
Nora Ephron es mi educación sentimental. Tenía 71 años cuando murió en el 2012. Dejó libros, películas y artículos de revistas. Escribía sobre lo que pensaba y, francamente, pensaba de sobra: era una estadounidense privilegiada con el tiempo y el dinero para hacerlo.
Escribió muchísimo del amor para películas muy comerciales: cómo desearlo, cómo perderlo, cómo encontrarlo en las grandes ciudades gringas, en los brazos de Tom Hank que, en ese entonces, era un galán (nunca he tenido la edad correcta para verlo guapo).
Pienso en Nora Ephron cuando pienso en el amor. Me gustaría ser tan astuta como ella para observarlo, me gustaría apreciarlo con más ingenio.
Pienso todavía más en ella cuando el cine romántico comercial me defrauda que, con Netflix, me pasa a menudo.
Me he acostumbrado a raspar hasta el fondo la pestaña de romance y no encontrar nada o, como la semana pasada, encontrar de sobra con Y nadie más que tú (drama) y Cuando nos conocimos (comedia).
La primera es un ejercicio mecánico de película de enfermedad terminal de Hallmark Channel. La vi toda y nunca logré conectar con los personajes.
La segunda ni la terminé. Me quedé perdida en los lugares comunes: el amigo asfixiado por el friendzone y empunchado por meterse en la vida de una chica preciosa pero aburridísima y, luego, el viaje en el tiempo para resolver errores –eso ya lo hizo tan bien Bill Murray en Groundhog Day (1993), ¿cuál es el valor de repetir cada 10 años el mismo ejercicio de historia?–.
En el mal sabor me acordé de Tienes un e-mail (ya no está en Netflix de Latinoamérica, pero ojalá vuelva).
Es muy anacrónica. Ephron hizo una película que se estrenó y caducó en 1998 y, 20 años después, su tecnología se desvaneció por completo.
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Ya nadie liga en AOL Messenger porque para eso crearon Tinder, Bumble y Grindr. El amor, o sus aproximados, ahora coquetean con eficiencia.
Cuando a la protagonista la dejan plantada en una cita y se queja, me imagino cómo haría Ephron para describir a la gente de mi edad, que cuando se le ocurre pega una fantasmada (el ghosting, en inglés).
Me pregunto si nos describiría esos hábitos así de tiernamente.
“Llevo una vida pequeña. Valiosa pero pequeña y, a veces, me pregunto si lo hago porque me gusta o porque no he sido valiente ”, recita Meg Ryan mientras escribe un e-mail.
¿Qué haría Nora Ephron con una película sobre un mejor amigo enamorado que viaja en el tiempo? ¿Qué haría con una mujer que muere y que se separa del único amante que ha tenido?
No me la imagino jugando con la lástima de una enfermedad terminal ni tampoco haciendo chistes burdos con el sexo. Era muy ingeniosa y tenía una forma de hacer filosofía de lo comercial, de tratar al amor como un sentimiento y menos como espectáculo.
Extraño a Nora Ephron. Sabía cómo escribir sobre el amor en pequeño y hacerlo en grande.
Pensando en que Netflix se comprometió a estrenar 80 películas originales, me da pavor saber cuántas más serán de romance y no dirán nada: ni sobre el amor, ni sobre la ternura, ni sobre las relaciones humanas.
¿Quién nos enseñará a sentir en los años que haga tanta falta?
