
Berlín. El prestigioso museo berlinés del Pérgamo ha logrado recomponer el complicado rompecabezas de los dioses de Tell Halaf, una valiosa colección de estatuas y otros restos arqueológicos de hace 3.000 años de un palacio perdido en Siria, que resultó destruida en los bombardeos aliados de la II Guerra Mundial.
“El Museo Tell Halaf ha resultado completamente destruido” fue el lapidario balance que, al iniciarse la posguerra, hicieron los responsables de evaluar los daños sufridos por las instituciones culturales berlinesas.
Mas de nueve años ha necesitado un equipo de restauradores para reconstruir, con los 27.000 fragmentos que dejaron las bombas de fósforo aliadas, la colección que acumuló el millonario arqueólogo aficionado Max von Oppenheim con los restos del palacio de la ciudad aramea que descubrió al borde del desierto sirio en 1899.
Con paciencia infinita y la ayuda de resinas especiales para pegar fragmentos que en muchos casos eran de escasos centímetros, el equipo de expertos ha devuelto la vida a mas de 250 objetos, el mayor de ellos una estela doble de 3,51 metros de altura y casi cinco toneladas de peso.
“Los dioses rescatados del palacio de Tell Halaf” es por ello el título de la exposición permanente inaugurada la semana pasada sobre una superficie de 1.600 metros cuadrados y con once estaciones temáticas en el Museo del Pérgamo.
Grandes columnas con figuras de dioses, fabulosos seres mitológicos y representaciones de la vida real y divinas figuran entre las obras más sobresalientes de la muestra sobre el palacio de Tell Halaf, una cultura que se remonta a hace más de 8.000 años y de la que se desconocen detalles por no haber dejado testimonio escrito.
“Gozan” es el nombre bíblico con el que ha sido identificado el lugar, del que Oppenheim regresó a Alemania con un cargamento de restos que ocupaba 13 vagones de tren y entre los que sobresalía una figura mortuoria femenina, con trenzas y nariz afilada, que ha podido ser reconstruida igualmente.
Entre las atracciones de la muestra se encuentra también una cesión temporal del Museo Nacional de Alepo, con la que se completa lo que fue la entrada del palacio, un dios escoltado por su esposa e hijo, todos de pie ante sendos leones, sosteniendo el portal del edificio.
Tan fascinante como la exposición resulta la vida del descubridor de Tell Halaf, el arqueólogo Max von Oppenheim (1860-1946), quien realizó el hallazgo en una colina al borde del río Harbur, el mayor afluente de Éufrates, donde llevó a cabo excavaciones entre 1911 y 1929, que los expertos actuales califican de muy profesionales.
Vástago de la familia del banquero judío Solomon Oppenheim, utilizó su fortuna para viajar por el norte de África y el cercano Oriente, organizó fiestas opulentas en El Cairo y se codeó con las personalidades que viajaban por la región, desde el magnate estadounidense Jacob Astor a la escritora Agatha Christie.
Su pasión, sin embargo, era la arqueología y, aunque al retornar a Alemania con sus hallazgos de Tell Halaf, su deseo fue verlos expuestos en el Museo del Pérgamo, la crisis financiera de los años 20 impidió que las autoridades alemanas pudieran financiar el proyecto.
En 1930 y con fondos propios, Oppenheim inauguró el Museo de Tell Halaf en un antiguo pabellón industrial del barrio berlinés de Charlottenburg, una iniciativa que fue elogiada por la vanguardia arquitectónica de la época por tratarse de un claro contraste con la tradición clásica museística.
El experimento arquitectónico finalizó de manera dramática en la noche del 23 de noviembre de 1943, cuando un bombardeo aliado alcanzó el Museo y las piezas que no fueron pasto de las llamas estallaron en mil pedazos por el contraste de las altas temperaturas del incendio con el agua fría de los bomberos.
“Sería fantástico que los fragmentos en los que se despedazaron las distintas estatuas fueran recuperados, guardados en los museos estatales y quizás algún día reconstruidos”, escribió Oppenheim dos años antes de su muerte, sin saber que más de seis décadas después su sueño se convertiría en realidad.