22 de marzo de 1992, 8:30 p.m.
Desafiando el mal tiempo -fuerte oleaje y vientos a gran velocidad-, dos lanchas bien equipadas abandonaban la costa de Playa Margarita, Puntarenas, y se adentraban en la mar.

Sus cinco tripulantes, entre ellos dos experimentados "lobos de mar", iniciaban así una larga travesía durante toda la noche, no menos de ocho horas y media, hasta que encontraran el punto de contacto.
Aquella sigilosa operación, típica de narcos, tenía una particularidad: había sido infiltrada por agentes antidrogas del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) y de la Agencia de Lucha Antidrogas de los Estados Unidos (DEA). Es más, uno de los supuestos traficantes era en realidad un tico, que, como agente encubierto, traicionó al grupo.
Así, horas después de haber sido movilizado un cargamento de cocaína de Colombia a Costa Rica y luego a Corpus Christi, en Texas, Estados Unidos, las autoridades norteamericanas decomisaban 275 kilos de la droga.
En Costa Rica, la operación dejaba al descubierto el nuevo rol que ahora desempeñan muchos compatriotas en sus nexos con carteles colombianos de la cocaína, quienes se constituyen en empresarios de la droga .
Según analizan funcionarios antinarcóticos, estos costarricenses unen a su clásico papel de "mula", representado en los años 70 y 80, el de administrador del producto que se queda en el país en grandes cantidades.
En ese caso, tal papel lo asumió Carlos Badilla Sánchez, un costarricense de 37 años de edad, agente de ventas y vecino de San José. Condenado el 16 de setiembre del año pasado a 18 años de prisión por el Tribunal Superior Penal de Puntarenas, los informes policiales lo ligaban con el cartel de Cali desde hacía cinco años. La policía tenía, incluso, referencias de que esta relación se remontaba a años atrás cuando, supuestamente, transportaba estupefacientes a Nueva York.
Badilla negó en todo momento que él fuera miembro de la organización y, menos, su líder en Costa Rica. Mantuvo que fue víctima de una venganza. Eso lo atribuyó a Eduardo Rodolfo Ballestero, quien fue el costarricense que participó como el agente encubierto infiltrado por la DEA en el caso.
Según Badilla, la venganza obedeció a la pérdida de una propiedad, en una transacción de entre siete y ocho millones de colones, con unos artículos de ferretería y otros que compraron juntos.
Independientemente de si hubo venganza o no, la policía desmanteló en este caso a una banda cuyos planes iniciales, según los oficiales, eran no solo introducir 3.000 kilos de cocaína, sino proveer de servicios de transporte y almacenamiento a cualquier cartel que lo solicitara.
Desde un avión
No poca tensión experimentaron todos los participantes en este trasiego. Tras haber salido de noche de la costa tuvieron que esperar hasta las 4:30 de la madrugada para ubicar las coordenadas que indicaban el sitio seleccionado; pero los navegantes no encontraban rastros de lo que andaban buscando.
No fue sino hasta 45 minutos después cuando las palabras "Indio, Indio", provenientes de sus equipos de comunicación, les confirmaban que todo estaba saliendo como lo habían planeado. Manuelita , así se identificaba una mujer, los saludaba desde el aire, en un avión que volaba en medio de la oscuridad.
En cuestión de minutos, y a muy poca altura, casi tocando las olas, la aviadora empezó a lanzar, uno tras otro, 12 bultos rojos, herméticamente cubiertos de material plástico y forrados con estereofón, los que, salvo uno que se perdió, fueron rápidamente recogidos por los tripulantes y distribuidos en las dos embarcaciones.
Los cinco hombres regresaron a su punto de partida y procedieron a almacenar los paquetes en una casa que, además de que se halla en una zona boscosa y poco habitada, tiene salida directa al mar, en Playa Margarita.
Aunque satisfechos, su trabajo y el de los dos que se habían quedado en tierra, solo iba a estar completo la madrugada siguiente, cuando llevaran los bultos a una pista de aterrizaje ubicada en Puerto Carrillo. Desde allí, el avión color blanco, matrícula NJ 866A, alzaría vuelo y los llevaría a Corpus Christi.
Todo habría salido tal cual, excepto por una escala en Playas de Tamarindo, Guanacaste, que los trasegadores estaban lejos de sospechar. Como parte de la operación encubierta, allí tres oficiales de la sección de estupefacientes del O.I.J., acompañados de la fiscal de narcotráfico Patricia Cordero y el agente especial de la DEA, José Delgado, esperaban la nave para hacer una inspección. Después le permitieron al avión seguir su curso.
Un tico delator
Los miembros de esta banda tico-colombiana no sospechaban que a lo largo de esta operación, de julio de 1991 a marzo de 1992, Ballestero era colaborador de la policía.
