20 marzo, 2016

Gustavo Arroyo

En Detener la historia , de Alejandra Solórzano, encontramos una poesía femenina que es hermosa, justamente porque no pretende ser poesía femenina: lo es y punto, lejos de las chocantes impostaciones que han enmarcado ese concepto.

Ejemplo claro es el poema que abre esta colección, con la categórica referencia a la suicida Evelyn McHale, que nos recuerda algo que olvidamos constantemente: la vida no es más que una caída con un final que arde en su certeza absoluta. Final ardiente que, en la segunda sección de la obra, Leer la espuma , pretende redimir la vilipendiada figura de Malinche, juzgada por los tiempos, juzgada por los hombres, y cruelmente, juzgada por las mujeres.

Para pedidos llamar al número 8828-0986.
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Leer la espuma nos induce a veredas en las cuales, de forma tajante, se nos aclara a la Malinche como un obsequio al que le caerán encima los ingratos epítetos del reclamo social; igual que a una suicida como McHale, igual que a una parte aguas como Sor Juana.

Destaca, además, en el poemario, la figura emblemática de Frida Kahlo, que se asoma no por sí, sino detrás de otras figuras, de otros paralelismos, de ciertas ráfagas para oídos atentos.

Tenemos así, en este libro, a la mujer que se mata, a la mujer que es sacrificada, y a la mujer que asume el dolor irremediable. Aunado a lo anterior, este poemario es muestra de la madurez reflexiva, vuelta ágil imagen y profunda metáfora, alejada de los recovecos de la retórica inútil.

Qué bella es la poesía, cuando además de pintar imágenes con vocablos, nos invita a razonar; no basta la imagen de la fuente, sino que se nos ofrece el agua que al inicio no se distingue. A esto me refiero:

“Venís a explicarme, con tus siete años, cómo se lavan las tumbas de toda una ciudad. –¿Son muchas? pregunto. –Mira el cielo, respondes para dejarme otra vez en silencio, con mis ojos atados a tus pies diminutos. Me vuelvo pez. Vos también. Observo cómo embestís la calle honrando con tu trabajo de niño los epitafios del casco viejo de la ciudad”.

Y entonces, en esa agua, nadamos quienes leemos.

Las referencias a Euclides, David Hume, Immanuel Kant y John Wheeler, son tan solo un claro ejemplo de un conocimiento que la autora, con armoniosa plasticidad, vuelve poesía.

Poesía inteligente, apropiada, de la que enseña el pecho sin temor a la arruga; poesía fina y pensada, para poner a pensar; tremendamente humana e intimista, que luego se explaya para el abordaje del fenómeno colectivo.

¿Quién no es adolescente ahora, o lo fue antes, o llegará a serlo? Entendemos pues, que la historia es la huella humana a través del tiempo, y ahí queda justificado, por demás, el título de esta colección. Es entonces cuando lo entendemos, de la mano de Alejandra:

La Verdad cualquier adolescente la sabe

porque es ahí donde el dolor debuta

y no hace falta entenderlo.

El dolor es el motor de esa historia que solo se detiene en apariencia.