
Estados Unidos no es ni el alfa ni el omega de la televisión, pero cuesta mucho pensar que existen otras historias, otras condiciones políticas y otras experiencias culturales cuando lo único que abarrota mi lista de series viene de ese país. Llevaba semanas sintiendo mi vida colonizada por los gringos hasta que, la semana pasada, comencé a ver Hello, My Twenties! en Netflix.
Sé que hay mucha gente que sigue novelas coreanas que pasan en televisión nacional, pero en mi casa la única pantalla que hay es la de la computadora. A diferencia de lo que ocurre con la televisión regular que puede correr por inercia, si yo no escojo qué ver, nadie más lo hace por mí.
Hace muchos años había visto en Canal 13, algunos episodios de Escalera al cielo, culebrón coreano de una pareja que se enamora en la infancia y que están marcados por exageradas muertes en sus familias. O sea, similar a las telenovelas mexicanas pero con kimchi (platillo de repollo fermentado que es insigne de Corea del Sur).
Empecé a ver Hello, My Twenties! de mala gana, pensando que la serie me iba a dar la misma clase de emociones empachosas que me dio Escalera... hace diez años. Pero eso fue hasta que me salió un fantasma en la sopa.
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Muy en la superficie, Hello, My Twenties! es un drama que eligió tener dos canciones de banda sonora y para el octavo episodio dan ganas de arrancarse las orejas cada vez que alguien se abraza, llora o se deprime viendo la luna por la ventana.
Hay, literalmente, un fantasma que ronda a los personajes principales hasta que se resuelva su asesinato y son tantas las muertes que tiene la trama que el fantasma no tiene identidad por mucho rato.
Pero, por debajo de esas extravagancias de telenovela malograda, hay muchas más capas de profundidad.
Los personajes son cinco desconocidas que comparten un apartamento en Seúl mientras terminan sus estudios universitarios. Lo único que tienen en común es ser jóvenes y mujeres.
Parece ser que –contrario a lo que yo imaginaba gracias a las poladas de Escalera al cielo–, ser mujer en Corea no es tan diferente a serlo en Costa Rica.
La serie toma su tiempo para describir cinco experiencias muy distintas de ser mujer pero, en todas ellas, es explícito que van al baño, menstrúan, tienen sexo y lidian con constantes agresiones emocionales y físicas de una sociedad que las obliga a ser perfectas.
Después de todo, Corea tiene una reconocida maquinaria de celebridades que cantan, actúan y modelan con una belleza estandarizada. De hecho, aún cuando en la serie salen un poco menos producidas, las actrices de la serie fueron o son miembros de alguna banda de música de k-pop (pop coreano).
Para las cinco chicas de la residencia Belle Époque (“época bella”, una alusión muy obvia a la juventud) se trata de fortalecerse entre ellas.
Cuando una de las chicas decide emborracharse y acostarse con un mafioso para vengarse de su novio infiel –es una telenovela, repito–, su rival por el baño y otros recursos de la casa compartida, es la única que llega el bar a sacarla de las mechas gritando que es su amante –de verdad, la saca agarrada de la cola de caballo–. Es gracioso por rídiculo pero, de cierta forma, también se siente muy auténtico.
Estas son amistades que no son perfectas. Se forjan en la convivencia forzosa del hogar que comparten y que tiene un único baño (más comedia gratuita cada vez que se pelean para orinar).
En un espacio así, los secretos tampoco duran mucho escondidos. Lo cual siempre avanza la trama hacia revelaciones extremas de que una de ellas es una prostituta de alto nivel o de que otra tiene un novio agresor.
Pero Hello, My Twenties! no falla en resolver sus propias ridiculeces con la ternura que sus protagonistas se entregan. No me queda duda: no importa el lugar del mundo, no hay amor más fuerte que el de las amigas.
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