Muy al norte del país, donde el sol de la mañana es inclemente con la piel, en el lugar donde la tierra es rojiza y el nampí tiene sus dominios, se encuentra un pueblo llamado Santa Rosa, del distrito Pocosol de San Carlos. Allí donde la vida parece transcurre lentamente, está el asentamiento Juanilama, espacio donde las familias literalmente le abrieron las puertas de sus casas al ecoturismo.
Este proyecto de turismo rural comunitario, en medio de una comunidad de parceleros dedicados a cultivar la tierra y a la ganadería, aprende, día con día, de una actividad que puede ser sostenible con el medioambiente y, de paso, generar dinero extra para vivir dignamente.
Organizados bajo la figura de la Asociación Agro-Ecológica Juanilama, familias hospedan en sus casas a los visitantes, comparten su mesa y alimentos.
Además, como paseos, les ofrecen la oportunidad de conocer sus parcelas sembradas de diversos productos o los llevan a pescar tilapia en un criadero de los vecinos; desde luego, aquellos peces terminan fritos y acompañados buena yuca y limón ácido.
Como principal atractivo está la reserva ecológica Juanilama, 19 hectáreas de bosque, donde la mano de la Madre Naturaleza permite que las ranas rojas pululen, que el canto de las aves endulce el oído y que quien llegue combata el calor bajo árboles centenarios que ofrecen su sombra. Es un lugar que, desde hace 10 años, ve el paso de cientos de turistas ticos y extranjeros por sus senderos.
Félix Calvo, agricultor y presidente de la Asociación, explicó que no ha sido sencilla la lucha por convertir la reserva y comunidad en un destino para quienes disfrutan de este estilo de turismo.
No obstante, las bellezas de la reserva logran enamorar a cada visitante. Dentro de estas tierras, se pueden seguir diversos senderos, todos bien demarcados. Luego de una caminata de casi tres kilómetros, el premio será la catarata La Leona.
Además de disfrutar del espectáculo para la vista, de tomar cientos de fotos, el visitante tiene a su disposición las aguas de esta caída de agua, para darse un refrescante y merecido baño.
La experiencia para las familias beneficiadas ha resultado mayoritariamente positiva, de eso Sandra Molina puede dar constancia.
Ella es una de las vecinas que junto a su esposo abre las puertas de su casa para hospedar a los visitantes.
“La experiencia ha resultado muy bonita, hemos aprendido a relacionarnos con los visitantes. Normalmente vienen niños y jóvenes a practicar español y aprendemos a tenerles paciencia y ellos a nosotros para entendernos”, explicó Molina.
Los ingresos para estos empresarios les dan un impulso importante para sostener a sus familias, pero aún no es tanta la visitación, como para dejarles muchos beneficios. Pero ellos siguen con la esperanza de que los tiempos mejoren y así sean más los beneficiados de una actividad tan amigable con el ambiente.
Nueve piscinas naturales, con distintas temperaturas, aguardan al visitante todos los días de la semana. Para llegar hasta las aguas termales, es necesario caminar unos 300 metros dentro de un bosque privado, al final encontrará una serie de piscinas construidas con elementos rústicos, alterando la naturaleza lo menos posible.
Kevin Rodríguez, de Termales del Bosque, explicó que la piscina de temperatura menor es de 34 grados centígrados; a partir de ahí se va incrementando hasta llegar a una que alcanza los 48° grados centígrados.
La recomendación para los visitantes es comenzar en la de menor temperatura y, paulatinamente, ir probando las restantes hasta encontrar la que más le guste.
Como recomendación, cada 15 o 20 minutos, los visitantes deben tomar una ducha de agua fría o bien ingresar al río que pasa al lado de las piscinas y, luego, continuar.
Además, como parte de los servicios, hay un baño sauna que emplea de forma natural el agua, o bien podría tomarse un relajante masaje, en una de las camas de piedra, que están inmersas en el spa natural.
Rodríguez resaltó las propiedades exfoliantes y los nutrientes que poseen las aguas termales, las cuales permiten evitar problemas como el acné y lograr una placentera relajación.
“Aquí vienen muchos turistas locales, incluso en las noches; a ellos les agrada que estamos en medio de una montaña, donde se pueden escuchar las aves, mientras se relajan”, agregó Rodríguez.
Como se trata de aguas cálidas, no importa si está frío o llueve, allí todo es cálido y agradable.