A mí que las cochinadas me las diga mi novio cuando cogemos. Punto. No un viejo panzón que va por la calle, no un compañero de trabajo, no un amigo de la amiga, ni un chavalo por internet.
Ayer cuando iba manejando, ví un lavacar y pensé en lo mucho que mi carro necesita un poquito de agua y jabón, pero segundos después, el muchacho que tiraba agua con un balde contra el carro, le sacó la lengua lascivamente a una chica que iba pasando por la acera. Lavacar vetado.
Cosas tan sencillas, como llevar el carro a lavar, pueden ser todo un tema y un riesgo. A mí me da miedo. Me incomoda. Caminar por San José para mí significa ir lo más rápido posible, sin mirar a nadie y rezando para pasar desapercibida. Las calles de este país no son mis calles, como le pasó a mi amiga Cristina quien denunció un caso de acoso callejero y que por cierto, me acaba de mandar un mensaje para decir que duró más de una hora poniendo la denuncia en el Juzgado Contravencional y tuvo que explicarle a una funcionaria qué es acoso callejero.
A ella la admiro por reaccionar valientemente ante el taxista depravado. Yo no soy tan valiente. Yo me encojo cuando alguien me dice algo y me reprimo. Jamás una enagua si voy para el centro de la capital. Desearía que mi miedo fuera injustificado, pero no, la mayoría de mujeres de este país hemos sido abusadas en alguna etapa de nuestras vidas.
Sin embargo, las acciones de Gerardo Cruz y de mi amiga Cristina son lecciones. Lecciones para sacar el pecho (y el celular para evidenciar el acoso) en lugar de agachar la cabeza. Lecciones para exigir derechos, espacios y libertades. Lo de ellos no pasa inadvertido, a la próxima: enagua por San José, porque sí, porque me da la gana, porque tengo derechos y voy a aprender a defenderlos.
