Correteando las inmensas sabanas de las melodías guanacastecas, apareció un foso abierto. Entre la floreada y verde cultura, casi nadie había puesto la vista en ese vacío, en el que la vasta tierra musical de la pampa se hacía un cuenco desgarrado, con algunas raíces secas, a punto de morir.
Porque, por décadas, cada 25 de julio, Costa Rica ha zapateado el jolgorio de parranderas y pasillos, sin saber que estas vivían muy alegres, sí, pero con un ronquido aturugado, justo en la garganta del tiempo.
¡Qué linda zumba la marimba!, ni pareciera que su madera lloraba a sus hermanos que, como ella, llegaron desde África hasta Guanacaste hace siglos, pero le habían sido arrebatados!
Ya en los últimos años, varios guanacastecos la habían puesto contenta, reanimando al quijongo y la carraca (quijada de burro), pero la pena seguía, pues ya se daba por muerto a otro amado miembro de la familia de instrumentos afroguanacastecos: el juque.

Pero hoy, gracias a una heroína de la memoria, la retahíla de la identidad guanacasteca repica en versos de júbilo: el juque, al fin, logró salir del ingrato limbo del olvido.
“El quijongo estuvo muy cerca de (desaparecer), pero (a diferencia del juque) nunca se perdió porque siempre existieron personas que mantuvieron la práctica de ejecutar y de construir el instrumento, de poder diferenciar los elementos de la naturaleza para poder ensamblarlos”, cuenta Karol Cabalceta, maestra quijongquera que ahora también promueve el juque.
“Y más importante que esto, tuvieron el espacio para poder compartir todos estos saberes, y que nuevas generaciones adquiriéramos todo el conocimiento y las mañas que se necesitan para construir y ejecutar el instrumento. Pero con el juque... yo no tengo idea de hace cuántos años no existen los juques más allá que en nuestra memoria”, añadió la cantautora.
El juque o juco, de África a Guanacaste

También llamado juco, este instrumento es una especie de tambor, cuyo sonido surge de la fricción, no de percutirse. En suelo tico se fabrica desde tiempos coloniales con una calabaza hueca, recubierta de cuero y una varilla de madera que la atraviesa verticalmente.
Esta varilla encerada es la que se frota para producir la sonoridad que así, en buen cristiano y como lo explica a los jóvenes Margarita Rodríguez, Asesora Regional de Educación Musical en Nicoya, es un chirrido similar al que se genera al mover una pajilla a través de una tapa de plástico.
Pero ninguna descripción tan bella y profunda como la que hiciera José Ramírez Sáizar en su novela La venganza de Nandayure (1950), que es uno de los textos que daban cuenta de su existencia.
“El ‘juque’, en su tonalidad quejumbrosa, era un fiel imitador del dolor de un congo herido, que truena en los espavelares (el espavelar es un árbol), o del grito dolido del ‘cuyeo’, que busca estrellitas perdidas en la alcancía del polvo del camino”, escribió el escritor, también autor del himno a la Anexión de Guanacaste.
El catedrático de la Universidad Nacional (UNA), Daniel Matul, explica que el juco comparte origen africano con otros instrumentos, los cuales son adaptaciones de tambores muy similares de Angola y del Congo, como la famosa zambomba de España.

Por eso, constituye un elemento más que prueba que Guanacaste no es solo “alma de Iberia y altivo valor Chorotega”, sino también herencia de la población negra, que llegó a la provincia desde 1522, esclavizada por el conquistador español Gil González Dávila.
“Podría estudiarse como una creación afroguanacasteca surgida de procesos de memoria, adaptación y convergencia cultural. La población afrodescendiente pudo conservar o reinterpretar un principio sonoro conocido en África Central o en España como la zambomba, utilizando materiales disponibles en Guanacaste y dentro de un espacio colonial que era muy cerrado”, detalla Matul.
Según el poeta e investigador, las expresiones musicales de las personas negras en Guanacaste fueron fenómenos particularmente prolíficos en las periferias, pues las llamadas Leyes de Indias ordenaban la más fuerte explotación contra la población esclavizada.
Sin embargo, lejos de los puntos más céntricos de la provincia, los dueños de haciendas pactaban tácitamente darle un poco más de libertad a las personas esclavizadas que cuidaban las “fronteras” de las fincas, para evitar robos y problemas con el ganado. Y en esos espacios, donde las condiciones se suavizaron de a pocos, fue también donde floreció el arte y las tradiciones africanas.
Sin embargo, paradójicamente, conforme Costa Rica se independizó, la represión volvió, esta vez contra los frutos culturales. Fue así que instrumentos como el juque comenzaron a desincentivarse por ser considerados como incultos, con la marimba como única excepción, gracias a la evolución que tuvo.
“Hubo un proceso de eliminación porque no se consideraban ni cristianos ni civilizados. Las primeras marimbas que llegaron se colgaban en el cuello y tenían solamente una línea. Cuando evoluciona y se transforma en una marimba para sacar varias notas, entonces ya ahí se mantiene e incorpora dentro de la estructura oficial de instrumentos reconocidos”, afirma Matul.

