Cultura

Las de Afuera: salir de prisión a través del teatro

Diez reclusas de El Buen Pastor encontraron en el teatro lo que el teatro debería ofrecer: desahogo, empoderamiento y sensibilización y, sobre todo, libertad.

Lorena Arce es mujer, lesbiana y madre soltera de cuatro. Como si la desventaja social de una persona con estas tres condiciones no fuera suficiente, también fue prostituta, se involucró en la venta de drogas y ahora, es privada de libertad.

Lorena es eso y mucho más. A sus 50 años, la herediana está terminando su bachillerato, quiere estudiar literatura para ser escritora y encontró en el teatro un cómplice para desahogar sus sentimientos y alzar su voz.

Junto a ella, diez privadas de libertad del centro penitenciario El Buen Pastor conforman un grupo teatral que nació en agosto. La artista escénica colombiana Ofir León , fallecida el año anterior, lideró los talleres de teatro y danza en el centro desde desde el año 2008, hasta el 2013, cuando volvió a su país natal.

Hace siete meses, la estudiante de psicología Jimena Caballero decidió retomar los talleres y el grupo volvió a nacer. Con él, buscan empoderarse y sensibilizar a la sociedad con un mensaje: el delito o delitos que cometieron no las define y, en la mayoría de casos, viene acompañado de historias de dolor, abandono, agresión, pobreza y vulnerabilidad.

Este 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, Las de Afuera (nombre que adoptaron) se presentaron en el Teatro 1887 del Centro Nacional de Cultura en su primera muestra abierta al público. Seis días antes la preestrenaron allí, acompañadas por la vicepresidenta de la República, Ana Helena Chacón, y la primera dama, Mercedes Peñas. Una presentación más las espera el lunes 14 de marzo, a las 5 p. m., en el Auditorio de Derecho de la Universidad de Costa Rica.

Desde el aula en que reciben artes plásticas, un día antes del estreno, cuatro de ellas compartieron sus historias, la de Arce entre ellas. A sus 16 años aceptó su orientación sexual; no lo hizo su familia. “En mi caso, me tocó muy fuerte. Tuve que prostituirme. Después de tocar puertas y querer estudiar, ya no pude hacerlo por tener dos hijos y en un tercer embarazo me vinieron gemelos (uno con hipotiroidismo congénito)”, cuenta. Con cuatro hijos procreados como consecuencia de su oficio, sabía que no podía seguir más en la prostitución. “No me agradaba por mi condición diversa. Por eso, desgraciadamente, me involucré con la venta de drogas y eso fue lo que me trajo acá”.

Nueva oportunidad. Con un técnico medio en mecánica automotriz, Lorena es la mayor del grupo. No quiere que las personas la juzguen por su delito, sino que comprendan las situaciones que la llevaron a tal punto.

“Un delito no se justifica ni se engrandece, o se hace más pequeño por cada lágrima o sonrisa de cada ser humano, pero la obra es una manera de proyectarle a los demás que sos una persona, nada más tenías puntos más vulnerables que otras”.

Lo mismo opina la directora, Jimena Caballero. “Las cárceles son lugares a los que nos han enseñado a tenerles miedo y es un lugar que no se ve. Eso hace que las personas que estamos afueras pensemos que son personas inhumanas o malas. No nos damos cuenta de que son personas como usted o como yo, pero que cometieron un delito”, comenta. “La idea no es justificar ese delito, pero sí entender que viene acompañado de vulnerabilidad social”.

Vanessa Caldera, vecina de San Sebastián, también es madre soltera de dos hijos. Sueña con ser estilista el día en que la libertad regrese a ella. “Cometimos un error y lo tenemos que pagar, ya eso es inevitable, pero la cárcel nos enseña a madurar. Si aquí no aprendemos, no tenemos dónde”, asegura.

De forma conjunta, las once (una ya salió en libertad) y su directora crearon el libreto que recrea sus historias y las de otras más en la obra en la que la línea entre ficción y realidad es muy borrosa.

En los camerinos. Llegó el día. Pasadas las 3 p. m. llegó al Teatro 1887 una microbús llena de actrices en potencia, de custodios, de emoción y de nervios.

En los camerinos, todas eran maquillistas y estilistas de las demás. “Aún no he almorzado”, “Estoy nerviosa”, “Hoy mi hijo está cumpliendo once años”, comentaban.

Entre ellas, estaba Alexandra Coto, de Cartago, quien prefiere ser llamada con el nombre de Pablo, identidad que adoptó hace tiempo. “¿Qué encontró en el teatro?”, le pregunté el día antes. “Liberación. Poder expresar muchas cosas que uno necesita sacar y a veces no lo puede hacer”, contestó.

Arriba y abajo del escenario, él es Pablo, una persona solidaria con sus compañeras, sin ser juzgado por su identidad. “En libertad voy a continuar en teatro y danza. Quiero terminar mis estudios y ver a mis nietos. No pude a ver a mis hijos cuando me necesitaban por estar aquí, pero mis nietos me esperan”, dijo.

Teatro lleno. A pesar de que la entrada a la obra era gratis, el público tenía que reservar para evitar dejar a personas por fuera, inevitablemente, así pasó. Ese día, en ese teatro, no cabía una persona más.

Pequeños monólogos golpeaban uno a uno como cachetadas de realidad. Uno tras otro, como baldazos de agua fría. “Yo sé lo que se siente que me pongan una 42 en la cabeza todas las noches”. “Solo los que perdemos la libertad sabemos lo que eso significa”. “Me vine de Nicaragua a los 15 años con un novio. Costa Rica, el país de la plata y las oportunidades. Sorpresa me fui a llevar cuando me di cuenta de que aquí, odian a los nicas”. “Estar aquí no es una sentencia de muerte si usted no quiere que lo sea”.

“Uno no sabe si estuvo más presa antes”, comentó Geysel Cruz de Río Azul sentada en el aula. “Con la obra he aprendido a valorar la libertad y no juzgar a la gente que está aquí adentro. Porque yo era una que juzgaba y ya ve, me tocó”, dijo.

El cierre. Caras llenas de lágrimas en el público lo decían todo. Lo que acababan de ver no era un montaje, era una lección de vida.

Lorena, finalizada la obra, pidió la palabra: “Les pido perdón a la sociedad y a mi familia porque la desintegré. Esto es para recordarles que nosotras todavía existimos”.

Con la voz de René, del grupo Calle 13, una canción sonaba de fondo escoltando los aplausos del público para terminar de amarrar lo que ya de por sí, había quedado amarrado. “No soy un número ni parte de una cifra, aunque se paga por igual la misma tarifa (...) Me ubican dentro de lo marginal pero en algún momento todos nos portamos mal. ¿Y quién determina, lo bueno y lo malo, lo poco saludable y lo sano?”.

En los camerinos, una sorpresa las esperaba. Las orientadoras Julia Prado y Vicky Carmona las recibieron con rosas. “Venir a pararse ahí al frente con sus historias de vida es digno de reconocer, y más hoy, que estamos celebrando la fortaleza de las mujeres”, aseguró Prado.

¿Y cómo no celebrarlo? A fin de cuentas, lo que dejaron ahí arriba, en las tablas, no era una obra de teatro, eran sus historias… Era su libertad.

Próxima función: Día: 14 de marzo. Lugar: Auditorio de Derecho, Universidad de Costa Rica. Hora: 5 p. m. Reservaciones (obligatorio para asistir): 2280-7776 o al correo comunicacion@mj.go.cr