
Hay historias que empiezan en silencio. No con grandes anuncios, ni con decisiones planificadas, sino en espacios íntimos, casi invisibles. En el caso de Jana de Oliveira Pacheco, todo comenzó en la cotidianidad de una casa, en la compañía de su abuela y en el contacto temprano con el arte como forma de juego, de refugio y, sin saberlo, de destino.
Mucho antes de las agujas, de los estudios y de las agendas llenas, hubo pinceles, arcilla y tardes compartidas con su abuelita, quien sin darse cuenta se encargó de acercarla para que el gusanillo del arte le transmitiera una “enfermedad” imposible de curar, además, que ella se alegra de tener: arte puro.
Fue el nacimiento del arte en medio del arte. El fruto de acercarse a los colores sin saber, primero, para entretenerse, después, para disfrutar, más adelante, y para crecer, modelar y profesionalizarse, actualmente.
“Mi abuelita fue quien me enseñó a pintar. Ella iba a clases y me llevaba con ella porque me cuidaba mientras mi mamá trabajaba. Yo estaba ahí, viendo, probando, ensuciándome las manos… y así fue como el arte se me metió en las venas”, recuerda Jana.
Ese vínculo no solo le enseñó técnica, le enseñó una forma de ver el mundo. Le acomodó unos anteojos especiales que le provocaron una visión cargada de colores y un caleidoscopio para disfrutar de la vida, cuando muchos otros niños a su edad todavía veían las cosas sino en blanco y negro, con muy pocos tonos.

“Con ella aprendí a observar, a tener paciencia, a disfrutar el proceso. El arte no era una obligación, era algo que me hacía feliz, que me daba calma”. Porque así es como crecen las pasiones en el alma, el corazón y la piel sin presión, con pasión; sin obligación, con ilusión.
Su abuela, Lorena Vega Aragón, lo confirma desde el orgullo más puro: “Ella desde pequeña fue muy activa, muy coqueta, siempre con esa chispa. Yo la veía dibujar y sabía que tenía algo especial. Lo que ella quiere hacer, lo hace. Yo estoy demasiado orgullosa, eso no me cabe en el corazón”.

Mientras doña Lorena habla, se observa el tatuaje que su nieta le hizo, un colibrí. “Lo luzco siempre y con todo mi corazón. Es ella y mis otros nietos (se tatuó sus tres nombres) acompañándome siempre, en todo momento.

“Ese tatuaje nació perfecto porque me lo hizo ella, porque nunca sentí dolor mientras lo hacía y porque es una obra de arte cargada de felicidad de abuela”, asegura doña Lorena quien no está del todo segura si siempre quiso un tatuaje o se le ocurrió a mitad del camino. De lo que sí está segura es que lo agradece y lo luce con una luz especial y única, la luz del orgullo.
Ese gesto cierra un ciclo: la mujer que le enseñó a dibujar, ahora lleva en su piel la obra de su nieta.
“Todo lo que soy es gracias a ella. Sin ese inicio, sin ese amor por el arte, yo no estaría aquí”, confirma Jana.
El cuerpo como lienzo
Las etapas están muy bien definidas, la niñez fue el caldo de cultivo. Una etapa para sorprenderse, ilusionarse y aprender. La época de divertirse mientras la tinta le envolvía las manos y el entusiasmo. Eran días de pintura porque sí, del dibujo para ella, para los de la casa, para lo privado.

La adolescencia fue el puente entre ese arte íntimo y el mundo exterior. A los 17 años, mientras estudiaba inglés, Jana empezó a dibujar diseños que rápidamente comenzaron a circular entre sus compañeros.
Lo que era algo personal comenzó a gustar para afuera. Hubo sorpresa, “sí”, responde ella. Además, hubo la comprensión de que aquel gusto de los otros bien podía significar una puerta abierta por la que jamás había cruzado, de hecho, ni conocía.
Sin proponérselo, estaba entrando en el universo del tatuaje. “Yo hacía diseños por gusto, caricaturas, cosas inspiradas en animación, muy coloridas. Y la gente empezó a pedirme dibujos para tatuarse y a decirme ‘¿por qué no tatúa usted?’ En ese momento no sabía si atreverme, era muy joven, pero la idea me quedó dando vueltas”, cuenta.

