
Cuando Steve Jobs murió el 5 de octubre de 2011, dejó algo más que una empresa convertida en símbolo global de innovación. También dejó una decisión patrimonial poco común entre los grandes magnates tecnológicos. Su fortuna, estimada entonces en unos $10.200 millones, no fue distribuida entre sus hijos, sino transferida casi en su totalidad a su esposa, Laurene Powell Jobs.
La determinación no fue improvisada. Ni Jobs ni Powell Jobs creían que la herencia debía convertirse en el punto de partida de la vida de sus hijos. Ella lo explicó con claridad años después, en una entrevista con The New York Times: no le interesa construir “riqueza heredada” y, si vive lo suficiente, ese dinero se terminará con ella. Era, además, un deseo explícito de su marido.
Una herencia que no debía sobrevivir
El creador de Apple consideraba que una gran herencia podía condicionar el desarrollo personal y profesional de sus hijos. Por eso, aunque tuvo cuatro descendientes —Lisa Brennan-Jobs, Reed Paul Jobs, Erin Sienna Jobs y Eve Jobs—, ninguno creció con la expectativa de vivir de ese patrimonio.
La única excepción parcial habría sido Lisa Brennan-Jobs, hija de una relación anterior, a quien Jobs reconoció tardíamente. De acuerdo con Fortune, citada por medios internacionales, ella sí habría recibido una porción multimillonaria como forma de compensación por años de ausencia y negación.
El resto del patrimonio quedó bajo el control de Powell Jobs, quien heredó importantes participaciones accionarias, especialmente en Apple y en The Walt Disney Company, estas últimas obtenidas tras la venta de Pixar.
Desde entonces, la fortuna no ha seguido la lógica habitual de acumulación. De acuerdo con Hello! Magazine, Laurene Powell Jobs ya ha reducido el patrimonio heredado en cerca de $5.000 millones, aproximadamente la mitad de lo que recibió en 2011. No se trata de pérdidas financieras, sino de un plan deliberado de gasto filantrópico.
Una de sus principales plataformas es Emerson Collective, fundada en 2011. Este vehículo combina inversión de impacto, filantropía y activismo en áreas como educación, inmigración, justicia social y medioambiente. Para financiarlo, Powell Jobs ha vendido de forma progresiva acciones de Disney, cerca de un 10% anual tras la muerte de su esposo, según detalló ABC.
A esto se suma la Waverley Street Foundation, creada en 2021, con un compromiso público de donar $3.500 millones durante una década para combatir el cambio climático mediante soluciones innovadoras.
Filantropía sin control
Esa visión también se refleja en su postura pública sobre el poder del dinero. En un artículo de opinión publicado en The Wall Street Journal, Powell Jobs advirtió sobre los riesgos de una filantropía que busca control político o social a cambio de donaciones. Defendió un modelo de apoyo silencioso, enfocado en fortalecer comunidades y capacidades locales, no en imponer agendas desde el poder económico.
Su decisión de no sumarse al Giving Pledge, la iniciativa liderada por Bill Gates y Warren Buffett, responde a esa lógica. Prefirió operar por fuera de los grandes clubes filantrópicos y diseñar su propio modelo de redistribución.
Hijos sin herencia, con carrera propia
Mientras tanto, los hijos de Steve Jobs siguieron trayectorias independientes. Lisa Brennan-Jobs es escritora. Reed Jobs se especializó en oncología y trabaja en inversión vinculada al cáncer. Erin Jobs estudió arquitectura y diseño. Eve Jobs, la menor, combina su formación en ciencias y tecnología con una carrera como modelo y amazona.
La herencia, en este caso, no fue una cuenta bancaria, sino una filosofía. Y es esa decisión, tomada antes de la muerte de uno de los empresarios más influyentes del siglo XXI, la que hoy explica por qué su fortuna se reduce año tras año. No por error, sino por diseño.