Marta Ávila. 14 diciembre, 2016

Alicia en el País de las Maravillas es el espectáculo con el que el Teatro Nacional cierra el calendario de actividades del 2016. Es una gran coproducción entre la compañía independiente Danzay, la fundación sin fines de lucro Sifáis y el Teatro Nacional, que se ideó para sustituir el ballet clásico navideño El Cascanueces por una producción de estilo contemporáneo.

María Amalia Pendones es la responsable de la dirección general y coreografía, en la que propone una versión libre del texto de Lewis Carroll, con un enfoque multidisciplinario e integra varios lenguajes artísticos y estilos de danza contemporánea.

En esta aventura artística, la autora está acuerpada por el concepto escenográfico de Óscar Soto y la partitura original de Fabián Araya, con los que logra dar vida al cuento.

Los grandes aciertos de esta puesta en escena son el manejo del personaje principal resuelto con tres intérpretes que hacen de Alicia. Esa noche estuvo a cargo Isabel Guzmán como actriz, y las danzantes Mariana Elizondo y Marta Gómez; las tres dieron buenas interpretaciones conservando su estilo personal.

Además, el montaje cuenta con un excelente vestuario de Pendones, que le dio identidad a cada personaje; aún así, a los bailarines de hip-hop les faltó, aunque fuera una gota de pintura o alguna intervención.

Otro hallazgo es la música de Fabián Arroyo, quien tropicaliza el ambiente donde se desenvuelve Alicia y construye diferentes atmósferas en las que vive sus aventuras, destacándose algunas referencias sonoras de nuestro contexto cultural.

Novedoso. El montaje de Alicia es interesante por la gran cantidad de personas que participan y la diversidad de lenguajes que convergen.
Novedoso. El montaje de Alicia es interesante por la gran cantidad de personas que participan y la diversidad de lenguajes que convergen.

También en el ámbito plástico, Gabrio Zappelli realizó un interesante diseño en la iluminación al crear sensaciones fantásticas que fueron reforzadas por el trabajo de los videos de Fabián Monge, Guillermo Tovar, Gustavo Abarca y Lucía Howell, cautivándome la escena de la caída y el solo de la oruga.

Como bailarines, además de las tres solistas, tuvieron muy buen desempeño Kevin Arce en el papel de la oruga quien baila con una rica fluidez; Francisco Rodríguez y Vanessa de la O en la escena de la cocina, donde atrapan a la audiencia con sus temerarios juegos.

De igual forma, la reina de corazones de Cristine Feoli, la libélula a cargo de Lizeth Valverde y los conjunto de abejas, rosas, soldados, cortesanos, cartas, animales y mariposas se desenvuelven bien.

De igual manera, me pareció muy interesante el sexteto creado por los bailarines Chisco Rowe y Dagner Segura con las rosas blancas, por la fusión de lenguajes y cualidad de movimientos. En general, el segundo acto es más bailado y plásticamente más lleno de imágenes; es decir, menos denso que el primero.

Aún así este trabajo tiene aspectos que deben revisarse para una nueva temporada, como son una mejor articulación o manejo de los elementos plásticos para crear la ilusión de que el personaje de Alicia se encoge y estira.

Por otro lado, al introducir texto hablado, el guión no contempla los pasajes más significativos de la obra por su criticidad. Y, finalmente, la marioneta no es la mejor creación plástica que he visto.

Esta semana quedan más funciones para los que no han ido; Alicia queda recomendada.