Aquella etapa estuvo marcada por exploración, pero también por descubrimiento. Pasaba horas investigando estilos, referencias visuales, especialmente de animación clásica, lo que terminaría moldeando su identidad estética.
“Yo pasaba metida en internet viendo diseños, buscando inspiración, tratando de entender qué me gustaba. Ahí fui construyendo ese estilo ilustrativo, fantasioso, muy mío”. No fue fácil ni rápido.

Lo primero, fue comprenderse ella como artista, lo segundo, comprender que los otros ya la veían como tal y lo que siguió fue darle chispa a la dinamita artística que estaba esperando por explotar.
Un año después dio el salto
Tras la puerta abierta cada paso era nuevo y no había señales de alto. Conforme pasó el tiempo entendió que debía dejar de avanzar caminando porque urgía saltar, dejarse ir, superar la niña artista, acuerpar la joven dibujante y abrirle el universo entero a la tatuadora.
No solo por lo que escuchaba de la gente sino porque ya su corazón se lo estaba hasta gritando. Llegó el gran día.

“Cuando agarré la máquina por primera vez, sentí que todo tenía sentido. Era como trasladar lo que hacía en papel a algo vivo, a algo permanente. Y desde el inicio me fue bien, eso también me dio seguridad”.

Y comenzó a tatuar, tatuar y tatuar. Se dejó ir en caída libre. Aprendía mientras tatuaba, tatuaba mientras aprendía. Para tatuar nunca tuvo tiempo para errores. Desde entonces, no ha parado. Más de una década tatuando, aprendiendo, evolucionando.
Tatuaje y moda:la estética como identidad
En el trabajo de Jana hay una idea clara: el tatuaje no es solo una intervención estética, es una extensión del estilo personal.
En un mundo donde la imagen se construye con intención (desde la ropa hasta los accesorios) la piel también se convierte en narrativa.
“Para mí, el tatuaje es parte del estilo. Es como vestirse. Hay gente que se identifica con lo delicado, con lo fino, con lo minimalista, y eso se refleja en lo que decide tatuarse”, explica.
Las tendencias también juegan su papel. Como en la moda, los ciclos cambian.
“Antes se buscaban diseños más cargados, más estructurados. Ahora hay una tendencia fuerte hacia la línea fina, lo sutil. El tatuaje también responde a lo que la gente quiere proyectar”.

Y es que, como señalan especialistas del arte corporal, los tatuajes han estado históricamente influenciados por corrientes estéticas y modas, adaptándose a cada época y a la identidad de quienes los llevan.
Pero en Jana hay una intención clara de ir más allá de la tendencia. “Más que seguir modas, me interesa que cada tatuaje tenga sentido para la persona. Que sea algo que conecte con su historia, con su identidad. Eso es lo que lo hace realmente valioso”.
Aprender desde cero: disciplina, calle y oficio
El camino profesional no fue inmediato ni sencillo. Como muchos en la industria, empezó desde abajo, aprendiendo el oficio en su forma más cruda una vez que llegó a dar sus primeros pasos en un estudio de tatuaje.

“Yo hacía de todo: limpiaba, organizaba, llevaba agendas. Fue una etapa clave porque entendí que esto no es solo arte, es disciplina, es respeto por el proceso, por el cliente, por el espacio”.
Ese aprendizaje desde el nivel cero, en donde lo que realmente se hace es por pasión y decisión -porque se quiere y se entiende que ese es el camino- le permitió comprender la dimensión completa del tatuaje: técnica, ética y compromiso. “Una está marcando la piel de alguien para siempre. Eso implica una responsabilidad enorme”.
Ese inicio en los estudios de tatuaje significó, cada uno, la huella de un maestro, un tatuador experimentado con paciencia y ciencia para guiarla, enseñarle, canalizar esa pasión, dirigir el ímpetu por la ruta correcta hacia la tinta, hacia la piel, hacia el sentimiento.

Ella reconoce y agradece a todos los que sin tinta, pero con guía, le tatuaron el corazón con lecciones tan pacientes como exigentes. Cada tatuador que le regaló experiencia y guía, significaron piezas fundamentales en la Jana de hoy día, en la profesional exigente en la que se ha convertido.
También fue una etapa donde el contexto no siempre era fácil, especialmente para las mujeres. “Cuando yo empecé, éramos muy pocas tatuando en Costa Rica. Había historias de machismo, de ambientes complicados. Yo tuve suerte de encontrar gente que me apoyó, pero sé que no todas lo vivieron así”.
Hoy, el panorama ha cambiado. “El respeto hacia el trabajo de las mujeres ha crecido mucho. Ya no es raro ver estudios liderados por mujeres, y eso es súper valioso”.
Bandida Tattoo: estética, espacio y visión
Ese cambio también se materializa en su presente. Jana lidera Bandida Tattoo, un estudio en San José que no solo representa su crecimiento profesional, sino su visión estética.

