17 julio, 2016

¿Quieren ustedes reproducir el desarrollo de una verdadera historia de amor? No hablemos entonces de un torpe relato que describe el amor de dos jóvenes en el ambiente otoñal de la ciudad de los rascacielos, y en el que la protagonista anticipe su muerte a manos de alguno de los ignotos males que los profesionales en medicina suelen abstenerse de desentrañar. Hablamos de un verdadero relato de amor, enmarcado por una perenne música que constantemente nos propone poesía, inspiración, filosofía o drama, a través de sugestivos leitmotivs que anticipan la presencia del personaje que vive intensamente dicha historia.

Cambiemos entonces Nueva York por París y retrotraigamos la historia al gobierno de Luis Felipe –último rey de Francia, e hijo de ese raro personaje que la Historia identifica con el dudoso nombre de Felipe Igualdad–.

Para el instante en que iniciamos el relato, ningún politólogo o filósofo de la historia se encuentra aún en capacidad de predecir lo que ocurrirá sucesivamente en pocos años: nadie anticiparía una coronación de Napoleón III –a través de lo que Karl Marx llamó El 18 brumario de Luis Bonaparte–, una fulmínea y desastrosa guerra contra un disciplinado ejército prusiano, una convulsiva comuna parisiense, ni mucho menos una Belle Èpoque que aletargue indefinidamente las luchas sociales.

En nuestra historia, hay dos romances por el precio de uno: el primero es sencillo y apasionado; el segundo, peligrosamente desbordante de pasión y alternativas. Alrededor de ambas historias –coprotagonizadas alternativamente por un poeta y una florista; un pintor y una cocotte –, se desplazan por la escena las deuteragónicas vivencias de un filósofo y un músico, cuyas realidades se desenvuelven en función de los primeros. Me equivoco: todos danzan al son que les marca la Miseria –siniestro personaje que asoma sus extremidades por doquiera, desde la sórdida bohardilla hasta las risueñas calles parisienses–, en las que siempre habrá sitio para una celebración de vigilia di Natale a costa de un estúpido y decrépito millonario.

Las dos Bohème y un casus belli

Giacomo Puccini y Ruggiero Leoncavallo eran amigos. Aclaremos: eran colegas compositores que respetaban recíprocamente su terreno y su trabajo. En una Italia en la que la llama de Verdi tendía a la extinción, Puccini y Leoncavallo –junto a Giordano, Mascagni, Cilea y Boito– impulsaban una generación creadora que pretendía reafirmarse como heredera de la prosapia de un héroe del Risorgimento.

No se conocerá jamás la verdad de los hechos; lo único posible es establecer que ambos maestros –Puccini y Leoncavallo– empezaron a trabajar simultáneamente sobre la obra de Henri Murger. El célebre autor de Scènes de la vie de Bohème , inspirador del guion de Illica y Giacosa, materializa sus propias experiencias como miembro de la organización juvenil autodenominada bebedores de agua, formada por artistas en un estado colindante con la miseria.

En un café milanés, hacia mitades de marzo de 1893, ocurre el inevitable desenlace de una entrañable amistad: tanto Leoncavallo como Puccini confiesan públicamente haber empezado a trabajar sobre el texto de Murger. El primero acusa al segundo de haber conocido su intención de laborar sobre el tema. El segundo responde fríamente: «Esto… lo único que significa es que habrá dos Bohéme », irreversible coda para una amistad de elevados quilates y recíproca colaboración.

Historias de bohemios
La famosa cantante Maria Kuznetsova (1880-1966) en el papel de Mimí. Fotografía: Wikicommons.

Fiesta y drama en el Quartier Latin

Existe una frase cuya paternidad no alcanzo a recordar, que afirma que en el Quartier Latin (Barrio Latino en París) existe la mayor proporción de mentes brillantes por metro cuadrado que se puede hallar sobre el planeta.

Gustosamente ampliaría la aseveración anterior, sosteniendo que sensibilidad y capacidad intelectual son hijas de un mismo vientre. Colline, el filósofo de las frases cortas, es el epicentro de tal afirmación, que no reconoce especialidad sino en la muerte misma.

Los restantes amigos y compañeros de aventura –el pintor Marcello, el poeta Rodolfo y el músico Schaunard– encuadran la impresionista imagen de la miseria danzarina, que tan pronto enfrenta los requerimientos del casero Benoit, como dispone ad arbitrio de una imprevista fortuna.

Dos heroínas puccinianas

Las protagonistas femeninas de La Bohème no fueron creadas así por Murger. Fue la propia música de Puccini quien se encargó de delinearlas: el maestro de Lucca rechazó desde un principio la idea de una Mimí angelical.

Con toda probabilidad, quiso evitarle al personaje la confrontación dialéctica con una Musetta de costumbres livianas y poco ortodoxas. Mimí, pese a ello, boceta una vida oculta que no se menciona, pero que le permite ocasionalmente pasear en carroza y vestir como una reina.

Musetta no es una cocotte cualquiera. Su prosapia reclama una identidad apropiada para la lícita actividad de la demimondaine , que igualmente alcanza a la proustiana Odette de Crécy; a la colorida Aurora Dupin (en la historia Marie Duplessis), quien fuera la Dama de las Camelias de Dumas hijo; a la desventurada Naná de un moralista Emile Zolá, o al famoso carácter operístico de Violetta Valery, la inolvidable Traviata verdiana.

Otros ejemplos –a medio camino entre la realidad mundana y la fantasía literaria–, son La Belle Otero, Fanny Léar, Cora Pearl o la refinada y versátil Lola Montes.

Historias de bohemios
Afiche de La Bohème, ópera en cuatro actos con música de Giacomo Puccini y libreto en italiano de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica. Foto: Wikicommons.

Todos los ejemplos anteriores son las versiones de la mujer parisiense empoderada que inspira, sueña y lucha por un sitial en la literatura y en la música. Pero es Musetta quien posee ese dominio funcional del hecho, trascendental para el derecho represivo.

Una vez que la música surgida en Torre del Lago delineó a sus personajes, el maestro de Lucca dejó en libertad a sus libretistas. Illica, particularmente, fue quien llevó la iniciativa, caractereológicamente hablando. Empero, fue Puccini quien generó el equilibrio creativo al admitir cuatro cuadros teatrales que se turnarían en su desarrollo: de ellos, dos discurren entre cuatro paredes (primero y último) y dos en exteriores (segundo y tercero).

De ahí en adelante, como hubiese dicho un impresionista, los bohemios cantantes empezaron a entonar sus romanzas en un ambiente de plein air .

Un estreno dudoso y un impulso renovado

Puccini quiso renovar los pergaminos que Manon Lescaut le había otorgado en el Reggio turinés, tan solo tres años antes. Empero, el 1.º de febrero de 1896, La Bohème fue acogida sin entusiasmo, al borde mismo de una convencional cortesía del público piamontés. En contraste, la asistencia que colmaría el Massimo de Palermo, poco más de dos meses más tarde, excedería los límites del entusiasmo.

A partir del triunfal momento, la popularidad de La Bohème se salió de su cauce y devino en inagotable: los grandes teatros la colocan en sus carteleras al menos una vez por temporada, a la par de Carmen , Rigoletto o La Traviata .

(Continuará...)