Karol Cabalceta recuerda que el maestro quijonguero Isidoro Guadamuz, siempre les habló del juque; incluso, llegó a dibujarles un boceto de cómo era y les aseguró que un señor en Cartagena de Santa Cruz fue el guardián de las semillas de calabaza con las que se construía el instrumento, las cuales se perdieron con su muerte.
Aunque no se conoce exactamente el año de su extinción, para 1980 el etnomusicólogo Jorge Luis Acevedo declaró en su libro Música de Guanacaste, que el juque era un instrumento perdido.
Sin embargo, en 2023, Cabalceta viajó a Honduras, donde conoció al grupo musical los Caramberos de Nueva Celilac, que le regalaron un sacabuche, algo así como el primo mamulón y ronco del juco. De paso, le entregaron unas semillas de la calabaza con las que fabrican el instrumento, como si le depositaran en sus manos la esperanza de una resurrección.
De vuelta a Costa Rica, delegó la siembra a su padre, José Cabalceta, un profesor de educación física jubilado. En el proceso, unas cuantas se le pudrieron, pero a prueba, error e ingenio ya tiene dominada la cosecha. Así, a Cabalceta la vida también le cambió, pues terminó convirtiéndose en el único fabricante de juques en el país.
En Hojancha, don José toma el fruto cuando ya está ‘medio sazón’, le abre un hueco en que quepa su mano, limpia semilla y pulpa y lo cura con insecticida. Luego, coloca en la base inferior un aro metálico al que amarra con nylon un trozo de cuero de ternero procesado. La estocada final es recubrir de cera de abeja los bolillos de marimba que se desechan y atravesar con una de estas varas el cuero, y he ahí un juco listo para bramar su peculiar melodía.
“Don Isidoro Guadamuz nos decía que el juque se perdió porque la semilla se perdió y nos hacía hasta croquis de más o menos cómo era. Y ahora que ya lo logramos rescatar y construir, ver que nos dice: ‘¡Este es el juque’, es una satisfacción grandísima la que nos queda, porque logramos hacer algo por ese instrumento que estaba perdido”, relata emocionado don José.
Futuro del juque

La hazaña de recuperar el juque ya es enorme, pero el trabajo apenas empieza, pues requiere de muchos esfuerzos para que la semilla nunca más desaparezca. Esto lo tiene claro el músico Malcolm Jamil, multiinstrumentista que ha estado de lleno en este proceso.
Jamil explica que el juco tiene que explorarse y que considera que con una especialización adecuada puede tener un destino parecido al sacabuche hondureño, que es usado como bajo en ensambles. El músico asegura que el horizonte es tan enorme como la pampa, y que el juque puede renacer en tantos ritmos y proyectos como se tenga la voluntad.
“Con el quijongo creo que lo que pasaba era que estaba tan en desuso que no teníamos en mente qué posibilidades tenía. Creo que si alguien se especializara en el juque, de seguro empezarían a salir muchas más posibilidades para el instrumento”, aseguró.
Y desde el hato académico, Daniel Matul celebra que este rescate contribuya a sensibilizar sobre el legado de la negritud en Guanacaste, donde el racismo hace que desconozcamos que la población guanacasteca tiene el mismo porcentaje de genética africana que la limonense.
“Hace un mes trajimos a una escritora afroperuana y toda la gente me decía: ‘Ella es igual a mi abuela; es como mi tía’. La gente lo sabe, pero ese reconocimiento y esa apropiación de la identidad van a tomar una o probablemente dos generaciones; no va a ser instantáneo. Pero lo importante es empezar a documentarlo, empezar a trabajar con el Ministerio de Educación”, sentenció Matul.
Por su parte, Karol Cabalceta camina por su Guanacaste, a lomo de la inquietud que la tiene frotando y sacándole respuestas al juco. El norte, confiesa, no es claro, pero el juque ya ronca alegre, y confía lo seguirá haciendo en los espavelares floreados de la juventud, la cual busca incesante sus raíces.
“El mismo juque está hablando y la gente lo está volviendo a ver. Tenemos la limitante de que en este momento mi papá es el único que está construyendo juques y, pues, no da abasto. Pero bueno, poco a poco los músicos y músicas se han ido acercando. Con la poca difusión que hacemos, créame que hay muchísima gente interesada”, cuenta con ilusión Cabalceta.
“Creo que muchos estamos en la misma línea de transmitir desde la realidad, desde nuestras sonoridades, desde lo propio. Entonces, el mismo juque está haciendo eco y la gente está volviendo sus cabezas, abriendo sus oídos y su corazón para sumarlo a los proyectos artísticos”, finaliza la guanacasteca que, honrando la resistencia de los africanos que trajeron el instrumento siglos atrás, se negó a dejarlo morir.
