
No hay duda: las casas productoras de la película
Tampoco dudo en que, para lograr dichos resultados, la estampa de un director con experiencia como Phillip Noyce resulta importante. Noyce ya había logrado sus éxitos en el cine de acción con un par de películas (1992 y 1994), protagonizadas por el novelado Jack Ryan, de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), encarnado por Harrison Ford.
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Dentro de esa rudeza, la señora Jolie logra matizar su rostro estólido en los tiroteos y peleas con finos matices emocionales: son sus mejores momentos como actriz en esta cinta. Por lo demás, su personaje es poco creíble y narrativamente incoherente, lo que no es culpa de ella, sino del guion escrito por los reconocidos Kurt Wimmer y Brian Helgeland.
Lo que sucede es que los acontecimientos en
En el momento reflexivo, uno descubre que el guion escarba tanto, como una gallina al hacer su nido, que termina por echarse el polvo encima: ¡como la gallina! Es cuando uno se percata que toda la acción parte de situaciones innecesarias que –con una lógica mínima– se habrían resuelto de otra manera. ¡Claro!, pero no habría película o sería otra.
Para contarles un poquito, se trata de una agente de la CIA, Evelyn Salt, quien es acusada de pertenecer a los servicios secretos rusos; ella ha sufrido torturas en Corea del Norte, por lo que se le tiene plena confianza. En realidad, Evelyn ha sido preparada desde niña para ser infiltrada en la CIA y completar el ciclo que ha de destruir a Estados Unidos.
Salt es tan firme de carácter como Wolverine, golpea más fuerte que Iron Man, es más ágil que el Hombre Araña, tiene la sapiencia de Batman, posee la velocidad de Supermán, dispara con la puntería de Robocop y puede ser tan seductora como la Mujer Maravilla. El problema es que se enamora como una Barbie y, bueno, eso cambia los planes de los rusos.
Con esos trazos, el texto fílmico se dedica a mostrar encontronazos violentos, balazos, bombazos y cuanta artimaña le sirva para mantener la febrilidad de la acción (Salt pega contra techos de furgones un montón de veces, en una fuga del todo repetitiva, plano a plano). Si el filme no es peyorativo, se debe a la acuciosidad de su director.
Phillip Noyce sabe componer un plano, montar una secuencia, crear una atmósfera de acción ruda y tramposa (como en un cuadrilátero de lucha libre). Él sabe darle ritmo a la narración, aunque no le es posible hacer creíble a cada personaje. Al fin y al cabo, la película insiste en ser un mero jugueteo con el punto de vista de uno, ahí, como espectador.
Por dicha, la película es corta y finaliza cuando uno se cansa de los golpes de efectos cada vez más rebuscados, del mareo producido por una narración que gira y gira sobre sí misma como un trompo, que se repite temáticamente y se reitera estéticamente como el vuelo de un bumerán.
Filme prescindible que no pasa de ser un fascículo con conductas paranoicas, que por momentos se atropella a sí mismo, lleno de situaciones banalizadas por su rudeza en montaña rusa. Si este cine logra dos estrellas en su calificación, repito, se debe al trabajo de un director de elegantes formas y, por lo visto, de espíritu aguerrido (necesario para lidiar con este guion).