
En letras blancas impresas sobre un fondo azul, se lee: “La ciudad es el más amplio laboratorio de relaciones humanas donde los habitantes nos comportamos como eternos aprendientes”. Estas palabras son la bienvenida que recibe a los visitantes de la exposición Ricardo Ávila, observador urbano , que el pintor nacional ofrece desde el 15 de enero en el Museo de Arte Costarricense.
El texto introductorio, escrito por Luis Fernando Quirós, curador de la muestra, continúa:
“Buscamos la ciudad ideal. Algunos se conforman con el lugar donde nacieron. Otros buscan esa noción de perfección que incluye oportunidades de crecimiento y realización. Pero existen quienes, sin encontrar la noción del nicho perfecto, la buscan en el arte, la pintan para conformar su imaginario simbólico”.
Ricardo Ávila no es solamente un explorador urbano, sino un soñador urbano. En su obra es posible palpar un fervor constante por encontrar una ciudad abierta, verde, segura y llena de opciones culturales. El rastro de su pincel es un anhelo descarado y fresco de tiempos mejores, más colo-ridos y felices.
La ciudad meta. A lo largo de su carrera, Ávila se ha caracterizado por su afinidad con el urbanismo.
Sin embargo, a diferencia de otras obras que profundizan en la urbe, el estilo de Ávila –primitivista, naïf – opta por una observación particular: sencilla, distendida, libre de cualquier atadura, a una realidad que no siempre comulga con su forma de entender el mundo.
En su obra predomina el color sobre la forma, y la luz sobre la melancolía. Sus trazos tienen una importante carga de inocencia, como si fueran realizados por un niño que todavía se maravilla ante las calles, el tráfico, los edificios y los parques. Su método es relajado y alegre.
“La felicidad está en uno”, dice Ávila. “Yo soy feliz cuando hago una obra porque es como un hijo para mí. Cuando pinto ciudades, dejo en la pintura lo que quisiera yo de una ciudad: que sea alegre, que la gente la disfrute. Imagino y pinto ciudades donde reina el júbilo”, agrega.

“Más que pinturas realistas, veremos caricaturas, interpretaciones con el característico y genuino estilo del pintor”, anuncia Luis Fernando Quirós. “Encontraremos las ciudades donde él buscó su identidad”, añade.
Quirós afirma que las ciudades tienen mucho significado para Ávila “porque ha viajado a sitios que han dejado una profunda huella en él”. Luis Fernando no exagera: el pintor ha visto mundo pues ha visitado sitios como Panamá, Italia, Francia y Miami.
El concepto mismo de la exposición era precisamente brindar al visitante una sensación similar a la que el pintor experimentó en sus viajes. Es decir, se trata de obras citadinas en las que la ciudad no es el centro de atención. Lo es, en cambio, quien observa la ciudad: quien la camina, quien la descubre y, sobre todo, quien vive esa ciudad.
“Somos hechos por la ciudad, somos consecuencia de ella”, agrega Quirós.
Pintar, ante todo. De la adversidad, Ávila se las ha ingeniado para extraer los puntos más altos de su vida. El pintor no tuvo un inicio sencillo: cuando era niño, sus padres lo abandonaron.
Ricardo creció en el albergue El Pueblito, en Paraíso de Cartago. Allí, en una situación que para otros hubiese sido lapidaria, Ricardo Ávila encontró el rumbo que determinaría su existencia: el pincel.
Una maestra de la escuela, tras comprobar las dotes pictóricas de Ricardo, decidió presentarlo ante Luis Fernando Quirós, quien entonces era un profesor universitario y hoy es un reconocido artista y el curador de la obra de su pupilo, a quien ha acompañado a lo largo de muchos años.
Ávila evita mencionar a Quirós como un profesor: lo hace como un cómplice de su obra; tal vez sea así porque Ávila se enorgullece de ser un pintor autodidacta: nunca pasó por un aula en la que se enseñase arte desde la teoría. Se declara un apático para la academia.
“El arte no se estudia, es espontáneo”, opina Ricardo y agrega: “Los grandes maestros universales eran autodidactas”.
A Ricardo Ávila, el estilo le llegó mucho antes que la técnica: lo suyo es la intuición, el flujo, la comunión con el pincel y con los colores.
En sus pinturas hay constantes juegos geométricos, alusiones a espacios físicos particulares –por ejemplo, las banderas de diversos países son constantes en sus cuadros–, y presencia de agua y de espacios abiertos.
En las ventanas de sus edificios hay rostros felices, hay manos que saludan. Las calles son soleadas, no oscuros callejones. Se percibe optimismo.
También hay una crítica sutil: al hacinamiento, a la criminalidad y la ausencia de seguridad, a la falta de apoyo al artista en su propia tierra; pero, sobre todo, hay una intención clara de mejorar: de vivir en un lugar más acogedor para todos.
“Creo que, antes que de teoría, uno tiene que llenarse de felicidad a partir de lo que hace”, dice el artista.
Esa es, en cualquier caso, la motivación principal de la carrera de Ricardo Ávila: la felicidad. “Nada me hace sentir mejor que saber que, cuando la gente visita mi exposición, se marcha feliz. Ese es mi objetivo primordial”, finaliza el creador.