15 diciembre, 2014

Redacción

En la novela Canción de Tumba, el escritor mexicano Julián Herbert cuida en el hospital a su madre prostituta, enferma de leucemia. Esto le sirve de pretexto para una cruzada autobiográfica desde el México de los años 70 hasta el momento en que la toxicidad de la sangre de su progenitora concluye el trabajo. Es su oportunidad para una confesión. La honestidad es la forma más letal de agradecimiento.

El libro Salvapantallas, de Luis Chaves, es también una declaración, una que comparte con Herbert el tejido invisible que vincula a las mujeres que "contienen" a sus autores. Chaves, encima de ese tejido, persiste en una costura notoria como de cirugía de urgencias, el tatuaje permanente de la figura de Mayra Campos, su madre.

La madre es ese resto de pragmatismo que sobrevive en quien decide ser escritor en lugar de economista agrícola. Le ofrece el plato lleno –como única forma concreta y probable del amor– mientras desarma todas las abstracciones. Un gesto que Chaves sólo puede entender unas décadas después ante el ciclo de la vida y que escribe, no para que sus hijas lo sepan, sino para que lo perdonen.

"Salvapantallas" es el último libro de Luis Chaves, editado por Lanzallamas.

Sí, tal como dice la contraportada, estamos ante la pretensión de una "novela total" pero editada, somos cómplices de una mutilación brutal. Ese tipo de ediciones en las que se hace consciente que todo lo dicho es irreversible, pero que no puede evitarse como grito, catarsis, ¿despedida?

Los ejercicios de memoria obligan más a la cirugía y a la ortopedia que al psicoanálisis o a alguna rama de la neurología. Están más ubicados en el dolor físico que en la enajenación del pensamiento.

En la primera página, Julia –la hija menor de Chaves– empieza a escribir un libro. Julia es sabia, sobre todo porque no la alcanza ese fantasma de la escolaridad.

Julia define las letras de su pasado inmediato, y –como el efecto de una ficha de dominó que cae de espaldas– sucede esta novela, de la cual su padre es sólo un instrumento de ejecución.

Julia borronea sobre un pasado que en unos años le será develado. Lo suyo es la mancha precoz y automática de una memoria que aún no es daño colateral. Julia es apenas una niña y ya tiene algo que contarnos.

Salvapantallas es la unión de fragmentos –algunos de ellos ya publicados– que antojadizamente se convierten en autobiografía. Sin embargo, su título sugiere con frivolidad que se trata de esa primera piel de conocimiento –imágenes de alta resolución y siempre en movimiento que nos remiten a una engañosa idea de verdad–, pero este libro se adentra en la historia personal y en algunos de los más significativos relatos de vida de Luis Chaves.

Muchos de esos relatos se cuentan con la más absoluta visceralidad documental entre el San José nocturno, la épica futbolística de los años 90 y la búsqueda de su autor –y su generación– de un lugar en el mundo.

Suponemos que un título como este no es otra cosa que escudo, la última opción de Chaves de resguardar un poco de hígado –es decir, de verdad–. El libro anuncia lo fugaz de cada una de las historias con pequeños textos –salvapantallas– que las interconectan sin pretensión. Pensamientos aleatorios como las imágenes que devuelven y descolocan desde el ordenador.

César Aira se define como defensor de la novela y esgrime a su favor que esta le permite cambios de idea, arrepentimientos, asimetrías, y unos recorridos sinuosos más adaptables a su verdad o su imaginación. A Chaves quizá le pase lo mismo.

Argumentar que Salvapantallas es una novela lo libera de cierta responsabilidad con los paradigmas de la literatura. Todos los formatos literarios se dan cita para darle carácter a este libro: todos menos la forma explícita de la poesía de un autor que es conocido fundamentalmente por este género. No obstante, la economía de palabras y unos cuantos adjetivos de menos, hacen visible al Chaves de Historias Polaroid y Chan Marshall.

Cuento, crónica y diario íntimo; este último aparece reforzando ese interés por la cotidianidad y la sobrevivencia como posibles resortes de lo trascendental, pero también para poner en entredicho al género o, en todo, caso para otorgar veracidad a lo que escribe.

En este diario íntimo, Chaves cuenta que Julia dice que está escribiendo un libro. Empieza con la palabra ARI (Ariana, la hija mayor de Chaves); unas décadas atrás pasa el Circo Miller. Es definitivamente en la infancia cuando empezamos a recordar.