Todo el lado sur del camposanto de Grecia, construido en 1884, fue a dar a la carretera con todo y tapia. Algunos vecinos tuvieron que correr a ver qué hacían con los restos de sus familiares. La alerta se giró después del terremoto de Nicoya. Muchos no podían creer tales daños en esas latitudes del tercer cantón de Alajuela.
“Yo nunca había sentido un terremoto tan grande como ese. Dos días antes había sacado vacaciones y estaba haciendo un trabajo en una casa, cuando la administración del cementerio me llamó a reintegrarme al trabajo, pues habían quedado más de 40 de bóvedas guindando, al ceder el terreno”, explicó Mora.
Al día siguiente, don Rigoberto llegó y procedió a llamar a cada una de las familias a efecto de sacar los ataúdes con los cuerpos de cada bóveda para ir demoliéndolas.
Si algún familiar o allegado a los dueños de las bóvedas afectadas tenían espacio en otra, se coordinaba para pasar los restos a esas tumbas, otros tenían en el cementerio de Tacares y se pasaban para allá los cuerpos, y así se pasaron todos.
Las familias estaban consternadas, porque eso ahí nunca había ocurrido y para ellos fue una impresión muy grande. Además, hacer una nueva tumba significó para muchos una inversión que ronda ¢1 millón.
Según Mora, Incluso el muro donde trabajaba al momento del sismo, se balanceaba de un lado a otro y luego hubo que botarlo entre varios peones para evitar daños mayores.
Todas las bóvedas afectadas en el cementerio de Grecia se eliminaron. Se dejó esa parte de la tierra remecida por el terremoto como zona verde e incluso sembraron almendros. De igual forma se levantó un muro de gaviones en la parte que da con la calle aledaña, para evitar más deslizamientos.
Muchas otras bóvedas quedaron con problemas parciales, pero fueron retocadas por los dueños y todavía se ven algunas con desniveles, desalineadas e inclinadas a raíz del sismo.
La municipalidad procedió a conceder un derecho nuevo a las personas afectadas, para que en otro sector del camposanto pudieran levantar sus bóvedas. Muchas todavía están en construcción y otras ya fueron concluidas por don Rigoberto, quien años atrás dejó de ser el panteonero. Como también es albañil, ahora de dedica a construir las nuevas bóvedas, así como a reparar muchas de las que aún presentan daños.
“Había sentido el terremoto de Limón y el de Cinchona, pero este fue increíble, se llevó el primer lugar. Es el más bravo que yo he sentido”, rememoró.
