
Al que hacen de guapinol, guapinol se queda. Así, en el cine, el cierre de las aventuras del mago Harry Potter, creado por la imaginación de la escritora J.K. Rowling, ha sido más de lo mismo, como un trompo que da vueltas sobre su cuerpo de manera incesante, aunque –esta vez– la producción ha metido más acción y energía visual para hacer un exuberante o pródigo fin de fiesta.
Tras una aburrida primera parte, el director David Yates ha logrado darle más brío al cierre de las aventuras de Harry, Emma y Ron. De esa manera, el visionado del filme
Eso es lo mejor de este largometraje, mientras la gallina termina de poner el último de sus huevos de oro y la maquila industrial menea varitas mágicas para hacer más dinero en las boleterías. Está claro:
Lo que sucede es que, esta vez, David Yates ha decidido sacudirse poco más que un galgo mojado y, así, este director –quien nos dio las cuatro últimas películas de la saga “potteriana”– opta por un cierre fastuoso, aunque siempre trivial (menos profundo que un zumbido de mosquito). Como un juego de pólvora vistoso, tenemos en pantalla un filme movido y hechicero.
Esta película es superficial en tanto se repite temáticamente. Su entretenimiento visual trata de ocultar las debilidades del relato propiamente dicho: el espectáculo en pantalla es bueno, pero manipulador. Empero, en términos visuales, resulta débil el tan esperado enfrentamiento final entre Harry Potter y Voldemort.
De verdad, tanta espera para ver algo tan simplificado, sin ninguna disección de la lucha entre el bien y el mal, con una caída al vacío de los personajes del todo desperdiciada y con un pleito de varitas mágicas tan soso como distante para el espectador. Eso se llama pasearse en el clímax de la saga.
El filme acentúa su ritmo por las distintas escenas de acción, una tras otra, bien logradas en su mayoría, que se manifiestan con secuencias prácticamente sin pausas.
Es esto lo que le permite a la película lucirse visualmente y es también su lado oscuro: el relato solo se manifiesta con el ímpetu de las acciones y, por tanto, hasta los diálogos resultan baladíes o nimios. Lo obsequioso –insisto– es lo visual.
Las actuaciones se comportan con buen acento, pero en este colofón se luce el actor Alan Rickman, puntual en el momento de la muerte de su personaje.
A la vez, le da pie a una subtrama muy bien establecida por el guion: el pasado de Severus, personaje del que Rickman logra mostrar muy bien su complejidad.
Así como son de alabar la fotografía de Eduardo Serra, lo escenográfico y el montaje, lamento la poca creatividad de la música de Alexandre Desplat, quien se siente distante de los propios sucesos o de los estados de ánimo de los personajes: el pentagrama no pasa por tanta acción mostrada a lo largo del metraje.
Este cierre “potteriano” ha perdido el humor negro de la saga, lástima, pero –ciertamente– he de aceptar que, en su evaluación final, se trata de una buena película luego de las siete que la antecedieron en diez años.
No recuerdo con exactitud qué escribí de cada una en su momento, pero me animo a recordar a