Teleguía

Paulette Goddard y Charlie Chaplin, la gata y el canario

Los prejuicios sociales le cobraron sus amoríos con Chaplin, aunque esa relación le abrió las puertas del estrellato, con películas como Tiempos Modernos y El gran dictador.

La vida es fácil… si eres rubia y la mujer de Chaplin. Lo demás era coser y cantar. Su intensa personalidad, presencia agradable y elegancia interpretativa fueron el “ábrete sesámo” para entrar en la galaxia del cine; lo mismo encarnaba a una odalisca que a una heroína.

A los 14 años, su tío abuelo le consiguió un contrato como corista en la troupé neoyorquina de Florenz Ziegfeld, una revista musical que –entre 1923 y 1946– presentó sin tapujos a jovencitas semidesnudas, esperanzadas en alcanzar el estrellato fílmico o morir en el intento.

Un par de años más tarde, posó desnuda para el fotógrafo Alfred Cheney; las imágenes muestran a la núbil Paulette Goddard en traje de Eva, sosteniendo un aro de hula-hula, calzada con unos zapatos plateados y en posiciones algo indecorosas para una criatura que a esas horas debería de estar en el colegio.

Por aquellos días nadie en Hollywood se quejaba de acoso sexual, menos de explotación infantil y cualquier atajo era bueno; más si se tenía el cóctel perfecto para los depredadores del celuloide: aniñada, pelirrubia, buena figura, candidez, inocente sensualidad y unos bellísimos ojos claros.

Fue así como Marion Pauline Goddard Levy –con apenas 16 años– pescó al magnate Edgar James; después vendrían tres más: Charlie Chaplin, Burgess Meredith y Erich María Remarque.

Sobra decir que Edgar le llevaba a Goddard una sustancial cantidad de años, y de ganas, razón por la cual fracasó el matrimonio. Libre del pederastra y con $375 mil en el bolsillo, producto de la indemnización del caso, se estableció en Los Ángeles para promocionarse como actriz.

Ahí empezó como todas, con papeluchos de figurante en las comedias mudas de El Gordo y El Flaco, hasta que le echó la maquinaria a Chaplin, cuya obsesión por las niñas era legendaria.

Su belleza y natural encanto colocaron la suerte de su lado y en 1932 conoció, en una fiesta, al cineasta y actor del bombín, el paraguas, los zapatones y el bigotillo pendejo. Es inútil decir quién era, salvo que el lector acabe de aterrizar en este planeta.

La rubia de ojos claros impactó a Chaplin y a partir de ese día fueron uña y mugre; al punto que filmó –en 1936– Tiempos Modernos y eso la encumbró a los altares de las deidades fílmicas. Más tarde grabaría El gran dictador y nunca más volvió a codearse con los mortales.

Como en ningún país toleran a un pobre acomodado, los envidiosos de Hollywood regaron la bola de que Paulette y Charlie vivían juntos y revueltos, es decir, en contra de todas las normas morales vigentes en aquellos tiempos maravillosos del Código Hays.

Esta regulación imponía la censura sobre todo tipo de obra que ofendiera el matrimonio, promoviera el sexo y atacara el pudor y las sanas costumbres.

De un momento a otro hasta los vendedores de perros calientes se preguntaban: ¿Están o no casados Paulette y Chaplin?

La bribona

La conducta “indecente” de Paulette y su amante fue la comidilla de todos los chismosos; hasta que en 1940 –y para alivio nacional– la pareja confirmó que se habían casado durante un viaje secreto a China.

El gusto les duró poco porque a la vuelta de dos años acabaron separados, pero su amistad siguió mientras vivió el actor. Se veían, compartían cartas y confidencias.

Algunos le atribuyen este comentario: “La vida fue fácil siendo rubia. No tenía que pensar, no tenía que hablar. Lo único que tenía que hacer era estar ahí y ser la mujer de Chaplin”.

Después del cómico, se casó con Burgess Meredith, notable actor que interpretó al Pingüino en Batman, la teleserie pop de los años 60.

Cerró la lista matrimonial con el novelista Erich María Remarque, autor de Sin novedad en el frente, obra inmortal que rechazaron 48 editores. A su muerte, en 1970, Paulette heredó la Casa Remarque, una cuantiosa fortuna y los exquisitos gustos del finado.

El único que se atrevió a rechazarla fue el productor David O. Selznick, quien prefirió a Vivien Leigh para el papel de Scarlett O’Hara en la película Lo que el viento se llevó.

Parece que su amorío con Chaplin le pasó la factura y Zelsnick evitó meterse en problemas; si bien Paulette reunía todos los requisitos para interpretar a la coqueta sureña que vivió un tórrido romance con Clark Gable, en el rol de Rex Buttler, mientras los yankis incendiaban Atlanta en la Guerra de Secesión.

Otro hombre que se las hizo de cuadritos fue su padre Joseph Russell Levy. Él se divorció de su madre, Alta Mae Goddard, quien la crió cuando aquél las abandonó.

Paulette vivió en Nueva York; ahí nació el 3 de junio de 1910 y conoció a su papá 20 años más tarde, cuando ya era famosa. Ella retomó la relación sin ningún rencor; iban juntos a los estrenos y todo era un puro amor.

Cierto día, Joseph leyó en una revista que su hija afirmó que él la dejó sola en la infancia; esto lo molestó y la demandó por varios millones de dólares. Nunca se reconciliaron y el mal agradecido le dejó en su testamento un dólar.

A los 54 años filmó Los indiferentes, a una edad en que otras actrices ya estaban retiradas.

Le encantaban los niños y nunca pudo concebir uno, pero cuidó a los de Chaplin y en su tercer matrimonio perdió un bebé. Murió el 23 de abril de 1990 –por causas naturales– y la Universidad de Nueva York heredó sus bienes.

Joven y de mirada dulce, el tiempo esculpió su rostro; aunque cumplió años, jamás envejeció.

Libre y magnética

Pocas mujeres fueron tan adelantadas a su tiempo como Paulette Goddard, cuyas fotografías de los años 30 y 40 del siglo pasado, aún son actuales e imitadas por las modelos contemporáneas.

Dueña de un magnetismo embrujador, una personalidad libre de prejuicios, culta y poseedora de un espíritu libre que evolucionó sin cortapisas.

Esa majestuosidad le permitió formar parejas formidables con titanes del cine como: James Stewart, Fred Astaire, Ray Milland y el cómico inmortal Bob Hope.

Fotos: United Artists