Me parecen bien las mujeres que se ponen tetas, tanto como me parecen bien las que no lo hacen. Sobre todo, me parecen bien las mujeres que se complacen a sí mismas y hacen lo que quieren con su propio cuerpo.
Sin duda, el tema de las tetas estuvo (y está) de moda. Primero, porque las tetas son bonitas: ese abultamiento sobre el pecho, de tan diversos tamaños y formas, crea un canal sensual hacia al abdomen, es suave al tacto y sobre él se puede dormir mejor que en cualquier almohada. Segundo, porque los hombres no tienen (al menos no la mayoría, y no como nosotras) y estoy segura de que se mueren de envidia.
A diferencia de ciertos miembros de los hombres, el tamaño de las tetas no importa tanto. A mí, por ejemplo, me gustan las mías, que son pequeñas y caben a la perfección en la mano de mi pareja. Sin embargo, en algún momento llegué a dudar: “¿Será que me pongo tetas, será que un 34B?”. Es imposible no flaquear ante tanta presión social tetocentrista. Luego caí en razón: yo con tetas sería la versión ridícula de Kim Kardashian.

De todas maneras, ya no hay que cuestionarse tanto. En caso de duda, se puede recurrir al Instabreast – tetas grandes al instante–, un invento del médico Norman Rowe que consiste en inyectar una solución salina para hacer crecer el busto por 24 horas. O se puede ser más conservadora y recurrir al Wonder Bra.
A mí me parece bien que cada una escoja las tetas que la hagan feliz (eso sí: hay que tener cuidado con los efectos secundarios de cualquier procedimiento médico). Sin embargo, el tema me recordó las palabras del comediante colombiano Piter Albeiro: “A las mujeres que usan brasier con relleno deberían multarlas por publicidad engañosa”.