El cáncer de mama no siempre comienza con dolor, una masa evidente o una señal que obligue a detenerse. A veces aparece en una mamografía de control, en una lesión que nadie esperaba encontrar o en una llamada telefónica capaz de dividir la vida en un antes y un después.
En Costa Rica, la enfermedad representa uno de los principales desafíos oncológicos para las mujeres: los registros nacionales la colocan entre los tumores malignos de mayor incidencia.
Pero detrás de cada número hay una historia que no se parece a otra. Hay mujeres que recibieron el diagnóstico cuando sentían que tenían la vida en orden; otras que volvieron a escuchar la palabra cáncer años después de haberlo superado; mujeres que tuvieron que enfrentarse a una mastectomía, al dolor, a los cambios frente al espejo y a preguntas que nunca imaginaron hacerse sobre su propio cuerpo.
En este reportaje, cuatro sobrevivientes cuentan desde lugares distintos qué significó para ellas atravesar la enfermedad: el miedo de las primeras noticias, la incertidumbre, la fuerza de la familia, la fe, las cicatrices y ese proceso íntimo de aprender a reconocerse nuevamente.
Y mientras sus testimonios muestran el rostro humano de la enfermedad, la Dra, ginecóloga oncóloga Michelle Wright explica qué factores pueden aumentar el riesgo, cuáles son las señales que no deberían ignorarse y por qué la detección oportuna puede cambiar el camino de una paciente.
El reportaje también llega hasta una etapa de la que muchas veces se habla menos: la vida después de la cirugía y las posibilidades que existen para reconstruir la mama.
El cirujano plástico reconstructivo Pablo Solís explica las alternativas, desde implantes y expansores hasta técnicas que utilizan tejido de otras partes del cuerpo, y recuerda que no existe una única reconstrucción ni una decisión que deba tomarse para satisfacer las expectativas de los demás.
Porque sobrevivir al cáncer no significa simplemente terminar un tratamiento. También puede significar volver a habitar el cuerpo, mirar una cicatriz sin que esta defina quién se es, recuperar la confianza y decidir qué viene después. Para algunas mujeres será reconstruirse físicamente; para otras, será encontrar una nueva manera de reconocerse. En todos los casos, la historia continúa mucho después de que termina la cirugía.

Cáncer de mama: no espere a sentir un bulto
Conocer los propios senos, estar atenta a los cambios, mantener hábitos saludables y cumplir con los controles médicos son parte de una estrategia que puede ayudar a detectar esta enfermedad a tiempo. Los avances en diagnóstico y tratamiento también han cambiado el panorama para muchas mujeres.
El cáncer de mama no siempre avisa. En ocasiones puede desarrollarse sin dolor, sin cambios visibles y sin una masa que pueda sentirse al tocar el seno. Precisamente por eso, esperar a encontrar un bulto para consultar puede significar llegar tarde a una lesión que ya podía haber sido identificada mediante un estudio de detección.
La recomendación de la Dra. Michelle Wright, especialista en gineco oncología, es cambiar la mirada sobre el llamado “autoexamen de mama”.
En lugar de concentrarse únicamente en buscar una masa, propone que las mujeres aprendan a conocer sus senos: identificar cómo se ven normalmente, cómo se sienten y cuáles son sus características habituales para poder reconocer cualquier modificación nueva.
“Yo cambiaría de autoexamen a conocerse”, explica la especialista. Una retracción, una alteración en la piel, un cambio en el pezón, una diferencia que antes no existía o una masa son señales que merecen atención y valoración médica.
Pero conocer el propio cuerpo no sustituye los controles. La mamografía tiene precisamente el objetivo de encontrar lesiones pequeñas que todavía no son palpables.
La Dra. Wright la señala como una herramienta fundamental para la detección y explica que, dependiendo de las características de cada mujer, puede complementarse con un ultrasonido u otros estudios.
Más allá de la mamografía
La salud mamaria no se resume en una fecha marcada en el calendario para realizarse una mamografía. También implica considerar los antecedentes personales y familiares, la edad y otros factores de riesgo para determinar cuáles estudios necesita cada mujer y con qué frecuencia.
La mamografía y el ultrasonido, además, no cumplen exactamente la misma función. La mamografía permite detectar determinadas lesiones que pueden pasar inadvertidas al tacto, mientras que el ultrasonido puede aportar información adicional en determinadas situaciones.
“Siempre es importante como que una le ayuda a la otra, ya que existen casos en los que pueden requerirse estudios más especializados, como una resonancia magnética”, agrega la especialista.
Por eso, más que asumir que todas las mujeres necesitan exactamente el mismo esquema, la recomendación es conversar con un profesional de salud y establecer un plan de seguimiento acorde con las características individuales.
Un bulto no significa automáticamente cáncer
Encontrar una masa en el seno puede generar miedo inmediato. Sin embargo, una de las ideas que la especialista considera importante aclarar es que no toda masa es maligna.
Existen lesiones benignas, como los quistes y los fibroadenomas, además de cambios relacionados con la lactancia y otras condiciones que pueden producir una masa o alteración en el tejido mamario.
Eso no significa que una mujer deba restarle importancia a un cambio. Por el contrario: cualquier masa nueva debe ser valorada para determinar de qué se trata.
La edad también es un elemento que el médico tendrá en cuenta. No se interpreta de la misma manera una masa en una mujer joven que una que aparece después de los 40 años. Sus características, si se mueve, si duele, cuánto tiempo lleva allí o si apareció recientemente, también forman parte de la valoración.
Y hay otro mito que conviene dejar atrás: el cáncer de mama no necesariamente duele. De acuerdo con la especialista, generalmente no provoca dolor en sus primeras etapas. Por eso, la ausencia de molestias tampoco debería convertirse en una razón para posponer los controles.
Cinco hábitos que también cuentan
La prevención comienza mucho antes de entrar a un consultorio. Aunque ningún hábito garantiza que una mujer no vaya a desarrollar cáncer de mama, mantener un estilo de vida saludable forma parte del cuidado integral de la salud.
