
El estreno de la película Están todos bien (2009), de la mano del director Kirk Jones y con la actuación central de Robert de Niro, le mete a uno espinas de duda, cuando sabemos que se trata del refrito de una de las películas más vivenciales del director italiano Giuseppe Tornatore, titulada Stanno tutto bene (1900), con la delicada actuación de Marcello Mastroianni.
La película italiana es el viaje de un abuelo en busca de sus hijos, para encontrarse con ellos en una realidad muy diferente a la que le habían pintado. Tornatore llena su filme de sensibilidad emotiva, al borde la tragedia interior del personaje, con imágenes y parlamentos entre la nostalgia y la melancolía.
Creo que aquí la película se tituló Estamos todos bien. Fue en la Sala Garbo donde la vi. Uno salía del cine con la fibra de un excelente melodrama metido entre el cuerpo. Esto no pasa, ni por asomo, con el refrito que ahora se exhibe en el país. El director Kirk Jones no es Tornatore ni De Niro es Mastroianni. Así de simple.
Lo que quiero decir es que, con Están todos bien, según Kirk Jones, tenemos una versión gelatinosa sobre la búsqueda del padre y abuelo, quien va a sus hijos porque estos no vienen a él, para encontrarse con esa realidad distinta. Solo que en este producto persiste una visión superficial del tema, hecha para manipular al espectador por el camino fácil de la sensiblería sin arraigo de ninguna clase.
Está claro que la historia mantiene su interés, no hay de otra. Sin embargo, De Niro se ampara en su política de hacer caritas a cada momento, como si los guiños faciales hablaran de la soledad y del dolor de un personaje que, encarnado por él, resulta hasta frívolo.
Es como ver los colores de una iguana, sin saber lo que la iguana pueda sentir. Los demás actores están simplemente peores: los personajes pasan por ellos, pero no ellos por los personajes (pésima dirección actoral): no siempre el camino más corto es el mejor al encarnar un personaje.
Drew Barrymore y Kate Beckinsale se esfuerzan más en lo evidente: en enfatizarnos que son bonitas y, en este filme, no buenas actrices; Sam Rockwell se toma su trabajo como para cobrar unos dólares que bien le caen, y punto. Si los personajes no son creíbles, menos la intensidad del relato, por lo que la película se ahoga en un charquito de agua sin siquiera mojarse.
La misma atmósfera resulta de pasarela y sin vehemencia, hasta con humor fácilmente postizo, como si fuera un diente de leche en una dentadura de adultos. Esta cinta no es capaz de aguarle la boca a uno, y solo nos persuade de que los refritos –en Hollywood– son negocio para vendernos pollitos como si fueran gallos.