
A Graciela Teoli Salazar la muerte la sorprendió un mes antes de llegar a sus 12 años. La visitó en Cristo Rey –al sur de San José– , en casa de su abuela paterna. Allí se habían reunido para cenar en familia una sopa.
La noche del 5 de abril del 2008, los sujetos que perseguían al compañero sentimental de una tía dispararon contra la casa de tablones, furiosos al no poder concretar el asalto.
Dos balas hirieron a la niña en la cabeza y en una pierna. Hoy, Jackeline Salazar, la madre de Graciela, está convencida de que, aunque doloroso, el deceso de su hija mayor le mostró el camino por seguir: prometió ayudar a familias víctimas de la violencia.
“Todos los días, me siento acompañada por mi hija. Ella me guía. Uno extraña verla, pero está en mi corazón. En este grupo me siento fortalecida”, relató.
Desde hace dos años, esta señora acude a la Asociación de Familiares de Víctimas de Homicidios (Afavho).
Sus miembros han aprendido a sonreírle a la vida. Durante mucho tiempo, María de los Ángeles Castro vivió aquejada por un sentimiento de culpa.
A su esposo, William Antonio Gutiérrez Araya (de 61 años), lo asesinaron unos asaltantes el 3 de marzo del 2007, en una panadería de Heredia.
William estaba en su día libre, pero lo cambió para pasar el domingo con su familia, tal como su esposa le había pedido.
“Le dispararon porque se movió al ver que le apuntaban a una cajera embarazada. Luego del crimen, me atendieron tres psicólogos, pero no salía de esto.
“Entonces, me acerqué a este grupo. Ahora estoy más tranquila. Soy una persona mejor”, señaló.
El muchacho, un salonero de 23 años, se dirigía a una procesión de Viernes Santo cuando se encontró a una víctima amenazada por un hampón. Al tratar de intervenir, el asaltante le disparó.
“Lloré con mis hijos, pues nunca tuve apoyo. Aquí pude compartir mi dolor. Todos los casos son iguales; ninguno es más importante que el otro”, contó.
Antonieta Amador García, una nicaraguense nacida en Jinotega, vivió también una dura experiencia. Su hijo, el educador Ariel Úveda Amador, murió el 7 de enero del 2008, arrollado por un vehículo en La Aurora, Heredia.
Aquí, laboraba como vigilante privado pese a sus estudios. Un conductor lo atropelló al adelantar otro vehículo. Úveda venía en bicicleta. “Una tía me llamó para decirme que estaba tirado en una cuneta. Fue como un martillazo en la cabeza”, recordó.
En su natal Nicaragua, el profesor caminaba seis horas para dar lecciones. Su caso aún no llega a juicio. En la Afavho, esta madre aprendió que entre todos es más fácil llevar la carga.
“Aquí todos nos entendemos”, dijo Idania Sandoval. Ella perdió a su sobrino, Melvin Soto Peralta, en San Felipe de Alajuelita, el 14 de marzo del 2009 en un asalto.