Moverse: La actividad física regular es parte de un estilo de vida saludable. La especialista recomienda combinar ejercicios de fuerza y resistencia y prestar especial atención al mantenimiento de una masa muscular adecuada.
Cuidar el peso y la composición corporal: Más que perseguir un número específico en la balanza, la doctora pone énfasis en mantener una composición corporal saludable y suficiente masa muscular.
Alimentarse mejor: Una alimentación equilibrada, con presencia de proteínas y vegetales variados, forma parte de las recomendaciones generales de salud.
Dormir: El descanso también tiene un papel dentro del bienestar general. Wright recomienda procurar entre siete y nueve horas de sueño por noche.
Reducir sustancias perjudiciales: Evitar el tabaco y limitar el consumo de alcohol son medidas importantes para cuidar la salud.
Estos hábitos no sustituyen la detección temprana ni eliminan por sí solos el riesgo de cáncer de mama, pero sí forman parte de una estrategia de salud integral.
El diagnóstico no determina un único camino
Hablar de cáncer de mama también implica reconocer cuánto ha cambiado su tratamiento.
Un diagnóstico no significa automáticamente que una mujer tendrá que someterse a una mastectomía, ni que todas las pacientes necesitarán quimioterapia o radioterapia. El tratamiento depende de las características específicas de cada tumor.
Así como hay diferentes tipos de mujeres, hay diferentes tipos de tumores malignos.
En algunos casos puede realizarse una cirugía conservadora de mama, en la que se retira el tumor y se preserva parte del seno. También existen estrategias quirúrgicas que permiten evaluar los ganglios linfáticos sin realizar necesariamente el vaciamiento completo de la axila que era más habitual en el pasado.
Después pueden indicarse otros tratamientos, dependiendo del tipo de tumor: quimioterapia, radioterapia, terapia hormonal u otras alternativas.
La medicina, explica la especialista, ya no parte de una receta única para todas las pacientes. El objetivo es determinar qué necesita cada mujer de acuerdo con el tipo, tamaño y comportamiento biológico de su tumor.
Y ahí vuelve a aparecer una de las claves de todo el proceso: detectar temprano ofrece más posibilidades de tratamiento y permite tomar decisiones con mayor información.
La salud de los senos, por eso, no debería comenzar cuando aparece una preocupación. Empieza por conocer el propio cuerpo, hacerse los controles correspondientes y consultar cuando algo cambia.
Señales que no debería pasar por alto
Conocer los senos significa también prestar atención a cambios que antes no estaban. No todos son indicios de cáncer, muchos pueden deberse a condiciones benignas, pero una modificación nueva merece ser valorada por un profesional.
Consulte si nota:
- Un bulto o masa nueva en la mama o en la axila.
- Un cambio en el tamaño o la forma de una de las mamas que no sea habitual.
- Hundimientos o retracciones en la piel o en el pezón.
- Cambios en la piel, como enrojecimiento, engrosamiento, descamación o una textura diferente.
- Secreción por el pezón, especialmente si aparece de manera espontánea o contiene sangre.
- Un cambio reciente en el pezón, como que se retraiga hacia adentro cuando antes no era así.
- Hinchazón o aumento de volumen en una zona de la mama.
- Una alteración que persiste y que no corresponde con los cambios habituales del ciclo menstrual.
La recomendación no es entrar en alarma ante cada cambio. Una masa, por ejemplo, puede corresponder a un quiste, un fibroadenoma u otra condición benigna. Sin embargo, la única manera de saber qué está ocurriendo es mediante una valoración médica.
También es importante recordar que el cáncer de mama puede aparecer sin dolor. Por eso, sentirse bien o no tener molestias no significa que los controles puedan omitirse.
El día que Joana volvió a reconocerse
Después de atravesar la muerte de sus padres, una profunda depresión, el cáncer de mama y una mastectomía, Joana García sintió que había perdido demasiadas partes de su vida. La reconstrucción mamaria no fue para ella un asunto de vanidad: significó recuperar su cuerpo, su seguridad y una parte de la mujer alegre que sentía que había quedado atrás.

Hay pérdidas que llegan de una en una y otras que parecen caer todas al mismo tiempo. Joana García conoce bien esa sensación. En apenas unos años perdió a sus padres, se alejó de su trabajo como maestra, dejó atrás el deporte que tanto amaba, atravesó una profunda depresión y, cuando todavía intentaba encontrar la manera de levantarse, recibió un diagnóstico que volvió a cambiarle la vida: cáncer de mama.
Tenía 48 años cuando una noche, poco después de regresar de un viaje con su esposo, se tocó el pecho casi por intuición. Sintió un bulto. No estaba segura de que estuviera allí antes. Le pidió a su esposo que lo revisara y, desde ese momento, comenzó una carrera contra el tiempo.
De inmediato comenzaron los estudios. Lo que parecía una revisión de rutina terminó confirmando un tumor, grado 2 y de crecimiento rápido. A los pocos días Joana ya estaba recibiendo atención en el Hospital México y poco después comenzó la quimioterapia: cuatro ciclos de la llamada quimioterapia.
La enfermedad llegó después de un período especialmente doloroso. Un conflicto laboral la llevó a una fuerte crisis emocional. Joana, que había corrido maratones y ultramaratones de montaña y llevaba una vida físicamente muy activa, dejó el deporte y tuvo que ser reubicada en su trabajo.
Luego, murió su madre. Dos meses después murió su padre. Joana era hija única.
“Perdí mi mamá, perdí mi papá, perdí el deporte, perdí mi identificación como maestra”, recuerda. A todo eso se sumaron dificultades familiares y un período de depresión complicado.
Cuando llegó el cáncer, Joana ya venía de varios años en los que sentía que su vida se había ido desarmando pieza por pieza.
