
Martes 26 de diciembre. 8:30 p.m. Aún falta media hora para el inicio de la corrida de las 9 p.m.. Más de 100 toreros improvisados se agrupan en una larga fila que camina lentamente, a punta de empujones. Pueden entrar vestidos como se les antoje, eso sí, cédula en mano y sin haber ingerido una gota de alcohol ni portar arma.
Afuera son igual que todos los demás. Pero una vez dentro del redondel hay una transformación interior en los peones, albañiles, obreros, comerciantes, contratistas y hasta policías que se atreven a desafiar la furia del toro embravecido. En la arena ya no son uno más del montón. Allí se convierten en el centro de atracción. Se sienten estrellas que brillan con los aplausos del público.
"Aquí nos sentimos importantes. Me gusta arriegar mi pellejo para alegrar a la gente", dice Gustavo Valverde, conocido como Muñeco de Hule desde que una vez un toro lo golpeó y salió ileso. Para llamar la atención, el muchacho -de 21 años-, cuya vida transcurre en una tapicería de muebles, se pone una vieja peluca -que en algún momento fue de color rubio-, una boina negra y medias rojas de jugar futbol.
Mientras la familia torera hace sus diabluras con el primer animal de la noche, los improvisados (que más bien deberían llamarse toreros mañosos, porque conocen los movimientos de su adversario y saben cómo engañarlo) esperan su turno.
Detrás de la barrera calientan con ejercicios sus piernas. Algunos se pintan la cara para que en su casa no los reconozcan. Otros cuentan anécdotas de un "maldito" toro que les marcó para siempre con alguna cicatriz. Y los más novatos preguntan a la policía: ¿dónde está el orinal?
Son las 9:30 p.m. La ruidosa trompeta anuncia la salida de la primera bestia para el disfrute de los impacientes aficionados a las corridas a la tica. En 30 segundos todos están en el redondel en lo suyo: compiten por llamar la atención del animalote con los ojos furiosos, que a su paso levanta arena con las patas.
-Mae. Jalále el rabo, grita uno de los muchachos.
-No seás cobarde, jaláselo vos, le contesta otro.
Ninguno pudo. Apenas les dio tiempo de salir espantados cuando vieron que el toro estaba a unos 20 metros, luego brincaron la barrera y cayeron de cabeza al otro lado, donde la policía no les permite estar ni un segundo.
Como hermanos
Ante el enemigo común, en el redondel los desconocidos se vuelven amigos. Cualquiera te puede dar una mano en caso de vida o muerte. Y, en efecto, así es. Cuando alguno cae al suelo no faltan brazos que ayuden a ponerse de nuevo de pie.
"En la cancha somos como hermanos", comenta un poco agitado por la carrera Juan Rafael Hernández, quien lleva un pañuelo al estilo pirata amarrado en la cabeza y la cara pintada de rojo clavel. El joven es miembro de la Guardia Civil y salió a escondidas de su mujer a quien no le gusta este tipo de peligros "innecesarios". "Me pinto para que en mi casa no sufran por mí", explica.
Esa camadería que solo se siente estando adentro del redondel le salvó una vez la vida a Juan Rafael. "El toro me iba a caer encima y todos los que me rodeaban me protegieron", narra orgulloso de la hazaña.
Quienes vienen desde hace varios años consecutivamente han formado amistades y, una vez finalizadas las fiestas de Zapote, se reúnen en las de Palmares o Santa Cruz, Guanacaste. "Somos amigos de redondel, nos encontramos todos los años aquí o en otros festejos. Esto es un pasatiempo muy emocionante", comenta Húbert González, 24 años, conocido como El Toro, porque tiene una admirable contextura.
A las 12:35 p.m. dos caballistas lazan el último toro. La mayoría de los improvisados ya se había marchado. De los pocos que quedan, algunos salen renqueando a tomarse una cerveza y ser de nuevo igual que lo demás. Mañana, a la misma hora, volverán a hacer fila para sentir la emoción que provocan los aplausos de al menos 5.000 personas.