Hace 50 días, este activista cubano, de 27 años, llegó al “paraíso”, pero aún no puede conocerlo. Está retenido en el aeropuerto Juan Santamaría, adonde llegó con un pasaporte falso pidiendo refugio.
Detrás, dejó a tres mujeres: su madre, su novia y una hermana. “Salí de Cuba buscando libertad y me topé aquí con una prisión”, dice mientras le tiembla el pulso.
Un temblor que se une a un rostro cuyo color delata presión baja y depresión. Lleva cinco días sin comer. Los recipientes con alimento acumulados en el basurero de su cuarto lo atestiguan.
Un equipo de
Según dice, huyó de la Isla porque su vida empezó a correr peligro luego de que el régimen de los Castro descubrió que él forma parte de un movimiento social que tiene pruebas sobre torturas y violaciones a derechos humanos alli.
“En Cuba se habla de que en Costa Rica hay derechos de todo tipo. Lo que yo no había vivido en Cuba, me explicaron que se vivía aquí”, sostiene.
La Comisión de Visas y Refugio le negó su solicitud, por lo que apeló ante el Tribunal Administrativo Migratorio, el cual ya resolvió el caso, pero aún no notifica el fallo.
Compró un tiquete aéreo a México, pero las autoridades panameñas decidieron traerlo aquí porque usó un pasaporte tico, y había sospechas de falsedad.
“Yo pedí asilo delante de todos los pasajeros del avión cuando iba a entrar al aeropuerto de aquí. Había cuatro policías de Migración esperándome. Les dije que era cubano y que necesitaba refugio porque estaba amenazado.
”Me esposaron y dijeron que me iban a montar en un avión de vuelta a Guatemala, y de ahí a Panamá, para que decidieran qué hacer conmigo. Les dije que no me estaban escuchando, que yo pedía asilo político porque mi vida corre peligro. Yo me tiré al piso a llorar, se lo estaba implorando y, aun así, me querían montar en otro avión.
”Cuando el piloto se acercó, le dije que yo no quería hacerlo y que estaban poniendo oídos sordos. No quería entrar por la fuerza. Entonces, el piloto dijo que así no me podía llevar”, manifestó.
El foráneo, oriundo de la ciudad Ciego de Ávila, asegura que los oficiales lo llevaron a un cuarto donde le pidieron que se quitara la ropa. Allí estuvo durante tres horas, mientras su abogado, con quien había contactado desde el avión, realizaba varias gestiones para que no lo devolvieran.
Los primeros cinco días durmió en una sala de paso para turistas. Solo tenía una cobija, dos pantalones, cuatro camisetas y un paño. “Estos días fueron un infierno. La aerolínea solo me daba $10 por día, que me alcanzaban para un emparedado”, dijo.
Después de ese tiempo, Migración lo reubicó en una pequeña habitación, con baño. Ahora, le dan cupones para el desayuno, almuerzo y cena, pero no los usa.
“Cada día siento que no lo soporto más. En Costa Rica hay mucha libertad, y yo quiero que la demuestren conmigo”, expresó.