
No tengo dudas para afirmar que Oliver Stone es uno de los mejores directores de cine en el Hollywood actual, tan de capa caída. De los más interesantes. Por eso, me quedo en neutro al tratar de entender qué fue, exactamente, lo que quiso hacer y decir el señor Stone con una secuela de su exitoso filme
En 1987, Oliver Stone logró una crítica incisiva sobre el llamado capital parasitario, expresión inescrupulosa del capitalismo, visto por Stone como sistema económico poco solidario, competitivo y sin ética alguna. Juan Pablo II lo llamaría luego “capitalismo salvaje”, pero Stone lo había reflejado antes en ese filme que le dio un premio Óscar a Michael Douglas por su gran actuación.
Con el filme
Más que el daguerrotipo de la sordidez del medio y de los juegos traicioneros en Wall Street, ahora la película se entremezcla y diluye con una historia sentimental nada estimulante, cercana a un largometraje romántico de los que la industria hollywoodense produce por montones. Por allí, la agudeza crítica al sistema se va como agua por un canasto.
Algunos han dicho que Oliver Stone quiso ayudar a la carrera de su amigo Michael Douglas, actor venido a menos, tanto como Douglas lo ayudó a él en 1987, pero creo que esa afirmación es una manera de especular muy débilmente. Lo cierto es que aquí hay una continuación de la historia; pero, en el camino, se fue perdiendo la voluntad vitamínica que exhibía.
Antes, vimos cómo un joven corredor de bolsa se graduaba en la universidad gracias a los esfuerzos de su padre, jefe de un poderoso sindicato. Su mayor deseo era trabajar con Gordon Gekko (Michael Douglas), un tipo sin escrúpulos, quien había conseguido tapizarse con una gran fortuna en el mundo de la bolsa.
Hoy, con esta secuela, nos encontramos con Gordon Gekko, quien sale de la cárcel convertido en hombre solitario, dispuesto a ser otra vez el implacable tiburón de las finanzas. Han pasado 20 años. Gekko busca armar sus arruinadas relaciones con su hija, por lo que se alía con el novio de ella, Jacob (Shia LaBeouf). Sin embargo, los juegos manipuladores se mantienen por la enfermiza búsqueda del dinero y de más dinero.
Con logrado concepto visual e imágenes impactantes, la puesta en escena le permite a Stone mantener su fama de autor, en lo demás –en lo narrativo– el filme se le resbala al director por culpa de un mal guión escrito por Allan Loeb y Stephen Schiff. La historia se aletarga con diálogos insustanciales, con su extenuación crítica y con la visión cursi de las relaciones de pareja en el amor.
Entonces, descubrimos que estamos ante un filme presuntuoso, al que le destaco la buena fotografía de Rodrigo Prieto y le cuestiono su música sin rigor, especie de sopa de letras, porque de todo hay. Las actuaciones se notan falsas y sin complejidad, mientras el propio Stone se permite salir en un par de secuencias, lo que solo sirve para distraernos.
En fin, esta secuela perdió filo en sus colmillos. Ni siquiera la maldad del capitalismo parasitario es aquí absorbente. El bisturí para examinar una sociedad ha sido cambiado por una peineta para hablar de amores y lágrimas filiales, con una muy débil redención de los personajes al final. Esto último es lo peor.