Una noticia que llegó de golpe
El diagnóstico no llegó después de una larga sospecha. Joana fue a realizarse los estudios pensando que se trataba de una revisión más. Sin embargo, recuerda que la radióloga apenas comenzó el examen y le pidió que esperara.
Después vino la frase que nadie quiere escuchar.
“Tenés cáncer de mama”.
La quimioterapia trajo consigo uno de los cambios que más le afectaron: la caída del cabello. Joana reconoce que siempre ha tenido dificultades con su imagen corporal y que, por eso, procuró seguir arreglándose durante el tratamiento. Sombreros, accesorios y pequeños detalles le ayudaban a sentirse ella misma.“La quimio no me robó la paz”, cuenta. Pero sí hubo algo que la golpeó profundamente: lo que vendría después.
“A mí no me dieron opción”
La cirugía terminó con una mastectomía. Ella recuerda aquella etapa como uno de los momentos en los que más sintió que había perdido el control sobre su propio cuerpo.
Después de la operación comenzó a preguntar por la reconstrucción. Quería saber cuáles eran sus posibilidades, pero sintió que las decisiones se habían tomado sin explicarle realmente que existían alternativas.
Johana comenzó a entender que reconstruirse no significaba ser superficial ni restarle importancia a haber sobrevivido. También tenía derecho a querer recuperar su cuerpo.
Y entonces comenzó otra búsqueda.
Las palabras que no pudo olvidar
En ese camino tuvo una experiencia que todavía recuerda con dolor. Consultó con un médico que, según cuenta, no era cirujano plástico, algo que ella desconocía. Durante la cita, el profesional evaluó su cuerpo y le explicó que no era candidata para determinada técnica de reconstrucción.
Pero, según recuerda Johana, la manera de comunicarlo fue devastadora.
Le dijo que, si se sometía a una reconstrucción, podía quedar “como un monstruo”. Ella y su esposo salieron del consultorio en silencio. No hablaron durante buena parte del camino de regreso a San Ramón. Joana lloró durante días y llegó a pensar que no quería volver a exponerse a otra consulta, pero su esposo insistió.
Llamaron al Centro Europeo de Cirugía y todo fue distinto desde el primer instante.
Así llegó al doctor Solís. La experiencia fue completamente distinta. Después de valorar su caso, el especialista le explicó que podía realizar la reconstrucción perfectamente mediante un implante.
Y el 25 de abril llegó una fecha que Johana difícilmente olvidará: el día en que recuperó su pecho.
Volver al espejo
“Para mucha gente es una tontería, pero para mí verme todos los días en el espejo era una tortura”, dice.
No le importa la cicatriz. No le preocupa que se extienda hacia la espalda. Lo que le dolía era mirarse y sentir que faltaba una parte de su cuerpo.
Después de la reconstrucción, algo cambió. Volvió a mirarse y a sentirse completa.
Para Joana, eso no significa negar la enfermedad ni olvidar lo que ocurrió. Significa recuperar una parte de sí misma que había quedado enterrada debajo de años de pérdidas, tratamientos y miedo.
“Me devolvió mi pecho”, dice. Su esposo lo expresa de otra manera. La última vez que habló con el cirujano, le agradeció por haberle devuelto a su esposa.
Porque Johana siente que durante los últimos años se había convertido en un “hoyo negro”, una mujer que había perdido muchas de las cosas que antes la definían.
Una buena noticia después de tantas pérdidas
El proceso médico también le ha dado motivos para celebrar. El análisis de patología realizado después de la cirugía mostró una respuesta patológica completa y los ganglios que le retiraron resultaron negativos.
Durante la reconstrucción, el cirujano realizó además una nueva biopsia. Hace aproximadamente un mes y medio recibió otra llamada que esperaba con ilusión: el resultado era nuevamente favorable.
Para Johana, la reconstrucción mamaria fue mucho más que volver a tener un pecho. Fue volver a ponerse frente al espejo sin sentir que quería apartar la mirada. Fue recuperar la posibilidad de ir al gimnasio. Fue dejar de esconder una parte de su cuerpo. Fue, sobre todo, empezar a recuperar a la mujer que había sido antes de que tantas pérdidas se acumularan.
Cuando el espejo es el que da la alerta
Durante años, Gabriela Rodríguez estuvo acostumbrada a cuidar de todos menos de sí misma. Madre de tres hijas y con una exigente trayectoria de 36 años en el Ministerio de Educación Pública, había aprendido a poner las necesidades familiares y laborales por delante de las propias. Hasta que un día se miró al espejo y descubrió que uno de sus senos había cambiado.

Gaby (como prefiere que la llamen) recuerda aquel momento como algo sencillo que, con el paso del tiempo, adquirió un significado enorme. Un día tuvo tiempo para mirarse con detenimiento, algo que no ocurría con frecuencia.
Frente al espejo observó que su seno izquierdo tenía una modificación en la piel: pequeños hundimientos que alteraban la forma habitual de la mama. Se palpó, pero no encontró ninguna masa ni sintió dolor. Aun así, algo dentro de ella le dijo que aquello no era normal.
En ese entonces tenía tres hijas, estaba separada y trabajaba jornadas completas en el Ministerio de Educación Pública. Durante 36 años ocupó diferentes puestos, desde docente de preescolar hasta directora y asesora regional y nacional.
Su trabajo era demandante, pero también lo era su vida familiar. “Era muy mamá, muy ama de casa. Me interesaba mucho que la casa funcionara”, recuerda. Su personalidad perfeccionista la llevaba a procurar que todo estuviera en orden y, en medio de esa dinámica, su propio bienestar fue quedando en segundo plano.
Aunque alguna vez le habían explicado cómo realizarse un autoexamen, reconoce que no era constante. Además, tenía implantes mamarios y le resultaba más difícil identificar mediante el tacto cualquier modificación.
Mientras tanto, comenzaron a aparecer otros cambios. Había perdido peso de manera importante. Una compañera terminó por advertirlo. “No te escondas en los papeles. A vos algo te está pasando”, le dijo. Aquella frase hizo que Gaby regresara a su casa y volviera a observarse. Esta vez, frente a un espejo de tres caras, la diferencia entre ambos senos era mucho más evidente.
