Los dos niños, de 9 y 11 años, se levantaban casi todos los días a eso de las 3 a. m. para desearle un buen día de trabajo a su papá, Édgar Antonio Casares Flores, de 38 años, quien era chofer de un autobús de la ruta de San José a La Carpio, en La Uruca.
Ambos menores, cuya identidad se reserva por petición de la familia, también se quedaban despiertos hasta pasadas las 11 p. m. para esperar a que su padre llegara del trabajo. Así, todos dormían tranquilos en su casa, en San Miguel de Desamparados, San José.
Sin embargo, desde el sábado 2 de enero, estos pequeños no tienen a quién esperar. A eso de las 10 p. m. de ese día, dos sujetos asaltaron el bus que manejaba Casares y, como él no quiso entregar el dinero, le dispararon en cuatro ocasiones.
El conductor, quien era de nacionalidad nicaragüense, murió al llegar al Hospital México, en La Uruca.
“Esos malandros mataron a mi hijo sin importar que dos niños necesitan de él. Lo mataron sin importarles que esos dos niños, que no entienden la maldad del mundo, van a crecer sin su papá”, lamentó Rita del Carmen Flores, mamá de Casares.
Flores detalló que la noticia afectó, sobre todo, al hijo mayor del conductor.
“Él no llora; parece como que se encierra en su mundo. Es bastante triste y doloroso ver que los niños tengan que pasar por esta situación. Al mayor lo vamos a tener que llevar a un psicólogo porque creemos que le costará superar este episodio.
”Por el contrario, el hijo menor es más expresivo; así que si tiene ganas de llorar, lo hace y ya; sentimos que eso lo hace sentir mejor”, manifestó la mamá del fallecido.
Sin dinero. La tristeza en sus hijos es solo una de las consecuencias que dejó el violento asesinato del chofer.
El conductor era el único proveedor del hogar, donde vivían sus dos niños, su esposa y Flores. Actualmente, la familia desconoce cómo hará para sobrevivir.
“¿Mi plan? No sé. No tengo. Supongo que nos van a dar alguna pensión por la muerte de él, pero no sé si nos va a alcanzar. De por sí, eso es lo que menos pensamos en este momento”, mencionó.
Michel Semaan, representante legal de la empresa Biusa (San José-La Carpio), explicó que la familia realiza los trámites para hacer efectivas las pólizas tanto del Instituto Nacional de Seguros como de la Caja Costarricense del Seguro Social.
“Todos nuestros trabajadores están asegurados. Pero, además de eso, les hemos ayudado con el funeral, por ejemplo”, mencionó la abogada.
‘Trabajador y noble’. Dentro del mal momento que pasa esta familia, Flores aseguró que hay tiempo también para sonreír y recordar lo “bello” que era su hijo.
La mujer recordó que ella y sus tres hijos (incluido Édgar) se vinieron para Costa Rica en 1991, luego de que su esposo muriera de causas naturales.
“Yo nunca había trabajado y, si me quedaba en Nicaragua, no sabía de qué íbamos a vivir. Todos mis hijos estudiaban, pero cuando nos vinimos para acá, las cosas cambiaron”, detalló.
En suelo tico, Édgar, de 14 años, tuvo que sacar la cara por la familia por ser el mayor de los hijos y comenzó a trabajar. Posteriormente, se dedicó a manejar buses de diferentes rutas.
“Él era muy conocido en todos lados por rutear; tenía amigos en todo lado. Él viajaba a Nicaragua a ver la familia y se encontraba con gente conocida; viajaba a Panamá y también reconocía a gente en la calle. Era muy querido”, narró la madre.
Según Flores, ese trabajo satisfacía a Édgar, pese a que ya le había tocado vivir un mal momento, hace unos años atrás (no recuerda la fecha exacta), cuando asaltaron el bus que manejaba en Los Guido de Desamparados.
“Fue un gran susto, pero esa vez los malandros estaban más dirigidos a los pasajeros. Por dicha, en aquel momento, no me le pasó nada”, dijo.
Desde ese tiempo, añadió, ella le pedía a su hijo que dejara ese trabajo, ya que temía por la vida de él. Agregó que incluso, un día Édgar buscó colocarse en una ferretería de Desamparados. “Ahí lo que hacía era transportar cosas del local. Se consiguió un camioncito y le dio duro a esa oportunidad”, relató.
Sin embargo, hace cuatro meses, ese vehículo se dañó y, como el padre de familia no tenía el dinero para arreglarlo, volvió a estar detrás del volante de un bus. En esta oportunidad, en la empresa Biusa, que da servicio a La Carpio, en La Uruca.
“Le decía que no estaba de acuerdo con eso, que es una ruta muy peligrosa, que tenía que tener cuidado. Él solo me respondía: ‘El peligro está en todo lado. Usted nada más encomiéndeme a Dios’”, lamentó la progenitora.
Semanas después, logró reunir el dinero para arreglar el carro. Pese a ello, prefirió seguir manejando bus porque su meta había cambiado: él quería guardar dinero para, en noviembre, devolverse a su tierra de origen.
“Ese era nuestro plan, pero yo le decía que dejara ese trabajo, porque me daba miedo. Él me decía que no porque le estaba yendo muy bien”, lamentó.
La última vez que Flores estuvo con su hijo fue el sábado 26 de diciembre. Ese día, el conductor le llevó una orquídea porque es su flor favorita.
“En ese momento, Édgar me dijo: ‘Cuidado se le olvida echarle agua’. Y, antes de irse a trabajar, me dijo: ‘Ya me voy, madre, solo una cosa te pido: si algo me pasa, cuida a mis hijos porque ellos son mi vida’”, recordó, entre lágrimas, la mamá.
