Después de asistir a clases, Virginia Fonseca Céspedes cosía uniformes azules con pliegues estructurados para sus compañeras de colegio: así comenzó a descubrir el mundo de las telas y los hilos, dentro del taller de su madre y de sus tías.
Con los años, Fonseca se tornó gran vestuarista en las artes escénicas de nuestro país, y por esto recibió un homenaje durante el II Encuentro Centroamericano de Mujeres en las Artes Escénicas.
Vicky (como le dicen de cariño) creció en Peralta de Turrialba observando a su madre coser durante muchas horas para vestirla a ella, a sus seis hermanas y a la gente del pueblo: todos sabían dónde ir si necesitaban un remiendo de última hora, un vestido de gala o algún traje para el domingo.
Fueron muchas las horas de observación y experimentación que Virginia le dedicó al arte de coser sin saber que este sería el camino que recorrería durante 35 años.
En 1974 se casó y se mudó al centro de San José, donde se enamoró de los vestuarios al ver una obra teatral por primera vez: Fuenteovejuna , de Lope de Vega, y más tarde continuó su romance con la obra Gato por liebre, de Feydeau, en el Teatro El Ángel.
“Recuerdo las telas y la magia que tenían los trajes en el escenario. Me impresionó ver cómo la ropa moldeaba la identidad de los actores”, dice doña Virginia.
El Teatro El Ángel lo fundó Alejandro Sieveking, quien emigró a Costa Rica en 1974 durante la dictadura chilena. Sieveking es dramaturgo, director, actor y el primer diseñador con quien Virginia trabajó.
“Yo estaba embarazada de mi hijo mayor y vivía en San José; entonces, Pilar Quirós, una amiga de mis primas, me contactó para que participara como vestuarista en la obra de Las brujas de Salem porque Vicky Golobio, la vestuarista, había renunciado.
”Al principio le dije que no, porque me gustaba coser desde la casa, descalza y tranquila, pero Pilar me insistió, y desde ese día me quede ahí para toda la vida”.
Pilar Quirós, amiga y “cómplice” de Virginia, era jefa de vestuario de la Compañía Nacional de Teatro (CNT), y motivó a Virginia para que usase el talento de sus manos en la elaboración de los trajes.

Vicky recibió ayuda para confeccionar el vestuario de Las brujas de Salem , pero, para la obra La invitación al castillo , de Jean Anouilh, se enfrentó al reto de trabajar sin modistas ni ayudantes.
“Fue muchísimo trabajo; además soy adicta a los pequeños detalles: una arruga o una costura mal hecha deben corregirse. Después de esa obra, parece que el tiempo voló y no me di cuenta DE en qué momento hice tanto”, recuerda.
1950: la moda de los vestidos. Virginia tiene una memoria prodigiosa. Para diseñar vestuarios, le basta con recordar la época en la que se difundió: no consulta catálogos, fotos ni revistas.
La diseñadora lee las obras para las que trabaja; conoce más sobre los actores, los directores y las formas de comunicar desde que la directora María Bonilla decidió que los equipos técnicos debían participar de los montajes.
“Me inspiro en mis compañeros: todos son muy buenos. Trabajé con Milo Junco, Luis Carlos Vásquez, Pilar Quirós, Mara González, Yolanda Briceño y David Vargas. Puedo ver muchas hojas con diferentes bocetos sin nombre de pertenencia, y yo sé de quién es cada dibujo. Conozco los estilos, los trazos y las técnicas”, precisa Fonseca.
“Hay que ser diferente cuando se participa en el teatro. No muchas personas toleran las críticas a su trabajo, pero debe entenderse que esto es una labor en grupo y que siempre se tiene un propósito: crear. Hacer arte es crear la magia en el teatro, el suspenso de abrir un telón, crear una ilusión”, añade la artista.
Vicky recuerda que la obra El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht, fue uno de los retos más grandes que afrontó. Es una obra de teatro en un prólogo y cinco actos; es decir, muchos cambios de vestuario.
“No fue fácil confeccionar los trajes para David González, quien actuó en El círculo de tiza caucasiano : necesité muchísima paciencia y creatividad. Pasé muchas horas sentada, o tirada en el suelo porque las telas pesan y no siempre caben en una mesa, pero lo disfruté; además, me invitaron al estreno en la zona sur”, recuerda Vicky y continúa:
–Después de trabajar durante 35 años, las vivencias se convierten en hechos cotidianos que no pierden su vigencia ni su cariño. Jamás pensé dedicarle mi vida a esto, pero realmente es mi vocación”.
Puesta en escena. No obstante, Fonseca también encontró un lugar al frente del escenario pues, con Carlos Pato Catania, actuó en unos programas humorísticos llamados Tío Antonio , que se transmitieron por Canal 13. Virginia nos dice:
“Actuar fue divertido: no conocí la pena ni el miedo cuando me pidieron que actuara. Fue una experiencia que disfruté, que me hizo conocer más sobre lo que es el teatro. ¡Son tantas facetas por experimentar...!
”En diciembre actuaré para el Día del Trabajador del Teatro Costarricense porque me escribieron una obra pequeñita en la que apareceré. Aunque me pensioné, me gusta estar ocupada, especialmente en el teatro: allí está mi segunda familia”, afirma Vicky.
A Virginia se la admira por cada pieza de ropa que visualizó y creó. Ella le dio vida a infinitos personajes junto a su máquina de coser, telas, botones, pedrería, encajes, y muchos materiales poco frecuentes. La artista detalla:
–Siempre que compro ropa –lo que sea: una blusa, un vestido, un pantalón–, debo buscar alguna forma de arreglarlo; al menos debo soltar una costura para sentir que yo hice algo. La prenda puede estar perfecta, pero lo mío es una maña porque, con tantos años, solo se me ocurre buscar alguna excusa para coser.
”Una obra que me encantó fue María Magdalena, que dirigió María Bonilla. No solo es un honor compartir cualquier proyecto con ella, sino que su forma de crear es efervescente. Todos nos contagiamos de su talento. Estar rodeado de personas así hace que trabajar no sea un sacrifico, sino una ganancia”.