Una señal que no era una “pelota”
Su hija también lo vio y de inmediato fueron a un especialista que le indicó que necesitaba una biopsia. El procedimiento resultó traumático. Durante la intervención sufrió un sangrado importante que, según recuerda, llegó a proyectarse hasta la pared.
El seno se inflamó considerablemente y apareció un enorme hematoma que se extendía desde las costillas hacia arriba. Tenía dolor y apenas podía mover el brazo, pero continuó asistiendo a la oficina mientras esperaba los resultados. Hasta que un día su familia recibió primero la noticia y tuvo que buscar la manera de contársela.
El diagnóstico fue de cáncer. El tumor estaba ubicado en una zona cercana al pezón y, según la explicación que recibió, tenía un patrón de crecimiento diferente al de aquellos cánceres que forman un bulto fácilmente identificable al tacto.
Perder un seno
Después de una serie de estudios, los médicos recomendaron realizar una mastectomía radical.
Después de aproximadamente seis horas en el quirófano, Gaby despertó y lo primero que hizo fue llevarse la mano al pecho. Encontró un vendaje y, debajo de él, ya no estaba su seno izquierdo. Durante varios meses tuvo un seno y un expansor que se iba llenando poco a poco. Pero el tratamiento apenas comenzaba. Una valoración posterior determinó que el cáncer era grado 2 y que había compromiso de tres ganglios, por lo que debía iniciar quimioterapia.
Seis sesiones para sobrevivir
Los efectos de la quimioterapia fueron intensos. Sentía que se quemaba por dentro y no podía acostarse. Permaneció sentada al borde de la cama mientras sus hijas tenían que cambiarle la pijama una y otra vez debido a la sudoración. En algunas sesiones estuvo tan debilitada que los médicos llegaron a valorar si podía continuar con el tratamiento.
También tuvo afectación en el hígado y sufrió diferentes lesiones y molestias en las mucosas. La nariz y los ojos llegaron a cerrársele hasta el punto de sentir que no podía respirar ni abrir los párpados. El cabello, las cejas y las pestañas desaparecieron y su piel cambió. Su cuerpo dejó de parecerle familiar, pero quizá lo más difícil era saber que sus hijas estaban viviendo la enfermedad junto con ella.
Un día se miró al espejo y vio una mujer que le resultaba difícil reconocer: no tenía seno, cejas ni pestañas, estaba deshidratada y su piel había cambiado de color. Sin embargo, en lugar de quedarse únicamente con la imagen de las pérdidas, sintió algo diferente. “Me vi el alma. Me vi quién era yo”, dice. Aquel momento le permitió reconocerse más allá de la enfermedad y de los cambios físicos que estaba atravesando.
Una mujer partida en dos
Gaby regresó a su trabajo con apenas un centímetro de cabello. Su reincorporación tampoco fue sencilla. Recuerda que una superiora le preguntó para qué había regresado y le planteó la posibilidad de ser reubicada. Pero ella necesitaba trabajar y no podía darse el lujo económico de abandonar su empleo. Así que continuó, incluso cuando todavía estaba recuperándose de todo lo que había vivido.
Con el paso de los años, las secuelas físicas permanecieron. La diferencia entre ambos lados del cuerpo era evidente y comenzó a experimentar fuertes dolores de espalda debido a la asimetría.
Después de pensionarse y recibir sus prestaciones, decidió utilizar parte de ese dinero para una nueva cirugía reconstructiva. Tenía miedo. Había pasado por demasiadas intervenciones y no quería exponerse nuevamente a un procedimiento. Pero Gaby tenía sus propias razones: quería aliviar el dolor de espalda, corregir la asimetría y, sobre todo, dejar atrás aquella sensación de frío que durante años le había recordado la pérdida.
Reconstruirse para volver a sentirse Gaby
Llegó llena de esperanza al Centro Europeo de Cirugía y ahí todo cambió. La cirugía fue compleja. Había aparecido una segunda lesión que obligó a retirar más tejido y había poca piel disponible para trabajar. Para reconstruir y rellenar la zona se utilizó grasa de su propio cuerpo. El procedimiento no borró las cicatrices ni devolvió exactamente el cuerpo que tenía antes del cáncer, pero sí produjo un cambio que para ella fue enorme.
La sensación de frío desapareció y también mejoró la asimetría que durante años había afectado su espalda y su imagen corporal. Gaby comenzó a sentirse más cómoda al vestirse y, poco a poco, recuperó una sensación que había perdido después de la mastectomía: la de sentirse integrada.
Hoy dice sentirse nuevamente Gaby. La reconstrucción, para ella, no fue simplemente una decisión estética. Fue una manera de recuperar comodidad, aliviar molestias físicas y volver a reconocerse frente al espejo después de años de tratamientos y cambios.
Su historia comenzó precisamente frente a un espejo, cuando tuvo tiempo de observarse y descubrió que algo había cambiado. Años después, vuelve a mirarse, pero desde otro lugar. Ya no ve solamente lo que perdió, las cicatrices o las consecuencias de la enfermedad. Ve todo lo que atravesó y, sobre todo, a la mujer que permaneció detrás de cada uno de esos cambios.
“Quiero ver a mi hijo crecer”
Después de descubrir un cáncer que comprometía prácticamente toda su mama derecha, María José enfrentó una mastectomía, complicaciones después de la cirugía y el desafío de aceptar un cuerpo diferente. Su tratamiento continúa y, como parte de la terapia contra un tumor hormonosensible, atraviesa una menopausia inducida que le ha cambiado la forma de vivir. En medio de todo, una razón permanece intacta: quiere ver crecer a su hijo.

Hay momentos en los que la vida cambia sin pedir permiso. Para María José ocurrió una noche cualquiera, mientras veía televisión. No estaba buscando nada, no tenía dolor ni una preocupación particular. Simplemente llevó la mano a su pecho y sintió algo diferente. No era exactamente una bolita, tampoco podía describirlo con claridad. Solo sabía que aquello no estaba ahí antes.
