Jorge Arturo Mora. 9 julio, 2018
Joshua Bell se presentó junto a la Filarmónica Joven de Colombia, ensamble que debutó en territorio costarricense. La orquesta estuvo bajo la dirección del maestro venezolano Rafael Payare (derecha) Fotos Melissa Fernández
Joshua Bell se presentó junto a la Filarmónica Joven de Colombia, ensamble que debutó en territorio costarricense. La orquesta estuvo bajo la dirección del maestro venezolano Rafael Payare (derecha) Fotos Melissa Fernández

Se sabía de antemano que cada segundo de esta noche se sentiría más valioso que nunca.

La oferta no podía ser mejor: un prodigio consolidado y unas promesas que se depuran compartirían escenario. El magnífico Joshua Bell y la Filarmónica Joven de Colombia se presentaron juntos el domingo 8 de julio en uno de esos conciertos que, desde su anuncio, están sentenciados a ser recordados con el paso de los años.

Después de un audiovisual que repasó el recorrido que la orquesta colombiana ha tenido desde su creación en el 2010, las ansias por presenciar un concierto de lujo se agigantaban.

En medio del esperado aplauso, el venezolano Rafael Payare –director invitado para este concierto– sentó al ensamble frente a un Teatro Melico Salazar casi repleto.

Con la obra Íntima, del colombiano Adolfo Mejía, inició una noche que demostró sutilezas y empeño. Este ensamble de jóvenes entre 14 y 25 años comprobó todos los rumores que lo persiguen: su nivel artístico es alto y el público costarricense lo agradeció.

Una vez terminada esta pieza suramericana, la atmósfera del teatro cambió. El gigante Joshua Bell se preparaba para entrar.

Un silencio evocador se reprodujo con fuerza hasta que el estadounidense –alto, cabello al lado, elegante y majestuoso– entró con su inseparable violín Stradivarius de 1713.

El sentimiento de saber que se está frente de un músico excepcional es completamente palpable y, aunque las luces del teatro permanecen en sus mismas posiciones, todos los ojos del público se dirigen hacia el violinista.

Bell, quien se presentó en Costa Rica en el 2016, volvería a tocar en nuestro país con una pieza muy especial: Concierto para violín y orquesta #1 en Sol menor, de Max Bruch (el violinista presentó este año un álbum de interpretaciones del repertorio del compositor alemán).

El director Payare dio la orden y la sintonía comenzó. Con la mirada fija en Bell, el público estaba atrapado.

El público se mantuvo eufórico durante el recital. Fotos Melissa Fernández
El público se mantuvo eufórico durante el recital. Fotos Melissa Fernández

Casi toda la audiencia posaba su mano sobre la quijada, escondiendo así una sonrisa con el dorso de la palma. Está claro que con Joshua Bell es imposible perder la capacidad de asombro.

Existe algo particular cuando este violinista se presenta y es que uno, como espectador, siente unos nervios tremendos, como si se estuviese en la primera línea de violines y el mínimo movimiento sobre el asiento podría estropear una interpretación tan bella y sincera.

Tanto el niño que se sienta a mi lado como el adulto mayor que está tres butacas hacia el frente muestran el asombro. Una sonrisa que esconde admiración es metáfora de todo lo que se vive.

El violín de Bell actúa con fuerza mientras la orquesta lo acompaña. No hay una competencia entre ambos; solo armonía.

El estadounidense hace ver el acto de girar una muñeca como si fuese algo excepcional, como un hito en la historia de la humanidad.

Este concierto, al igual que todo lo que pasa por sus manos, sufre un efecto muy particular. Bell hace las piezas suyas, como si él mismo las hubiese compuesto. Aunque el director Payare da las órdenes al ensamble, todo parece estar bajo la batuta de la quijada del estadounidense, de sus manos fulgurantes y de su alma intrépida.

Mientras el ensamble toca y su violín permanece en silencio, Bell aprovecha para sacar un pañuelo. Su frente llora. ¿Cómo no? Todos lo hacemos.

Los intérpretes se acercan al final de la pieza y, de nuevo, los segundos se sienten más valiosos que nunca. Joshua da la nota final y el público no se cansa de aplaudir.

Joshua Bell se mostró ecuánime durante el concierto con la Filarmónica Joven de Colombia. Fotos Melissa Fernández
Joshua Bell se mostró ecuánime durante el concierto con la Filarmónica Joven de Colombia. Fotos Melissa Fernández

Las espaldas, en su posición recta, se levantan de los asientos sin ninguna duda. Pasan los minutos y el Melico Salazar retumba.

Bell se inclina en forma de agradecimiento y los aplausos toman ritmo en sintonía. Pa, pa, pa. El estadounidense se echa a reír y junta sus manos para dar las gracias.

El público continúa feliz con el repertorio que da la orquesta en solitario a sabiendas que ese violín stradivarius no sería el mismo sin Joshua. Esta noche no sería la misma sin Joshua. Tampoco sin la Joven.

Todos agradecen a Joshua y a la Joven por tocar en Costa Rica. Todos agradecemos a la vida por dejarnos escuchar a Joshua y a la Joven.

Ha sido un concierto que sin duda Costa Rica recordará, con la esperanza de que se repita.