La fama que lo precede es de bar, pero es una fama injusta, como todas. En este bar, lounge , pub , sala de conciertos y club social también hay un pequeño menú que merecería ser recordado como si duplicara su oferta.
Es cierto que sus entradas, antipastos, ensaladas, focaccias y pitas ni siquiera se acercan a la oferta etílica del bar –donde los cocteles, las fusiones, los batidos, las cremas, los smoothys y demás brebajes descorchables son una especialidad olímpica– pero en esas escasas páginas de comida se esconde el secreto de La Síntesis.
Antes de cruzar la puerta tuvimos que pagar. ¿Perdón? ¿Pagar por entrar a un restaurante? Bueno, hay que se flexibles, máxime si a uno le va a amenizar la velada el grupo Diversus. Ni modus. Pagandus.
Suerte echada. Después de soltar ¢4.000 (¢2.000 cada uno) ingresamos a ese otro escenario que es Grappa y donde se combinan en perfecta armonía la oscuridad, la luz, la música en vivo y los espejos silenciosos. Por momentos nuestra hambre parecía fugarse hacia la barra, donde millones de botellas refulgían iluminadas por un misterioso neón angelical.
Nadie comía, por supuesto, pero nunca nos gustó estar de acuerdo con la mayoría. Así que, menú en mano, dimos en el clavo: Hummus, Taboule, Baba Ganoush con pan pita y antipasto de verdura a la parrilla. Empecemos por decir que ambos platos son un concierto vegetariano y un homenaje al aceite de oliva.
El pan pita (fresco, tostado y no escaso de ajonjolí) se hundió sin descanso en aquellos sabores, que incluso se volvieron intercambiables. Las verduras (hinojo, zucchini , chile dulce, berenjena y espárragos) iban y venían de un plato a otro; de un pan a otro. Dicen que el amor eterno dura cuatro meses: esta comida, sencilla y apetitosa, servirá para recordarlo.