En ese momento, su vida estaba concentrada en otras cosas. Tiene un hijo de 11 años y por entonces atravesaban una transición familiar importante: el cambio de escuela del pequeño. Entre llevarlo, acompañarlo a estudiar, ir y venir y atender las responsabilidades de todos los días, el cáncer estaba completamente fuera de su pensamiento.
Esa sensación de preocupación que no le dejaba
María José trataba de ser positiva, de pensar en otra cosa pero la preocupación no la dejaba ni un segundo; finalmente decidió consultar con su médico y posteriormente acudió al ginecólogo. La primera respuesta buscó tranquilizarla. Le explicaron que podía no ser nada y que, como además sentía dolor, había razones para pensar positivamente. Incluso escuchó una frase que todavía recuerda: “El cáncer no duele”.
Se hizo una mamografía y un ultrasonido. Y fue este último estudio el que permitió observar con mayor claridad que algo no estaba bien.
Después llegó una llamada que encendió todas las alarmas. Su médico estaba fuera del país cuando recibió los resultados y decidió comunicarse con ella de inmediato a través de una corta pero determinante llamada telefónica. Para María José, aquel detalle fue suficiente para sospechar que algo no marchaba bien.
¿Por qué me está llamando?, recuerda haber preguntado; la respuesta fue que necesitaba realizarse una biopsia urgente.
Todavía no había un diagnóstico definitivo, pero aquella palabra cambió la dimensión de lo que hasta entonces había intentado mantener bajo control y días después recibió la confirmación de lo que temía escuchar.
La lectura del diagnóstico
Estaba sola en su casa cuando leyó el diagnóstico. Lo volvió a leer una y otra vez, intentando entender aquellas palabras largas que parecían pertenecerle a alguien más. “Sentí que el tiempo se detuvo”.
Las lágrimas comenzaron a correr y no pudo detenerlas. Cuando llegó su esposo, María José le mostró el diagnóstico. Él tampoco podía creerlo, pero su respuesta fue inmediata: estaría a su lado y la acompañaría en todo lo que necesitara.
Aquella fue, recuerda, la vez que más lloró. Después decidió que tenía que seguir, que ser positiva, necesitaba ver crecer a su pequeño.
En aquel momento el miedo no había desaparecido pero se sentía más fuerte.
“Yo quiero ver a mi hijo crecer, necesito estar ahí para él; tengo que seguir, debo ser fuerte, es mi única opción”.
Con esa determinación comenzó una etapa en la que cada respuesta abría nuevas preguntas.
Los estudios posteriores mostraron que la enfermedad era mucho más extensa de lo que inicialmente se había observado. Lo que parecía ser un tumor de unos cinco centímetros comprometía prácticamente toda la mama derecha.
Una mastectomía completa llegó de repente
Los médicos le explicaron que la opción era una mastectomía completa. Para María José, aquello significaba despedirse de una parte de su cuerpo. No era solamente una cirugía. Era aceptar que, después de la operación, su cuerpo sería diferente.
Intentó encontrarle un significado que le permitiera atravesar ese momento.
Pensó en su hijo. Pensó en todo lo que había vivido. Y, en medio de una situación que jamás había imaginado, llegó a decirse a sí misma que aquella parte de su cuerpo ya había cumplido su misión.
“Ya cumplió. Tengo a mi hijo. Gracias a Dios. Y aquí es dejarlo ir”.
Despertar en cuidados intensivos
Semanas después ingresó al hospital para la cirugía. Pero el procedimiento tuvo complicaciones. Desarrolló un hematoma importante y tuvo que ser intervenida nuevamente. Al despertar, estaba en cuidados intensivos.
A partir de entonces comenzó otra batalla: sanar físicamente, recuperar fuerzas y aprender a mirar un cuerpo que había cambiado.
Uno de los momentos más difíciles llegó frente al espejo.
Verse por primera vez sin una mama fue extraño. María José sentía que aquella imagen no correspondía con la persona que ella conocía. Era como observar una realidad ajena, hasta que poco a poco tuvo que entender que aquella era ahora su realidad.
“Dios mío, ahora tengo que aceptar esta nueva realidad”. Y aceptarla no significó que fuera fácil.
Significó aprender a tener paciencia consigo misma. Entender que sanar no ocurre de un día para otro. Y reconocer que, aunque había perdido una parte de su cuerpo, también había ganado una nueva oportunidad de estar con las personas que ama.
En ese camino, su esposo tuvo un papel fundamental. También los médicos que la acompañaron durante el proceso y, especialmente, la familia y los amigos que estuvieron presentes de maneras que quizá antes parecían pequeñas, pero que durante la enfermedad adquirieron un valor enorme.
Contra sus propias hormonas
Actualmente, por recomendación de los especialistas se está sometiendo a una menopausia química anticipada, debido a que tumor es hormono sensible por lo tanto necesitan suprimir sus hormonas todo lo que se pueda para evitar que exista una recaída, ya que las hormonas son las que alimentan el tumor.
“El tratamiento es fuerte, me faltan sesiones de quimioterapia y radioterapia, son medicamentos fuertes y es un proceso complejo en el que por la menopausia inducida puedo llorar de un momento a otro, sudar como si me estuviera quemando y de repente me siento feliz y con paz… es una montaña rusa de emociones”, contó María José.
El apoyo hace la diferencia
Una llamada. Una visita. Un mensaje. Un almuerzo llevado hasta la casa. “Son cosas que uno dice: Dios mío, gracias”.
Hay días, cuenta María José, en los que el cansancio es tan grande que levantarse parece imposible. Y entonces alguien llega con comida, pregunta cómo está o simplemente se hace presente. Esos gestos se convierten en una forma de sostenerla.
Para ella, esa red de apoyo ha sido como un abrazo al alma.
