Gonzalo Castellón tenore@racsa.co.cr
Hablar de cómo conocí a Óscar Arias –acaso el personaje político de mayor trascendencia en la Costa Rica del último cuarto del siglo XX– es una tentación irresistible. Lo es también el describir la forma artesanal en que los jóvenes cantantes de los años 70 elaborábamos un montaje de ópera a costa de nuestro esfuerzo, sudor… y una que otra lágrima.
Esta historia involucra a dos portadores del patronímico Óscar en calidad de protagonistas: uno es Oscar Scaglioni, el maestro que abandonó una promisoria carrera en su natal Italia para seguir el mandato del amor hacia una costarricense. El otro es Óscar Arias, ese polícromo personaje de nuestra historia, denostado por algunos y admirado por la mayoría.
De la unión de ambos Óscares surgió un montaje de ópera inolvidable: acaso el primero que se realizó dentro de índices aceptables de profesionalismo, salpicado –pese a todo– por un quantum sufficit de improvisación.
Un elíxir mágico y un amor feliz. Corría el año de gracia de 1975. Los estudiantes de canto lírico del Conservatorio de Música de la Universidad de Costa Rica –hoy Escuela de Artes Musicales del alma mater – habíamos depositado nuestra esperanza en el tímido montaje de una obra que representaba el epítome del bel canto.
Hablo de L’elisir d’amore , la fresca producción del bergamasco Gaetano Donizetti, cuyo montaje estuvo a punto de naufragar entre las olas del desinterés estatal. De hecho, su salvavidas fue ungido por la providencial intervención de un joven político que, a su regreso de Londres, había sido designado ministro de Planificación por el presidente Daniel Oduber.
El montaje estaba listo. Nos repartíamos los roles principales entre la soprano norteamericana Mary Peck, los tenores Guillermo Morales y quien esto escribe; el barítono Fernando Mora, la soprano Alexandra Villalta y el infaltable aporte de Oscar Scaglioni. Tres de ellos –Peck, Scaglioni y Villalta– cruzaron ya la laguna Estigia.
El diseño de la escenografía corría a cargo de David Vargas, y la regia se había dividido entre la invaluable colaboración de Alejandra Gutiérrez y el propio maestro Scaglioni.
Sin recursos para el montaje. Llegó el momento de hacer arqueo y de enfrentarse a la fría realidad: el Ministerio de Cultura, Juventud y Deporte daba los primeros pasos de lo que habría de ser un protagonismo indubitable en materia de gestión cultural.
Una joven Orquesta Sinfónica colaboraba con la iniciativa lírica. Benjamín Gutiérrez se ponía al frente del conjunto sinfónico, pero la iniciativa carecía totalmente de recursos para afrontar la infraestructura de vestuario, escenografía, publicidad y producción.
Una cantante del coro –mi querida amiga Dory Steinberg– expresó una idea afortunada: “Tengo buena relación con el ministro de Planificación”. “¿Quién es el ministro?”, preguntamos todos. “Es un joven de poco más de 30 años, muy aficionado a la ópera. Su nombre es Óscar Arias ”. “Pues… ¡visitémoslo y ejerzamos nuestro derecho al ancestral punteo!”, dijimos todos.
Al menos en Costa Rica, el “punteo” se encuentra institucionalizado: puntean el profesional, el obrero, el político y el gestor de comercio. Al puntear… algo se obtiene, aunque sea la propina.
Óscar Arias fue afable y directo. Reconoció que se trataba de una actividad que merecía el patrocinio estatal, que aún no decantaba en una compañía lírica oficial, y ofreció entonces una colaboración de su propio peculio. Fueron veinte mil colones que sirvieron y alcanzaron para todo: con dicha partida se pagaron la escenografía, el vestuario, el maquillaje y la publicidad.
Un final feliz. L’elisir d’amore es una ópera con final feliz. Gracias a los Óscares, el regocijo fue doble: hubo éxito de taquilla y, al final, el tenor se quedó con la soprano, como debe ocurrir en toda ópera que se respete.
Alejandra Gutiérrez y Oscar Scaglioni lograron la conjunción correcta de drama y bufonería. Benjamín Gutiérrez dirigió con la solvencia habitual, y los cantantes cumplimos en la medida de nuestras posibilidades. De allí no trasciende la memoria pues no me gusta ser juez y parte.
Únicamente quisiera establecer algo personalísimo: al concluir la interpretación de la famosa romanza titulada Una furtiva lágrima, fui presa de la emoción. No puedo ocultar que, independientemente de otras performances de Elisir que me tocó abordar en mi carrera lírica, fue esta la única oportunidad en que las lágrimas de Nemorino… no fueron tan furtivas.
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Una botella inesperada.
No puede faltar la anécdota. Oscar Scaglioni fue el verdadero sacristán de la ópera costarricense de los años 60 y 70: anunciaba la misa, recogía el óbolo, sonaba las campanas, portaba los ornamentos y asistía al sacerdote.
Dado que para esa época no se trabajaba con un encargado de utilería, Scaglioni asumía tales funciones con la pasión del verdadero maestro. Para envasar su mágica pócima de amor, recolectó todo tipo de botellas –algunas grandes y otras chiquitas–, de múltiples colores y procedencia. Con su saco de botellas a cuestas, semejaba al inmortal Azulito del San José de otrora.
Llegado el momento de que ambos cantáramos el dúo Obbligato, ah, si, obbligato!, el doctor Dulcamara (Scaglioni) extrajo una misteriosa botella de su saco de viaje y entonó: Ecco il magico liquore! Un grito inequívoco salió de la platea al reconocer el envase. Una voz femenina exclamó tan solo: “¡Brut de Mennen!”.