“Para mí era importante crear un espacio donde todo tuviera coherencia: el arte, el ambiente, el equipo”.
El estudio, integrado únicamente por mujeres, responde a esa intención. “Somos cinco, todas mujeres, y eso genera una dinámica muy especial. Hay confianza, hay apoyo, hay respeto por el trabajo de cada una”.

El espacio también refleja su interés por otras áreas creativas. “Durante el proceso de armar el estudio, descubrí que me encanta la decoración de interiores. Cada detalle tiene intención. Es como extender el arte más allá de la piel”.
Una industria que también es cultura
El crecimiento de Jana no se limita a lo personal. También forma parte de una generación que está empujando el tatuaje hacia espacios más amplios: culturales, artísticos, incluso académicos.

Hoy, el tatuaje se entiende cada vez más como una disciplina compleja, que combina técnica, estética y narrativa.
“Es un arte que tiene muchísimo por explorar todavía. Cada persona que se tatúa trae una historia, una intención, una emoción. Eso lo hace único”.
Redes sociales para tintas reales
Jana encontró en las redes sociales un territorio nuevo que terminó por convertirse en una extensión natural de su oficio. A través de videos donde comparte su proceso, su arte y la dedicación que imprime en cada tatuaje, ha logrado conectar con miles de personas que hoy siguen de cerca su trabajo.

Con más de 120 mil seguidores y cerca de 2.000 publicaciones, su perfil es mucho más que una vitrina: es un espacio donde convergen creatividad, experiencia y cercanía. Entre tinta, consejos y fragmentos de su día a día, Jana ha construido una comunidad que no solo admira su trabajo, sino que también ha fortalecido de forma directa su crecimiento profesional y su clientela.
También fue en lo digital donde encontró uno de los impulsos clave para dar el siguiente paso: fundar su propio estudio de tatuaje, Bandida, un espacio que refleja su estilo, identidad y visión del oficio, y en el que trabaja con otras 4 tatuadoras.

Ese crecimiento en redes no solo fortaleció su clientela, también amplificó el reconocimiento de su trabajo dentro de la escena local. Por eso, su presencia como figura central en el Pura Tinta Fest —el evento de tatuaje más importante del país— no resultó casual, sino coherente con el camino que ha venido construyendo.
Más que una convención, este encuentro se ha consolidado como uno de los espacios más relevantes de la cultura alternativa en Costa Rica, donde convergen arte, identidad y nuevas formas de expresión.

“Durante tres días (entre febrero y marzo pasados), se contó con la presencia de más de 200 tatuadores, entre talento nacional e invitados internacionales, todos trabajaron en vivo, compitiendo y compartiendo su arte en un mismo espacio”, explicó la organización quien usó a Jana como bandera de batalla para promocionar el encuentro de tatuadores.
El futuro: expandir sin perder la esencia
El “universo tatuaje” recién comienza a ser explorado por Jana a pesar de toda su experiencia. Ello lo ve así por lo amplio del espectro. Por estos días del 2026, incluso desde antes, al parecer el espacio que hay entre Paso Canoas y Peñas Blancas se le ha quedado pequeño a la artista quien ahora pone su mirada y objetivos en estadios internacionales.
A pesar de los logros, Jana mantiene una mirada inquieta. “Quiero seguir creciendo, viajar, tatuar en otros países, explorar otras ramas del arte. Me gusta aprender, no quedarme quieta”.
También quiere fortalecer su estudio como espacio creativo. “Un estudio no es solo un lugar donde se tatúa. Es un equipo, una energía, una forma de trabajar. Eso es lo que quiero seguir construyendo”.
Y en medio de todo, mantiene una certeza clara: “El tatuaje me lo ha dado todo. Lo que tengo, es gracias a esto. Y lo más bonito es que sigo sintiendo lo mismo que al inicio: ganas, pasión y emoción”.

Porque al final, lo que Jana de Oliveira ha construido no es solo una carrera. Es una estética, una identidad… y una forma de convertir la piel en historia.