Durante la enfermedad comprendió algo que antes quizá pasaba inadvertido: el amor de las personas que están alrededor también puede convertirse en una forma de medicina.
“Eso solo lo hace la gente, el cariño. Eso no sale en un frasquito de proteína, ni en una vitamina, ni en una inyección”.
Hoy, cuando mira hacia atrás, María José reconoce que el cáncer cambió su manera de ver muchas cosas. La enfermedad le quitó certezas, transformó su cuerpo y la obligó a atravesar momentos que nunca imaginó vivir. Pero también le permitió descubrir la fuerza de los vínculos que la rodean.
Aprendió a recibir ayuda. A dejarse cuidar. A valorar un almuerzo llevado a casa, una palabra de aliento o la presencia silenciosa de alguien que decide quedarse. Agradece a su familia que ha sido el soporte que le ha permitido sobrellevar el proceso.
Y, sobre todo, aprendió a aferrarse a aquello que desde el primer día le dio una razón para continuar.
Porque entre biopsias, diagnósticos, médicos, cirugías, una habitación de cuidados intensivos y el espejo de una nueva realidad, hubo una idea que permaneció intacta: quería verlo crecer.
Ese deseo se convirtió en su punto de partida. Y también en su manera de seguir.
Me le tiré encima a Dios
A Vivian Chávez le diagnosticaron cáncer de mama por primera vez pocos meses antes de cumplir 40 años. Seis años después de terminar su tratamiento, un control detectó una nueva lesión de apenas siete milímetros. Esta vez el camino será más complejo, pero hay algo que Vivian tiene claro: no piensa recorrerlo sola. Su fe y su familia se convirtieron en sus principales fuerzas para enfrentar nuevamente la enfermedad.

Vivian tenía 46 años cuando volvió a escuchar la palabra cáncer. Habían pasado seis años desde que terminó su primer tratamiento y, durante ese tiempo, había continuado con sus controles médicos.
No tenía una bolita, no sentía dolor ni había notado ningún cambio en su cuerpo. Se sentía tranquila, porque creía que aquella etapa comenzaba a quedar atrás.
Sin embargo, uno de sus controles reveló una pequeña lesión de apenas siete milímetros, una alteración tan diminuta que habría sido imposible descubrirla simplemente al tocarse el pecho.
La primera vez que escuchó la palabra cáncer estaba a pocos meses de cumplir 40 años. Era una etapa que recuerda como especialmente significativa: iniciaba una relación, atravesaba el duelo por la muerte de su abuela Pilar, una mujer fundamental para su familia.
En aquella primera ocasión se trataba de un carcinoma localizado en uno de los conductos de la mama. El tratamiento consistió en una cuadrantectomía, radioterapia y posteriormente cinco años de medicamento oral.
El proceso fue manejable desde el punto de vista médico, pero dejó una huella emocional difícil de explicar. Porque incluso cuando los tratamientos terminan y los estudios empiezan a mostrar buenos resultados, el miedo no desaparece completamente. Cada nuevo control trae consigo la posibilidad de escuchar una noticia que nadie quiere recibir.
Durante seis años, los resultados fueron favorables. Vivian siguió adelante con su vida y aprendió a convivir con ese temor silencioso que acompaña a muchas personas que han atravesado un cáncer.
Hasta que llegó el séptimo año. Curiosamente, aquella vez entró al consultorio con una tranquilidad que no había sentido antes.
Era la primera ocasión en la que acudía a uno de sus controles sin pedirle a Dios que todo saliera bien. Se sentía confiada, hasta que vio el rostro diferente de su doctora y escuchó una frase que volvió a abrir aquella puerta que creía cerrada: habían encontrado algo.
El impacto fue inmediato. Regresaron la negación, la angustia y las preguntas. ¿Cómo podía estar ocurriendo otra vez? ¿Cómo se lo diría a su familia? ¿Qué iba a pasar ahora? Vivian describe esos primeros días como una especie de niebla emocional, similar a la que había experimentado con su primer diagnóstico.
Y aunque quienes la rodeaban intentaban tranquilizarla diciéndole que todo iba a estar bien, reconoce que al principio esas palabras incluso le provocaban enojo. Necesitaba llorar, sacar el miedo y procesar lo que estaba viviendo antes de poder escuchar las palabras de aliento.
Atravesar el mismo camino de dolor
Esta vez, sin embargo, había una diferencia importante: ya conocía el camino. Sabía lo que significaba enfrentarse a una enfermedad de este tipo, sabía que habría momentos difíciles y también sabía que podía salir adelante. La nueva lesión era pequeña, pero el panorama médico era más complejo.
Deberá someterse a una cirugía radical y posteriormente iniciar quimioterapia. Además, los médicos deben determinar si será necesario retirar ambas mamas.
La reconstrucción también será más complicada, especialmente en la mama que ya recibió radioterapia, donde podría ser necesario utilizar un músculo de la espalda, trasladarlo hacia el pecho y colocar un expansor antes de completar el proceso reconstructivo.
Todo eso está por venir. Y aunque todavía hay decisiones médicas pendientes, Vivian ya comenzó a prepararse emocionalmente para lo que sigue. Su manera de hacerlo es vivir el presente y no adelantarse a cada una de las dificultades que podrían aparecer.
La fe ha hecho la diferencia
“Vivo el día a día, pero agradeciendo y diciéndole a Dios que me ayude a ser fuerte”, afirma. Para ella, la fe no significa ignorar el miedo ni asumir que el proceso será sencillo. Es, más bien, el lugar al que recurre cuando la incertidumbre se vuelve demasiado grande.
“Yo no le agarré la mano a Dios en este momento. Me le tiré encima y lo tengo agarrado”, dice con una mezcla de convicción y emoción. Esa frase resume la forma en que Vivian ha decidido enfrentar esta segunda experiencia.
No pretende negar lo que viene ni minimizar la dificultad de una cirugía, una quimioterapia o una reconstrucción más compleja. Sabe que habrá días duros. Lo que ha cambiado es la manera en que decide atravesarlos: confiando, agradeciendo y buscando fuerza en aquello que para ella tiene sentido.