Ballestero se decidió a participar en julio de 1991. Todo comenzó cuando un colombiano, Rogelio Jesús Gutiérrez López, dueño de un barco denominado Santiago -a quien Ballestero le conseguía turistas para que organizara excursiones a través del Golfo de Nicoya-, le comunicó sus intenciones de llevar a reparar la nave a Buenaventura de Colombia.
Ante la queja de Ballestero de que tal plan le iba a afectar su pequeña empresa turística, según lo que consta la sentencia del tribunal Nº 94-94, Gutiérrez le contestó que no se preocupara porque unos amigos suyos lo iban a recompensar, ofreciéndole un buen negocio.
Al mes siguiente, tres colombianos, quienes tenían por misión llevar a reparar a Santiago, se presentaron una noche a la casa de Ballestero y lo invitaron a cenar. Después de varias salidas, los hombres le hicieron ver que tenían buenas referencias de él y le ofrecieron que participara con ellos en el negocio de las drogas.
"No sabía qué hacer pues si decía que no, podía entrar en problemas con ellos porque ya conocía demasiado, y si contestaba que sí, podría tener problemas con la justicia o la policía", puntualizó Ballestero.
Al final, optó por lo primero y en cuestión de semanas, después de escuchar su relato, corroborar datos y analizar sus antecedentes policiales y judiciales, el DEA y el OIJ lo registraron como agente encubierto.
Una extensa red
Aquellas sigilosas investigaciones permitieron identificar además a otros costarricenses: Ana Morales Ramírez y su hijo, Alvaro Montero Morales, como piezas claves en la misma banda liderada por Badilla e infiltrada por Ballestero. Morales y su hijo se encuentran en fuga.
En noviembre de 1989, habían sido detenidos con aproximadamente 130 kilos de cocaína, pero fueron puestos en libertad gracias al fallo de la Sala Constitucional -del 27 de marzo de 1991- que prohibía en ese entonces las intervenciones de telefónicas y, en su caso, esa era la principal evidencia en su contra.
En esta ocasión, la droga que se transportó desde Puerto Carrillo provino del Cartel de Cali. Así había quedado establecido, según el OIJ y el DEA en las reuniones que Ballestero dijo haber sostenido con líderes de este grupo como Gilberto Rodríguez Orejuela -uno de los cabecillas detenidos recientemente en Colombia- y el primo de este, Jaime Cavalero Orejuela, alias El Negro.
Pero las investigaciones también determinaron que hubo conversaciones, supuestamente muy adelantadas, para que la banda tica, también sirviera al cartel de Medellín. La persona que tenía los contactos, según la policía, era Ana Morales, con quien Ballestero viajó, en al menos una oportunidad, a Colombia, pero usando como puente a Panamá. La justificación que le dio Morales fue que ella quería enseñarle una ruta diferente para evitar los puestos migratorios.
Esos planes tuvieron que esperar. Además de Badilla Sánchez, el Tribunal Superior Penal de Puntarenas condenó, el 16 de setiembre pasado, a los costarricenses Francisco Thomas Hernández -13 años de prisión- y a Víctor Davila Dávila, José Antonio Granados Rivera y Eddy Geovanny Zúñiga Aranda: 11 años.
Negociantes
Más allá de su tradicional papel como "mulas", algunos ticos se han convertido en verdaderos empresarios de la droga. Algunos ejemplos son:
En Limón, Carlos Bonilla Rivas, aliasTiburón, autocalificado buzo y pescador, figura en los informes policiales como uno de los mayores distribuidores de la provincia. El 30 de junio, el Tribunal Superior Penal de Limón lo condenó a 12 años de prisión por el almacenamiento de 128 kilos de cocaína -decomisados en diciembre anterior, en las cercanías del río Bananito. Se le ha vinculado con el trasiego de armas de grueso calibre al servicio del nacotráfico. El 29 de abril de 1993 fue condenado a tres años de prisión por la tenencia de pertrechos militares, entre ellos varias AK-47.
Ricardo Alem León, además de haber hecho una fortuna calculada en más de $36 millones, presuntamente mediante el lavado de dinero, afronta cargos pues se le califica como el supuesto líder de una banda de ticos que trasegaba cocaína. En Miami, Estados Unidos, espera juicio por cuatro cargos de narcotráfico, por vinculaciones con la confiscación de 15 kilos de cocaína, hecha a su secretaria Blanca Isela Salas. Mientras en Costa Rica es reo rebelde, a raíz de otra causa por otros 15 kilos de cocaína decomisados en su mansión, en Los Angeles de San Rafael de Heredia.
Los hermanos Misael, Abel, Gregorio, Carlos y Manuel Vargas Hidalgo, detenidos en Chánguena, de Buenos Aires de Puntarenas, son los supuestos proveedores de gran parte de la cocaína y marihuana que se distribuye en San Isidro de El General y sus alrededores. Al momento de su detención y el de 11 personas más, el 17 de agosto pasado, fueron decomisados 17 kilos de cocaína, 100.000 matas de marihuana y cinco vehículos.Fuente: Centro de documentación de La Nación y entrevistas.