
El viento sacude las ventanas de la academia de danza, pero a Mónica Díaz ni el sonido de un tornado la distrae de sus pequeños movimientos. Tendú, plié, relevé...aprieta nalgas, mete panza, elonga las extremidades, siente que un hilo invisible la jala desde el abdomen hacia el techo y desde las caderas hacia el piso. Ahora suelta y sonríe y entonces sí, dice “¡Qué es este ventolero!”.
Mónica es madre de tres niños y nunca había hecho nada de ejercicio en su vida, pero ahora es una de las mejores alumnas “grandes” de la instructora y balletista Mariana Lizano. “Mi hija lleva clases aquí y a mí me encantó. Cuando dijeron que iban a abrir una clase para las mamás, yo fui la primera en levantar la mano”.

La instructora asiente y sonríe: “Las mujeres mayores tienen una madurez enorme para entender, para conectar el cuerpo y los movimientos con la mente. Eso es algo que yo no le puedo exigir a una adolescente”. Saber que todas las mujeres pueden aprovechar sus distintas capacidades para bailar ballet, sin importar la edad, la enorgullece.
En la clase de hoy solo participan Mónica y Azaria Fernández. Más tarde llega Pilar Baeza, de 60 años, quien empezó a aprender la disciplina hace apenas un año. “Siempre quise hacer algo de música, pero nunca me dieron apoyo para eso. Ahora mi madre me pregunta si me siento como una chiquilla, yo le digo que esto no es solo para chiquillas”.

El grupo empezó las clases hace apenas ocho meses, pero ya todas conocen el nombre de cada movimiento y pueden seguir instrucciones aunque Mariana solo hable y no muestre el ejemplo con su cuerpo. “A mí este ejercicio me volvió el cerebro al revés”, dice Pilar. Como cualquier aprendizaje, el baile estimula la conexión entre las neuronas, aumenta la memoria y mejora la coordinación.
Realismo mágico
Mariana se mueve como una brisa suave entre sus propios pies y explica cada movimiento en ocho tiempos. Luego pone la música clásica y sus dos alumnas repiten casi con perfección las instrucciones.
Los detalles son determinantes, explica Mariana. Cada movimiento debe ser pensado, los dedos deben ir en la posición correcta, la espalda debe estar erguida, el mentón ligeramente arriba, los hombros ligeramente abajo. Que se vea cómoda, aunque sus músculos se estén quemando por dentro.
Todo es un proceso y este avance de las chicas ha sido uno arduo y constante. “La clase les va dando fuerza –dice Mariana– para ir subiendo un poco más la pierna, para mantener la postura, para aprenderse de memoria los ejercicios”.
Cuando la clase termina, nos sentamos en círculo a conversar. Todas coinciden en que hay que tener un objetivo claro para empezar a hacer ballet, una meta realista. “Yo no vengo porque quiera salir luego en el show del fin de año. Vengo para aprender, para ejercitarme”, dice Mónica.
Sería contraproducente decirle a las mujeres adultas que un día van a estar en el centro del escenario. Pero tampoco sería justo que se desmotivaran de bailar ballet por un motivo superficial. “Es cuestión de enfoque. Ellas tienen que saber que no vienen para hacerse balletistas profesionales. Yo tengo que saber que ellas vienen para hacer ejercicio y en eso me enfoco”, dice Mariana.
En una clase no se suda a chorros ni se alzan grandes pesos para aumentar la musculatura. Más bien, se aprende a manejar el cuerpo antes de manejar cualquier otra herramienta. Primero se avanza por dentro y luego por fuera: primero se fortalece el músculo y luego se levanta la pierna.
El ballet tiene algo especial, algo que pocos ejercicios tienen: necesita de una conexión profunda entre la mente y el cuerpo. Necesita que usted lo haga suyo.
Referencias: Agradecimiento a Warehouse Dance Complex (2215 2754).
Fuentes: Mariana Lizano, instructora profesional de ballet. “Cuerpo de ballet” (www.vogue.es).