28 octubre, 2017
Escena de 1956. En una escena de la ópera, Claude Heater como Scarpia y Montserrat Caballé como Tosca en Basel.
Escena de 1956. En una escena de la ópera, Claude Heater como Scarpia y Montserrat Caballé como Tosca en Basel.

El arte lírico depende de una convención. Para que la ópera funcione y su desarrollo sea aceptado por el espectador, se hace imperativo que este consienta que el actor –generalmente enfundado en un extraño traje de época–, profiera frases altisonantes, expresadas sobre música cantada y con una sonoridad anormal, producto de una impostación vocal particular.

Por consiguiente, la efectividad del arte lírico dependerá de muchas cosas: la potencia vocal del intérprete, la efectividad de su prestación actorial… y el convencimiento que posea la trama misma. No obstante, y por sobre todo, dependerá de que todos los factores en juego ––música, voz, actuación, luces, escenografía y régie ––, funcionen adecuada y sincronizadamente.

Tal vez por estas razones, una nota aguda del tenor es vital para remarcar un momento trágico del drama. Sin embargo, si el intérprete se excede, y sostiene la nota más allá de la musicalidad y de la lógica, el drama mismo se ve en peligro. Por ello, el límite tradicional entre lo sublime y lo ridículo, es particularmente estrecho y sensible.

La verdiana Forza del Destino es universalmente conocida como la ópera maledetta , pues su ejecución es pródiga en desgracias de todo género, que incluyen muertes en escena. A su vez, de un modo inverso, la pucciniana Tosca condensa toda una serie de jocosas anécdotas, dignas de los más sabrosos relatos.

¡Ha confesado todo!

Cuéntase que Giuseppe Taddei, famoso barítono italiano, protagonizaba el rol del Barón Scarpia en un teatro de provincia junto a una compañía novata, entre cuyos integrantes hallábase un bajo-barítono debutante, que a duras penas enfrentaba el papel del esbirro Sciarrone.

En el marco principesco del Palazzo Farnese, y dentro de la vertiginosa dinámica del acto segundo, se entablan dos diálogos sucesivos e independientes entre el maligno y lascivo Barón Scarpia y el jefe de sus esbirros. En el primero, Scarpia pregunta a Sciarrone: “ che dice il cavalier ”, lo que equivale a interrogar cínicamente al torturador acerca de cómo reacciona Cavaradossi ante los tormentos que sufre para que revele el escondite de Angelotti, prófugo de la justicia romana. Sciarrone debe responder simplemente “ Nega !”, ante lo cual un desdeñoso Scarpia ordena proseguir el tormento con un simple y categórico Insistiam! (¡Insistamos!).

No obstante, en tal oportunidad, el bisoño cantante que representaba al esbirro –invirtiendo fatalmente las líneas del diálogo– respondió con un bisílabo tutto! El desconcierto fue total. Pero, solucionando alla italiana el problema, un impertérrito Taddei introdujo un improvisado recitativo: Ma….sei sicuro? (Pero… ¿estás seguro?) El novel cantante, confuso y trémulo, advirtió su error y se retractó precipitadamente: Ah, no... Nega! Taddei, una vez que logró sistematizar el diálogo, reanudó la secuencia con un sonoro: Insistiam!

Culpa de las huelgas

Se cuenta que en el Gran Teatro del Liceu de Barcelona se produjo una imprevista huelga de figurantes, justamente antes del inicio de la función. Los encargados de dirigir la obra no tuvieron otro remedio que sustituir a los soldados por miembros de un batallón que se encontraba de baja en las cercanías.

Al inicio del tercer acto, el director escénico les giró apresuradas instrucciones para integrar el pelotón de fusilamiento encargado de cesar los tormentos del pobre Mario. No sabemos si las pautas fueron tan claras pues los improvisados verdugos fusilaron… ¡a Montserrat Caballé!

Esta es la versión tradicional, pero el historiador Roger Alier asegura que, ante dicha coyuntura, la diva catalana defendió su integridad gritando: “¡Ah, no! ¡A mí nadie me fusila!”.

