
Tras bastidores en el teatro de una ciudad de provincia inglesa, el telón está pronto a levantarse para una representación de
Norman (Rodrigo Durán Bunster), es el fiel vestidor o ayudante de camerino del empresario, director e histrión principal de una compañía itinerante de teatro shakesperiano, a quien llaman Caballero (Leonardo Perucci).
No solo las bombas amenazan la función. En el camerino, Norman se desvive por tranquilizar al imperioso actor, quien poco antes ha sufrido un colapso mental y ahora experimenta un súbito ataque de pánico escénico.
Wolfit fue unos de los últimos ejemplos del vetusto linaje del
Algunos de ellos practicaban un estilo de actuación bombástico y declamatorio, que con el tiempo fue cayendo en desprestigio, y se rodeaban de actores de reparto mediocres para no verse opacados por el brillo ajeno, pero ese no fue del todo el caso de Wolfit.
Harwood adaptó
La dirección escénica de Fontana y el desempeño histriónico de Perucci y Durán Bunster, así como del resto del elenco, han significado un retorno al teatro de calidad de parte de una CNT alicaída en el último cuatrienio, a causa del abandono que padeció de parte del Ministerio de Cultura durante la administración pasada.
Asimismo, el apoyo del equipo técnico-artístico redundó en una faena apreciable de ambientación, más si se toma en cuenta que los recursos actuales de la CNT se mantienen aún insuficientes y que a menudo se trabaja con las uñas.
En particular, la escenografía de David Vargas colocó la acción de modo convincente en el espacio de los camerinos y entre bambalinas.
Por igual, Rolando Trejos y las modistas de planta hicieron milagros reciclando todos los atuendos de escenificaciones previas para confeccionar un vestuario acorde con la época.
Como Norman, el coprotagonista, Rodrigo Durán Bunster sugirió la carencia afectiva y dependencia emocional que lo unía casi de modo servil a Caballero, a la vez que resaltó la comicidad abrasiva del papel.
Entre el reparto, en el personaje de Madge, María Orozco dio a entender que su aparente frialdad escondía un amor no correspondido hacia Caballero.
Como Irene, la joven principiante cuya hermosura despierta la lascivia del viejo actor, Rebeca Alemán pareció haber intuido que, para escalar en el teatro, una novicia debe estar dispuesta a tumbarse.
En el papel de la esposa de Caballero, Arabella Salaverry reprimió resentimientos que al fin surgen violentamente.
Sin embargo, Durán Bunster optó por verter el apelativo como “Caballero”. Eso además de inexacto dista mucho de ser idiomático. Al fin de cuentas, nadie anda llamando a nadie “caballero”, salvo por los meseros en los restaurantes.
Por lo demás, el lector encontrará entretenimiento durante las dos horas de duración de