
El Capitán Ahab es un mito… pero su estela es la de un héroe. La poesía y la literatura de imaginación han utilizado con frecuencia analogías de estilo para identificar los elementos semiológicos, en ocasiones ausentes. Pues bien, al igual que sucede con Don Juan, Faust y Oedipus, el Capitán Ahab habla y se comunica con los seres vivientes por medio de múltiples formas y sentidos.
La figura de Ahab proviene de la imaginación de Melville –en su Moby Dick –, aunque se inspire honorablemente en lo más profundo de los estratos mitológicos de la inconsciencia colectiva, a la manera de un Gran Padre espiritual. Como hubiese dicho Edward F. Edinger, el arquetipo psíquico –del cual deviene Ahab–, continúa enviando mensajes mitológicos que emergen sistemáticamente de las mentes creativas.
Empecemos en consecuencia por su mítico nombre, equivalente a «el hermano es el Padre». La biografía de Melville aclara dicho significado: perdió a su padre a la temprana edad de doce años y fue sostenido por su hermano Gansevoort, quien asumió prematuramente el rol paterno. En la mitología judaica, Ahab es un apóstata que, esposado con Jezebel, permite al pueblo la idolatría de Baal.
¿Cuál es la razón por la que Melville introduce en la novela una figura como la de Ahab, mutilada por la pérdida de una pierna? La explicación jungiana atañe a la relación del autor con sus padres, aunque ello no sea suficiente.
Nuestro “Ahab” literario
A Alfonso Chase le faltaba reciclar el trauma de la mutilación. Era una deuda consigo mismo y con su dimensión espiritual. Fue su estructura íntima la que cumplió la ingrata tarea de recordarle su deber y consumar dicha misión.
Cuando nos tocó leer, por vez primera, su poema Pie con alas accedimos a la dimensión verdadera del procesamiento de un duelo por la extremidad mutilada: Un pie con alas se eleva, premonitorio. (……) O, elegante, se apresura a danzar/ su último vals. La imagen de la mercurialidad misma –el pie alado–, obra al mismo tiempo como sacrificio u ofrenda y como entrega de su precio.
Mis dedos se convierten en otros dedos/ ajenos a mi piel, cartílagos múltiples/ temblando en su estructura firme,/ sangre que fluye hacia el extremo de las uñas necróticas . Tal es la confesión del poeta que, en la oscuridad de una sala del hospital Calderón Guardia, se debate entre la irrealidad de una inyección de morfina y una conciencia individual que lo impele de vuelta a la poesía.

Nuestro Ahab –en su irrepetible viaje onírico– posee su propio Fedallah, el arponero amarillo que adora el fuego de Zoroastro y que se erige en su oráculo personalísimo. Le anuncia su muerte inexorable, pero, a diferencia del fatal arponero en su coche fúnebre, negocia con aquella la entrega de un precio compensatorio… Entonces algo ocurre/ hasta perderse. Sin asideros/ en el sol húmedo de la duermevela.
La búsqueda de Ahab
A partir de dicho instante, no es la búsqueda irracional y vengativa de una ballena blanca lo que impele al poeta, sino el convencimiento propio de que la extremidad alada constituye un precio. Nos cuenta Edinger que algunas culturas primitivas mataban a su rey, en sofisticado rito de sacrificio, para reemplazarlo por otro joven y pujante soberano.
Pues bien, el rito del poeta –de nuestro Ahab moderno–, es sustituirse a sí mismo. Se resiste a morir y por ello se renueva. Busca incesantemente en su propia reserva de fuego divino la consolidación de una nueva estética, que involucra dolor, conformidad y reacción.
Una función superior, de rango tiránico, lo impulsa a abordar su propio drama como objeto poético.
Sin embargo, el espíritu no reconoce horas, ni oportunidades. De tal manera, en la madrugada del 18 de mayo del 2011 alcanza el pináculo de su expresión:
Circadismo
El espíritu balbucea
––no habla en concreto––,
sino que mueve su estructura
como si expresara un raro
runrún de palabras.
No se oye ya nada.
Pero algo se queda diciendo
lo que no comprendemos.
Oyéndose.
Harold Bloom considera que la figura del capitán Ahab encarna la irreversible influencia del gnosticismo ––entendido como la primera fase de un cristianismo que busca el conocimiento introspectivo de lo divino––, en la moderna cultura norteamericana.
Cito a Bloom en su libro Genios : “Ahab desborda todas las fronteras hasta alcanzar la libertad de caza al adversario absoluto, el rey santificado sobre todos los hijos del orgullo. Un guerrero empeñado en una causa metafísica”.
Nuestro poeta no persigue ballenas blancas por los mares del Sur: se empeña en una lucha consigo mismo para extraer la médula de su alma.
En su forcejeo con los dioses nos arrastra a todos ––marineros en tierra, oráculos, arponeros e intrascendentes–– al abismo insondable de su lucha infinita.
Piélagos –poemario de Alfonso Chase– es un homenaje póstumo para un pie con alas entregado en fe de cumplimiento: pudo ser una hermosa salmodia fúnebre, pero se transformó –sobre la marcha–, en un canto auténtico a la vida, al espíritu… y a la poesía.
Nuevo poemario
Piélagos
Poemario de Alfonso Chase
Editorial Costa Rica
52 páginas
A la venta en librerías nacionales. Pedidos al 2233-0812 o al correo ventas@editorialcostarica.com