Cantantes actuales. La soprano Angela Gheorghiu, en su papel de Floria Tosca), y el tenor Jonas Kaufmann, en el rol de Mario Cavaradossi).
Cantantes actuales. La soprano Angela Gheorghiu, en su papel de Floria Tosca), y el tenor Jonas Kaufmann, en el rol de Mario Cavaradossi).

¡Ah! ¡No tenemos soprano!

E n fecha relativamente reciente, e l 16 de abril del año pasado, en la Staatsoper de Viena, ocurrió un hecho insólito que nadie admitiría a priori en un teatro de tal categoría. Jonas Kaufman –acaso el mejor tenor del mundo en el presente momento–, había cantado E lucevan le stelle con gusto exquisito, con pianísimos de primer nivel y contrastes del mejor estilo. El público vienés lo había premiado con más de cinco minutos de aplausos, tras los cuales el tenor alemán había accedido a ejecutar el bis de la famosa pieza. Así lo hizo, entre aplausos aún más frenéticos.

Empero, al disponerse a continuar –entre el tutti orquestal que anuncia la llegada de su amada Tosca, protagonizada por la bella rumana Angela Gheorgiu–, aparecieron dos figurantes en escena, pero… ¡nada de Tosca! No obstante, y con un dominio indudable de sus nervios, Kaufman se levantó, se dirigió al público y cantó : Ah!... Non abbiamo soprano!, frase que provocó la consecuente risa del respetable. Posteriormente, la ópera se reanudó, se pidieron las disculpas de rigor, y los dos artistas cantaron su dúo a satisfacción del público.

Vendetta alla siciliana

Por realista que sea la ambientación que el escenógrafo realice, el público escucha en primer lugar el desgarrador grito de Tosca: O Scarpia, avanti a Dio! (¡Scarpia, nos veremos ante Dios!) y, posteriormente, observa a la protagonista subir a las almenas y lanzarse al vacío para desaparecer de su vista. La orquesta repite el emotivo tema musical del E lucevan le stelle , y la ópera concluye en medio de la catástrofe general que sume en el sueño de la muerte a sus tres protagonistas.

Por ello, tal vez la más famosa y repetida anécdota acerca del suicidio de la protagonista haya sido el ocurrido en el escenario de la Lyric Opera of Chicago.

Eva Turner, intérprete que encarnaba a la pasional Tosca, había acumulado sobre sí el odio feroz de tramoyistas, sastres, utileros, maquillistas, maestros internos y restante personal del teatro, merced a su intratable carácter y fatuo proceder hacia quienes consideraba simples números de un espectáculo creado para ella.

La diva, empero, no contaba con el sutil deseo de venganza de los tramoyistas, en su mayoría sicilianos inmigrantes, quienes discurrieron una de las más geniales e inéditas bromas de la historia de la lírica mundial.

Dado que, convencionalmente, las almenas del Castel Sant’Angelo se ubican en un plano elevado, se acostumbra atenuar con un colchón de espuma la caída de la protagonista, que puede alcanzar los cuatro metros. En el episodio que nos ocupa, los tramoyistas gestaron su venganza sustituyendo el colchón por una plataforma de potentes resortes, similar a las utilizadas en gimnasia a guisa de trampolín.

Como resultado, los atónitos asistentes a la ópera apenas se reponían del dramático y espectacular mutis de la protagonista, cuando –en medio de los patéticos acordes del finale – se le vio reaparecer, suspendida en el aire, la rechoncha figura de la cantante en un improvisado vuelo que la traía de regreso a la Roma del siglo XVIII.

Tras unas cinco dramáticas reapariciones, un alma caritativa puso fin al suplicio lanzando apresuradamente el telón sobre la insólita escena.

No cuentan las crónicas qué pudo haber ocurrido con Cavaradossi y Scarpia, sus compañeros de escena y de tragedia. Si tan sutil es el límite entre lo sublime y lo ridículo, es admisible que el uno muriera fusilado con balas de salva, y el otro traspasado su corazón por un cuchillo plástico de utilería. ¡Bendita Ópera, todo sea por tu causa!