarnos hacia una nueva armonía.

El filme se mira a ojos abiertos con su escritura visual cálida, con imágenes muy bien logradas y con un guion que parte de una historia sin estorbos narrativos y que se cohesiona con su lírica complejidad sentimental. El buen trabajo en la sala de montaje nos da un carácter episódico del relato (expuesto con esfumados o pantalla en negro); sin embargo, el filme se amalgama desde las emociones de sus personajes, más que de los propios acontecimientos.

Por eso es tan importante su definición de personajes, el planteo de las situaciones y el desarrollo de sus diálogos. No solo de los diálogos, en la cinta A ojos cerrados resultan significativos también los silencios, los pequeños gestos y las miradas para adentrarse en lo intimista del relato. Así, a la vez, se habla de la importancia y de la ruptura de lo cotidiano. Dialéctica.

En ese proceso, la belleza emocional de la película se encuentra en lo uniforme de su relato y, además, de lo previsible surge la sorpresa. Es indudable la habilidad que tiene Hernán Jiménez para hacer –de una anécdota– una historia compleja en emociones, de amable sencillez, por lo que tenemos una hermosa película vitalista, tanto en su concepción como en sus resultados.

A ojos cerrados tiene la frescura del cine hecho con sensibilidad, pero también con talento e indagadora mirada personal para combinar –de manera conmovedora– los signos propios del lenguaje cinematográfico. Es filme que privilegia la autenticidad, también axiomática en las buenas actuaciones, gracias a Carlos Luis Zamora, Anabelle Ulloa, Carol Sanabria y un magnífico secundario como César Maurel.

La trama no sería la misma sin la música de Álex Catona, como si el pentagrama recorriera cada imagen, y sin el excelente trabajo de luces y fotografía de Maricarmen Merino. Técnicamente pulcra, visualmente agradable y narrativamente limpia, estamos ante una película que no dudo en recomendar a ojos cerrados. No se la pierdan.