Cultura

Reseña: Dennis Ávila y el dios Toth tocan el timbre y corren

‘La infancia es una película de culto’ fue publicado por Ediciones Perro Azul

Escribir sobre la infancia tiene el riesgo de que los trencitos quedaron en marcha y las pistolas de agua quedaron cargadas. Viajamos a la infancia y todavía la bola está a punto de ser gol, y el trompo, ese remolino de madera, sigue bailando en nuestra palma. Y esto pasa cuando leemos La infancia es una película de culto , de Dennis Ávila.

Escribir un poema sobre la infancia tiene el riesgo de que la maestra nos vuelva a dar otro pellizco en el poema, de que desaparezca nuestro conejo y nos digan que se escapó cuando en realidad está enterrado en el patio del poema. Estos riesgos los corre Dennis; a veces sale con las rodillas raspadas y a veces se sienta en el último pupitre para ver la película de su escuela, de la maestra que lo enseña a escribir adivinando que ese niño más grande que su edad, tanto que no lo dejan jugar en la piscina de bolas, escribiría poemas.

El libro tiene 67 páginas, pero dura lo que tu mamá vistiéndote para tu primer día de escuela, o lo que duran tus zapatos nuevos en volverse viejos. Cada poema es un lingote de memoria, y el libro es un asalto al banco.

Los antiguos egipcios creían que para que un objeto existiera, el dios Toth debía antes pronunciar la palabra que lo designara, así, para que la taza exista, Toth debía pronunciar “taza”; es la palabra creando la realidad. Me gustan los poetas que inventan realidades poéticas con sus palabras, y Dennis, en La infancia es una película de culto , nos descubre realidades que sin él permanecerían en el limbo.

Por ejemplo, todos en aquel carro como en un solo útero nos revela que si se monta una familia en domingo, un carro es un útero donde se vuelven a gestar y el salir del carro para almorzar en una soda, renacen.

En su patio había un pino inmenso, un cohete temporalmente estacionado que al despegar arrancaría su casa de raíz , nos demuestra lo que sospechamos pero hasta ahora tenemos un documento que lo prueba: los cohetes que fueron a la luna son pinos forrados de blanco, con un cometa que los propulsaba. Y así Dennis va inventando verdades poéticas: a pesar de la alegría de aquel ambiente la vida no se parecía en nada a una Cajita Feliz , esto es verdad y lo que dice la publicidad gastando millones de dólares no lo es. Y aunque se vendan billones de cajitas felices al día, la vida no cabe en sus cuarenta centímetros cuadrados, ni la felicidad, ni la infancia, ni siquiera el primer diente de leche que se nos cae.

En el libro, doña Maritza, la madre de Dennis, es la oruga que se vuelve luciérnaga para volverse estrella, sin pretensiones, con las agallas de un barco de papel . Así como una vez me pregunté en un poema por el miedo que vence el relámpago para salir de su cueva, ahora me conmueve las agallas de los barcos de papel para lanzarse caño abajo, buscando el mar.

La veo sonreír: no parece la mujer que perdió un oído, la tripulante de hospitales que derrotó al vértigo para domar lo humano , así es doña Maritza, quien, aunque no es mencionada en todos los poemas, sobrevuela el libro como la mariposa que sostiene su cielo.

Yo jugué trompos, y bolinchas, y futbolines con clavos en una tabla y ligas para que la bola no se saliera, pero no había comprendido que un trompo es un remolino de madera . Dennis lo descubre, y ahora cada vez que juegue trompo voy a escuchar su dialecto de espiral .

El libro de Dennis termina, pero el partido de la infancia todavía sigue; aunque oscurece, vamos empatados y sabemos qué nos va a decir mamá cuando nos vea llenos de tierra.

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