Los caminos de Puriscal huelen a boñiga y animal de monte. Para llegar a La Cangreja, hay que atravesarlos, así que cruzamos todas las curvas y cuestas del mundo, mientras el Sol se traga las huellas del automóvil, que brinca como un animal con las patas quebradas.
La Cangreja ?cuyo decreto la convirtió en Parque Nacional en junio de este año? aparece al margen de precipicios y pueblos cercanos como Zapatón, Mastatal y Concepción, justo cuando uno la da por perdida. Un portón de madera, más parecido al de una finca rural, le avisan al visitante de su llegada.
Para su tamaño original ?más de 2000 Hectáreas de extensión?, el parque ofrece un sendero modesto. Sin embargo, los 2 km del Sendero Natural Plinia atraviesan los puntos álgidos del parque y son suficientes para que uno se haga una idea de su entorno.
Durante el trayecto, se pasa varias veces por el río Quebrada Grande, una espumosa catarata, una bifurcación de varias escalinatas de piedra, puentes y una poza honda y caudalosa. El recorrido a pie está estimado en dos horas pero, al menos en nuestro caso, las horas se alargaron, como esperando la lluvia.
Tierra a la vista
Ya adentrados en el bosque y poco antes de que caiga el primer aguacero, Efraín Cisneros aprovecha para acomodarse en una piedra, a la vera del río. Después de 4 años de trabajar para la Fundación Ecotrópica (la encargada local de velar por la administración y mantenimiento del parque) nuestro guía sabe muy bien qué hay bajo su cuidado.
Así, resume en tres las actividades generales para las que La Cangreja está más que preparada: caminar, bañarse en el río y acampar. Lo demás es ganancia. Ver animales o pájaros depende un poco más de la suerte, aunque para Efraín siempre es un gusto recordarle a la gente que sus posibilidades no son pocas.
En el parque, cada paso se comparte con zahínos, armadillos, pizotes, mapaches, manigordos, tepezcuintles, guatusas, monos, zorros, osos hormigueros y perezosos (por nombrar solo algunos bichos grandes), además de las aves que gritan y revuelven las ramas: pavas, lapas, loras, pericos, tucanes, gallinas de monte, chirrascuasas, pájaros carpinteros y monjitos, entre otros.
El trabajo de Efraín no sólo consiste en recibir a los visitantes, sino en saber de lo que habla. Por su rapidez para distinguir la flora y la fauna del lugar, se nota que él está más familiarizado con los asuntos de la montaña que con los de la calle, aunque dentro de sus funciones también está realizar las caminatas guiadas, desalentar a los cazadores furtivos, reparar las cercas y evitar cualquier atribución foránea dentro de los límites de La Cangreja.
El orgullo se le desborda de las pupilas cuando nos pone al tanto del Plinia Puriscalensis, un arbusto que fue descubierto en el parque y que es único en el mundo (y en todo Costa Rica). "Da un fruto parecido a la guayaba; dicen que se come, pero no le puedo decir a qué sabe porque nunca me he animado", confiesa Efraín.
Formas del agua
El rumor del río es ensordecedor. Algo en el ambiente empieza a convulsionar y la brisa, cada vez más húmeda, finalmente anuncia la llegada del aguacero. El río nos sigue conforme avanzamos, sin animales pero con mosquitos.
Bajo la lluvia aparece la catarata y mirada y paisaje se confunden. La caminata sube y baja y vuelve a subir, atravesando la gruesa hojarasca del sendero, que chorrea lodo y barro bajo el peso de los cuerpos empapados. Más tarde, el río se convierte en una zona paradisiaca, donde un sendero de puentes evita el contacto con el agua del río. Ya para qué.
En este sitio, el agua se desliza por varias escalinatas de piedra, retomando su curso con una suavidad contradictoria.
La lluvia cesa; la poza aparece entre los árboles y las rocas; la caminata continua; el aguacero regresa por segunda vez. Sin detenernos, Efraín retoma su narración y comenta que su trabajo de vigilancia nunca termina, especialmente porque en el río abundan camarones y, detrás de ellos, abundan los pescadores. "No sería nada si no fuera porque envenenan el agua", dice, acompañando sus palabras del relato de un episodio reciente, cuando el envenenamiento llenó el lugar de zopilotes y cadáveres acuáticos.
Cuando ya nada está seco (ni por dentro ni por fuera) y faltan pocos metros para llegar al punto de partida, Efraín recuerda una bonita advertencia, que quizá debió hacernos un poco antes: "También quería decirles que hay muchas terciopelos y corales, además de víbora espinilla y oropel. Pero no se preocupen, a mí nunca me han picado".
Nos miramos los zapatos, destrozados por el barro. No importa. El paseo fue genial. Ya para qué.
Cómo, cuándo, dónde...:
¿Qué? Parque Nacional La Cangreja.
¿Dónde? Mastatal de Puriscal.
Duración del viaje (aprox.): 3 horas desde San José hasta Mastatal.
¿Cuándo? De martes a domingo, de 7 a. m a 5 p. m.
Contacto (indispensable para visitar el parque): Fundación Ecotrópica, detrás de la antigua iglesia, Puriscal centro, tel. 416-6359.
Encargado en el parque: Efraín Cisneros.
Entrada: gratuita para niños y estudiantes, ¢500 (general, nacionales y extranjeros) y ¢1.000 (por persona, por día, si es para acampar).
Servicios en el parque: Área de acampar, agua potable, servicio sanitario y baño con ducha (sólo agua fría). Si los visitantes lo desean, pueden contratar el servicio de comidas a un grupo de señoras de la comunidad, a través de la fundación, con un mínimo de 2 semanas de anticipación
Recomendaciones: En época de invierno, es preferible hacer el viaje en un carro de doble tracción. Se recomienda llevar agua y alimentos, pues la pulpería más cercana está como a una hora y media del parque.