Cultura

Reseña de la novela ‘Azulejos blancos’: La penumbra de la memoria

La novela de Aída Faingezicht, exministra de Cultura, es publicada por la editorial Letra Maya.

Mi casa, mi familia, lo que amo. Este lugar donde nací. Esta pulcritud que he visto siempre, la blancura que no solo perciben mis ojos, también mi olfato. Cierro mis ojos y de pronto nada es blanco, todo se curte y envejece; tan rápido, que empiezo a oler la muerte (p. 97).

Aída Faingezicht ha publicado su primera novela por medio de la editorial Letra Maya, en impecable edición, y su título no puede tener un significado hasta no leerla toda. Azulejos blancos , así titulada, nos evoca al cerrar la última página, la travesía de una familia por toda la geografía del horror nazi y su radicación final en Costa Rica.

La escritora escucha las remembranzas de una madre (Rina) cuya voz parece fluir como una conciencia estigmatizada por los eventos traumáticos de la Segunda Guerra Mundial y los intersticios de luz, que es la vida compartida aun en los más duros momentos.

Nos queda el sinsabor de que las víctimas del Holocausto ciertamente no comprendieron a tiempo lo que se aproximaba y que, por costumbre de ser perseguidos y de tener persistencia, creyeron siempre que iban a sortear lo que parecía ser solo oscuras murmuraciones. Entre la indecisión y el apego a la tierra donde vivía la familia de Rina, como muchos otros miles, empiezan a sentir los pasos de una tragedia cuyas dimensiones no lograron sospechar a tiempo.

Detalles y ritmo

El inicio del libro es prolijo en detalles muy precisos con respecto a la atmósfera prenazi de lo que fue esa Europa añorada luego nostálgicamente. El trabajo duro de los judíos, sus costumbres, sus casamientos, sus afectos y esperanzas, todo se vuelve muy próximo al lector de esta novela que rasga la fibra emocional en sus mejores pasajes.

La novela logra, con sus datos y caracterizaciones, presentar el sufrimiento de los personajes que han quedado anclados en un pueblo de Polonia. El ritmo narrativo se torna acongojante cuando, de un día para otro, los judíos son avisados de las masivas deportaciones a Treblinka. La pregunta clave para quien riñe con esas páginas descarnadas es: ¿cómo ocurrió todo esto? ¿Por qué se lo permitieron las mismas víctimas?

Y así, de un día a otro, el viacrucis de Rina, entre pérdidas de parientes, humillaciones, redadas y caminatas interminables en busca de una salida por los bosques polacos, parece no dar término ni abrazar esperanza alguna por la ubicuidad de un enemigo aferrado a un objetivo implacable, eficaz y metódico.

La sentencia de la narradora es la clave de la novela: “Cuesta creer que de un momento a otro, porque el tiempo corre sin que nos percatemos, éramos como perros enjaulados huyendo de nuestro cazador que solo buscaba exterminarnos” (p. 180). Y, precisamente, es lo que confirmamos.

Judíos trabajadores como el bueno de Baruj, el padre de Rina, con todo su conocimiento y afán de protección a su propio pueblo, son terriblemente sorprendidos por la amenaza nazi. Es inevitable comprender que para miles de judíos europeos no era posible concebir lo que maquinaba el tullido de Goebbels, un precario modelo ario, pero sí el más refinado de los psicópatas que ha conocido la historia.

Un símbolo

Los azulejos blancos son una mención que se convierte en un símbolo de la lucha del pueblo judío: “(…) fueron el presagio de una familia que no sucumbiría a la destrucción, años después (…)”. Su brillo no es gratuito. Se trata de una condición que se impone a fuerza de limpiarlos constantemente en cualquier circunstancia.

Azulejos blancos significa proseguir confiando en la vida, a pesar de la visible derrota. Solo así se mantienen las fuerzas de un pueblo que lo ha padecido todo.

La novela de Aída se balancea entre lo literario y el dato histórico. A veces los diálogos son muy informativos y eso esconde al personaje, lo reduce.

La idea fue rescatar, casi en tono de urgencia, la memoria de quien vivió intensa y dramáticamente la Segunda Guerra Mundial como judía en una tierra que consideró parte de su destino; es decir, su tierra. La transmisión de esa memoria veraz y desgarrada se logra en este libro. A veces el recuento de los hechos busca abruptos atajos y la narración no permite explicarnos tantos personajes que aparecen y desaparecen. Pero en general, como testimonio traspasa la humanidad de quien se asoma a sus páginas.

Rina es la fuerza de la vida que se niega al olvido. En la evocación de los ausentes y el mayor mal de la época, ella se sostiene con valor para los que continúan.