La enfermedad también le ha cambiado la relación con el tiempo. Ahora cada momento parece tener un valor diferente. Una conversación, una visita, una mañana en la que despierta sintiéndose bien o simplemente la posibilidad de compartir con las personas que quiere adquieren otra dimensión.
Vivian reconoce que todavía tiene mucho camino por recorrer, pero también ha descubierto que no necesita conocer cada paso para poder avanzar.
En ese recorrido, su red de apoyo se ha convertido en otra fuente de fortaleza. Familiares, amigos y otras mujeres que han pasado por el cáncer forman parte de un círculo que le permite comprender que muchas de las cosas que hoy le generan temor ya fueron atravesadas por otras personas.
Esas historias le permiten cambiar algunas de las preguntas que aparecen en su cabeza. Ya no piensa únicamente en cómo se sentirá durante la quimioterapia o cómo será vivir sin una mama.
También se pregunta cómo se sentirá al saber que ese tratamiento difícil es precisamente el que está ayudando a combatir la enfermedad. “¿Cómo me voy a sentir sabiendo que ese medicamento con el que probablemente vomité, con el que no va a ser fácil, es el que me está curando, es el que me está dando vida?”, plantea.
La importancia de la prevención
Pero si hay una enseñanza que Vivian quiere dejar de su experiencia es la importancia de la prevención. En ninguno de sus dos diagnósticos tuvo una masa que pudiera detectar por sí misma. La lesión actual fue identificada cuando apenas medía siete milímetros.
Por eso insiste en que las mujeres no deberían esperar necesariamente a encontrar una bolita para consultar o realizarse sus controles. En su caso, esperar a que apareciera una masa habría significado encontrar la enfermedad en una etapa mucho más avanzada.
“La prevención suena cliché, pero es lo que sale. Es lo que va a salvar”, sostiene. Su experiencia le enseñó que un resultado anormal en un examen no significa que todo esté perdido; significa que existe una oportunidad para actuar.
Y esa posibilidad de haber encontrado la lesión a tiempo es precisamente una de las razones por las que hoy puede mirar el futuro con esperanza, incluso sabiendo que tendrá que atravesar un tratamiento más exigente.
Vivian no dice que no tenga miedo. Lo tiene. Le preocupa la cirugía, la quimioterapia, los cambios físicos y las decisiones que todavía debe tomar.
También sabe que habrá momentos en los que la ansiedad aparecerá antes de cada examen y cada resultado. Pero aprendió que el miedo no tiene que convertirse en el conductor de su vida.
“Hay una fortaleza que las mujeres de por sí traemos. Hay un coraje interno que nosotros tenemos”, afirma. Y cuando esa fortaleza no alcanza, busca algo más a lo que aferrarse: su familia, sus amigos, las mujeres que ya recorrieron ese camino y, sobre todo, su fe.
Porque para Vivian, tener fe no significa saber cómo terminará la historia. Significa encontrar la fuerza para seguir escribiéndola un día a la vez.
Después del cáncer, reconstruirse también es una decisión
La reconstrucción mamaria puede realizarse durante la mastectomía o meses después, con implantes, expansores o tejido de otras partes del cuerpo. Pero no existe una técnica universal ni una única forma de hacerlo. El tratamiento recibido, especialmente la radioterapia, las características de cada cuerpo y, sobre todo, la decisión de la mujer determinan el camino.
Después de atravesar un cáncer de mama, algunas mujeres sienten que la historia terminó cuando reciben la noticia de que ya no hay enfermedad. Para otras, queda una pregunta frente al espejo: ¿qué pasa con el cuerpo que cambió para salvarme la vida?
La mastectomía puede representar una parte fundamental del tratamiento contra el cáncer, pero también puede dejar una huella física y emocional que cada mujer procesa de manera diferente.
Es ahí donde aparece la reconstrucción mamaria. No como una obligación para recuperar una supuesta normalidad ni como un procedimiento meramente estético, sino como una posibilidad que algunas mujeres eligen para reconstruir la forma de su pecho después del cáncer.
Y esa elección puede hacerse de inmediato, durante la misma cirugía de la mastectomía, o tiempo después, cuando el tratamiento oncológico ya ha concluido y las condiciones del organismo lo permiten.
El Dr. Pablo Solís, cirujano plástico reconstructivo del Centro Europeo de Cirugía, explica que uno de los principales factores que determina el momento y la técnica es la radioterapia.
Mientras la quimioterapia no necesariamente impide una reconstrucción inmediata, la radiación puede modificar profundamente los tejidos sobre los que posteriormente tendrá que trabajar el cirujano.
La piel puede perder elasticidad, cambiar su textura y coloración y adquirir mayor rigidez, por lo que el tejido disponible ya no ofrece las mismas condiciones que antes del tratamiento.

Por eso, hablar de reconstrucción mamaria no significa hablar simplemente de “poner un implante”. Significa analizar qué tejidos quedaron, qué tratamientos recibió la paciente, qué tratamientos todavía necesita, cuánto volumen se puede recuperar y cuál procedimiento puede ofrecer un resultado seguro y lo más natural posible.
¿Reconstrucción inmediata o tardía?
Cuando una mujer no necesita radioterapia y las condiciones de sus tejidos son favorables, puede ser candidata a una reconstrucción inmediata.
Esto significa que la mama se reconstruye durante la misma intervención en la que se realiza la mastectomía, de manera que la paciente no atraviesa un período prolongado sin volumen mamario.
En los casos en que existe suficiente piel y cobertura, una de las alternativas puede ser colocar directamente un implante. Cuando no hay suficiente piel porque durante la mastectomía fue necesario retirar una cantidad importante de tejido, puede utilizarse un expansor.
