Cine

Crítica de cine: El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

Esta es película de mucho movimiento, con trabajo exquisito en el arte escénico

Las trilogías son la moda de la gran industria del cine. Buenas, malas o regulares, lo cierto es que las trilogías en cine son una sola máquina de hacer dinero si logran cautivar al espectador, así haya que alargar la historia y su tiempo más allá de la nariz de Pinocho.

Ahora estamos ante el cierre de una trilogía visualmente brillante: El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos (2014), con una lucidez escénica que ni siquiera el autor literario de esta gran aventura en la Tierra Media, el sudafricano J.R.R. Tolkien, hubiese imaginado.

El director neozelandés Peter Jackson ha logrado una película delirante. En ella, el movimiento escénico es más importante que la propia historia, cuando los Enanos reclamaron su patria al dragón Smaug, quien estaba dormido sobre inmenso tesoro de oro y joyas.

Ausente, Smaug acciona una alienante fuerza maléfica. Es simple: sin el dragón en esa montaña solitaria, la avaricia se apodera no solo del vencedor rey enano Thorin, quien se comporta como un banquero inescrupuloso, sino también de la más distinta gama de reinos que quiere para sí tanto tesoro.

Todos van a lo mismo. Semeja la actual lucha de distintos ejércitos del mundo por donde salta el petróleo. Bilbo junto con Gandalf son como la parte buena de las Naciones Unidas, cuando tratan de llevar cordura donde solo hay insensatez y, por lo tanto, guerra.

En esa batahola, el único personaje con un proceso interno en su diseño es Thorin, quien desde su necia obsesión por el oro y el poder, en un momento dado, descubre que es mejor la paz del hogar que el afán usurero por la riqueza extrema (la obra de Tolkien lleva en sí mucha ética cristiana).

Poco a poco nos percatamos de lo básico: La batalla de los cinco ejércitos es filme con muy poca historia, algo así como lo que quiso hacer, en Costa Rica, el realizador Jurgen Ureña con su filme Muñecas rusas (2014), solo que Ureña sin plata y Peter Jackson con millones para darle cuerda a su imaginación.

Así, La batalla de los cinco ejércitos es cine de entretenimiento, no más, solo que es buen pasatiempo, donde se mezclan de manera alterna las batallas campales con las luchas individuales de los diferentes personajes entre sí: esto traga mucho tiempo escénico, pero da secuencias exquisitas.

Es cuando Peter Jackson se luce: confía en sus agallas, en su talento y en el posterior e importante trabajo de montaje. Movimiento. Movimiento. Jackson sabe darlo siempre y con buen apoyo de elementos sonoros (música incluida).

Dentro de tanto vaivén visual, Jackson esculca por secuencias distintas emociones de los personajes, a partir de una sólida dirección de actores. No más.

El problema es cuando un triángulo amoroso, por ejemplo, o ciertos momentos de humor picaresco, resultan ilógicos contrapuntos en medio de tanto barullo bélico.

La dirección artística del filme sobresale y, de ahí, se nutre la dirección dramática, como si se invirtieran los términos de la sintaxis del cine.

Se trata de película para recomendar y para darnos cuenta que en Peter Jackson está muy presente el cine de Stanley Kubrick ( Espartaco ) y el de Akira Kurosawa ( Ran ).

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