Está claro que la época de oro del sétimo arte pasó hace rato. La gente joven no lo percibe igual, a menos que adquiera películas “viejas” o vean el canal TCM por la tele. Ahora, el cine se dedica a reciclar ideas dentro de nuevos cánones formales propios de la revolución tecnológica actual.
Por ejemplo, los filmes de temas carcelarios tienden a repetirse con la violencia atrás de las rejas, la corrupción, los motines y el final con los reos siempre como perdedores.
Verbigracia, es difícil encontrarse con películas como
Hoy, el asunto carcelario está penetrado por los conceptos del cine de acción y por las secuencias de choque, más que por el estudio interno de personajes en condiciones degradadas y degradantes.
En ese estilo, debemos ubicar la presencia de un largometraje español como
Es el subibaja de esta cinta: cada actor en un extremo. Con Tosar, la película se llena de fuerza, de coherencia temática, de suspenso, de inquietudes brutales, de zozobras y ansiedades. Con Ammann, sucede todo lo contrario y pierde fuerza el proceso narrativo de la película, vemos la historia de un sujeto que se degrada con los acontecimientos, pero no le sentimos su fuerza ni su emoción.
No es que sea una mala película, para nada, es solo que pudo ser excelente y no lo logró por sus concesiones al estilo del
La voz aguardentosa de Malamadre no logra darle a la película las condiciones de dureza, esclerosis lógica dentro de un motín visto –básicamente– de los portones y llavines hacia las celdas. El universo de los reos no está prolijamente mostrado ni estudiado: el filme es superficial en ello.
Hay momentos en que no pasa de ser un cuadro de costumbres con algún aliento propio del naturalismo literario, pero este aliento no nos da en la cara como debiera, no nos arruga la mirada.
Lo trepidante sí está muy bien manejado por el director Monzón, sin soltar nunca los hilos de la acción febril, con virtuosismo en el manejo del punto de vista de la cámara (que es nuestro punto de vista). Los diálogos impactantes (lo son) van atando a la película con sus secuencias, es el mejor empalme de los distintos planos del filme. La música responde bien y mejor lo hace la fotografía.
Esos dos elementos del lenguaje cinematográfico son harto propicios en las escenas más agudas: les dan intensidad a ciertas secuencias que, de otra manera, podrían quedarse en expresiones sanguinolentas propias del llamado terror “gore”.
No podemos terminar esta crítica sin elogiar la actuación de Antonio Resines (como el policía torturador y sádico), él es un secundario de lujo. Pese al señalado subibaja del filme, recomendamos ver esta película, porque, a su manera, nos engancha de principio a fin.