El expansor funciona como una especie de dispositivo temporal que permite estirar progresivamente la piel. Después de la cirugía inicial, se va llenando poco a poco durante las consultas médicas hasta conseguir el volumen necesario. Posteriormente, se realiza otra intervención para retirarlo y sustituirlo por el implante definitivo.
Pero cuando la paciente ha recibido radioterapia, el escenario cambia. La piel irradiada puede presentar una menor calidad para soportar un implante y existe un mayor riesgo de complicaciones como contractura capsular, problemas de cicatrización, infección o exposición del implante.
Por eso, el cirujano debe valorar el estado de los tejidos y determinar cuándo es seguro avanzar con la reconstrucción.
En estos casos puede ser necesario esperar varios meses después de finalizar la radioterapia y recurrir a tejido de otra parte del cuerpo para proporcionar una cobertura más saludable.
Cuando el tejido viene de otra parte del cuerpo
La cirugía permite utilizar piel, grasa y, dependiendo del procedimiento, otros tejidos del propio cuerpo para construir una nueva mama.
Una posibilidad es utilizar tejido de la espalda, mediante un injerto que puede incluir el músculo dorsal ancho y una porción de piel.
Otra alternativa es utilizar tejido de la parte inferior del abdomen. Entre las técnicas más modernas se encuentra el DIEP, que permite trasladar piel y grasa del abdomen preservando en mayor medida la musculatura abdominal.
Para realizar estas técnicas existe también la microcirugía. El especialista puede identificar pequeños vasos sanguíneos que nutren el tejido que se va a trasladar y reconectarlos en el tórax utilizando microscopios e instrumentos de extrema precisión. De esta manera, el tejido conserva su irrigación en su nueva ubicación.
Estas alternativas son más complejas y no todas las pacientes necesitan recurrir a ellas. La elección depende de las características de cada mujer, de los tejidos disponibles, de los tratamientos recibidos y de la experiencia del equipo médico.
Una reconstrucción puede necesitar varias etapas
Una de las ideas que el especialista considera más importante explicar antes de una cirugía es que la reconstrucción mamaria no necesariamente termina en una sola operación.
La primera intervención puede estar enfocada en recuperar el volumen. Después puede ser necesario ajustar el tamaño o la posición de una mama para conseguir mayor simetría. En una etapa posterior puede reconstruirse el complejo areola-pezón y, si quedan pequeñas irregularidades, pueden realizarse procedimientos adicionales para mejorar el contorno.
La grasa también puede utilizarse en determinadas etapas para corregir pequeñas diferencias o mejorar la calidad de tejidos que han sido afectados por tratamientos previos. Sin embargo, Solís aclara que la inyección de grasa por sí sola no suele sustituir el volumen de una mama que ha sido retirada; su función es complementar y perfeccionar determinados resultados.
Por eso, una mujer que decide reconstruirse debe llegar a la consulta sabiendo que puede tratarse de un camino de varias etapas.
La reconstrucción no es una obligación
Quizá una de las decisiones más importantes ocurre antes de entrar al quirófano: decidir si realmente se quiere una reconstrucción.
Solís insiste en que, cuando una paciente tiene autonomía para tomar decisiones sobre su salud, la elección le corresponde a ella. No debería reconstruirse porque su pareja lo espera, porque su familia considera que “debe volver a verse como antes” o porque alguien le hace sentir que tener una mama reconstruida es sinónimo de haber superado el cáncer.
Tampoco reconstruirse significa que una mujer esté obligada a recuperar exactamente la apariencia que tenía antes de la enfermedad. El objetivo es encontrar, junto con el equipo médico, una alternativa que sea segura, realista y acorde con lo que ella desea.
Y aquí hay una diferencia fundamental: la reconstrucción mamaria es un procedimiento reconstructivo, no simplemente una cirugía estética. Busca restaurar una parte del cuerpo que fue modificada o removida como consecuencia de una enfermedad y su tratamiento.
¿Y después de la cirugía?
El posoperatorio dependerá de la técnica utilizada. En muchas reconstrucciones se coloca temporalmente un drenaje y se indican cuidados específicos de la herida y del área intervenida.
La recuperación tampoco es necesariamente sinónimo de permanecer completamente inmóvil. De acuerdo con Solís, muchas pacientes conservan una buena movilidad y las principales restricciones se concentran en el brazo y el lado donde se realizó la reconstrucción.
Los primeros días pueden estar acompañados de molestias, presión o dolor que se controla con los medicamentos indicados por el médico. Después, progresivamente, la paciente comienza a recuperar movilidad y a observar los cambios que se van produciendo.
El tiempo para retomar las actividades habituales puede variar ampliamente según la cirugía realizada y las condiciones individuales. Solís estima que puede ir aproximadamente desde una semana hasta un mes, pero no existe un calendario idéntico para todas las mujeres.
Antes de elegir, hay preguntas que deben hacerse
La reconstrucción mamaria es una decisión que merece una consulta detallada. Antes de elegir una técnica, una paciente debería conocer qué alternativas existen específicamente para su caso y qué implicaría cada una.
Entre las preguntas que puede llevar anotadas están:
- ¿Soy candidata para una reconstrucción inmediata o necesito esperar?
- ¿La radioterapia que recibí o recibiré cambia mis opciones?
- ¿Qué técnica recomienda para mi caso y por qué?
- ¿Necesitaré un implante, un expansor o tejido de mi propio cuerpo?
- ¿Cuántas cirugías podría necesitar?
- ¿Qué riesgos y complicaciones existen?
- ¿Cómo será el período de recuperación?
- ¿Qué restricciones tendré después de la operación?
- ¿Cómo se buscará la simetría con la otra mama?
- ¿Será posible reconstruir posteriormente el pezón y la areola?
- ¿Qué experiencia tiene el especialista en reconstrucción mamaria?
- ¿Quién estará a cargo de mi seguimiento después de la cirugía?
La respuesta a estas preguntas es tan importante como la elección del procedimiento. Una paciente informada puede comprender mejor qué puede esperar y cuáles son las limitaciones de cada alternativa.

